La Unidad Secreta Que Llegó Cuando Aparecieron Los Nahuales - Historias De Terror - REDE
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Speaker 2: Mi nombre es Orlando, y cuando ocurrió aquella primera misión,
llevaba nueve años trabajando en operaciones dentro de zonas de monte.
Había pasado suficiente tiempo en selvas y zonas cerradas para
reconocer sus sonidos habituales, el movimiento de los animales, los insectos,
las aves, y el ruido constante de la vegetación. Por
eso recuerdo con claridad el momento en que todo cambió.
La orden de aquella mañana era directa. Inteligencia había entregado
unas coordenadas donde se creía que operaba un campamento usado
para almacenar armas. Nuestra patrulla debía entrar, comprobar la información
y regresar con un reporte. Éramos cinco hombres. Iván Castillo
iba como cabo y sanitario. Los otros tres soldados tenían
experiencia en recorridos de ese tipo. Entramos temprano, mantuvimos una
separación corta y avanzamos siguiendo las coordenadas. sin encontrar personas
ni señales claras de un campamento. Después de varias horas,
encontramos marcas profundas en un árbol. Estaban en una parte
alta del tronco y atravesaban la corteza en varias líneas.
Castillo se acercó, las revisó y dijo que eran recientes.
Buscamos alrededor, pero no vimos herramientas, casquillos ni huellas que
explicaran cómo habían aparecido. Seguimos adelante. Poco después empezó a
formarse una niebla baja entre los árboles y apareció un
olor fuerte a sangre vieja. Fue entonces cuando dejamos de
escuchar animales. Primero noté la ausencia de aves, luego la
de los insectos. En pocos segundos la selva quedó en silencio.
Levanté la mano y detuve a la patrulla. Todos miramos alrededor,
atentos a cualquier movimiento. Castillo se acercó y me confirmó
en voz baja que también había notado el cambio. Le
indiqué que mantuviera a los demás juntos y continuamos con
más cuidado. Encontramos el cadáver unos minutos después, junto a
un árbol. Era un hombre adulto, tenía heridas profundas en
el abdomen y los brazos. Castillo lo revisó y calculó
que llevaba muerto varias horas. No vimos armas cerca del cuerpo,
y mientras observábamos la zona, escuchamos a un hombre pedir
ayuda desde nuestra izquierda. La voz salía de algún punto
entre los árboles y repetía las mismas palabras. Ordené que
nadie respondiera y cerramos la formación. Intenté transmitir nuestra posición
por radio, pero la señal entraba cortada y con mucha interferencia.
Mientras insistía con la comunicación, vi movimiento al frente. Una
figura grande cruzó entre dos árboles y desapareció. La vi
durante un instante, lo suficiente para notar que se desplazaba
con rapidez y alternaba entre cuatro extremidades y una posición erguida.
Cuando volvió a cruzar, abrimos fuego. Varias balas impactaron en
el cuerpo. La criatura cayó, rodó por el suelo y
volvió a levantarse antes de salir de nuestra línea de tiro.
El siguiente ataque llegó desde atrás. Uno de los hombres
cayó antes de poder girarse. Cuando apunté hacia él, vi
una criatura encima de su cuerpo. Tenía una cabeza ancha,
rasgos de lobo negro y una estructura parcialmente humana. Disparamos
y conseguimos apartarla, pero Castillo corrió hacia el herido y
otra criatura cayó sobre él. El golpe lo derribó, lo
sujetó por el hombro y empezó a arrastrarlo. Abrimos fuego
de nuevo vi sangre en el cuerpo de la criatura
pero siguió avanzando castillo intentó sacar su pistola mientras lo
arrastraban después desapareció dentro de la niebla todo se desordenó
muy rápido otro soldado intentó llegar hasta mi posición pero
recibió un golpe desde un costado cayó al suelo y
perdió el rifle yo traté de reunir a los que
quedaban y entonces empezamos a escuchar voces desde varios puntos
Una de esas voces era la de Castillo. Me llamaba
desde la derecha, aunque yo acababa de verlo desaparecer hacia
la izquierda. Después escuché a otro de mis hombres llamándome
por mi apellido. La voz era la suya, pero llegaba
desde un lugar donde no podía estar. Ahí entendí que
las criaturas estaban repitiendo voces humanas. Intenté moverme hacia una
zona más baja para recuperar cobertura. pero recibí un golpe
en la espalda y caí de cara al barro. El
dolor me cruzó desde el hombro hasta las costillas. Rodé,
levanté el rifle y disparé contra una figura que venía
hacia mí. La criatura retrocedió unos pasos y aproveché para
meterme en una depresión llena de agua y tierra. El
rifle quedó atascado con barro, así que saqué la pistola,
me cubrí con lodo y hojas y me quedé inmóvil,
con la cara cerca del agua. Desde ahí escuché cómo
terminaban con los demás. Hubo gritos, golpes y movimientos alrededor
de mi posición. Varias veces escuché la voz de Castillo llamándome.
También escuché a los otros soldados pronunciar mi apellido desde
distintos lugares. No respondí. Una de las criaturas pasó a
pocos metros de mí. Pude ver parte de sus brazos
y las manos. Tenía uñas largas y sangre fresca. Se
detuvo cerca durante unos segundos y después siguió avanzando. Yo
mantuve la pistola pegada al pecho y evité moverme. Estaba herido,
había perdido bastante sangre y cualquier ruido podía descubrirme. No
sé cuánto tiempo permanecí escondido. Recuerdo que después escuché disparos
a la distancia y voces humanas avanzando en grupo. Los
equipos de reacción habían seguido nuestra última transmisión y entraron
por la misma ruta. También escuché bengalas y fuego automático.
Las criaturas se alejaron antes de que pudieran cerrarlas dentro
de la zona. Cuando me encontraron estaba consciente, pero apenas
podía moverme. Me sacaron de la depresión, detuvieron la hemorragia
y me evacuaron. Los otros cuatro integrantes de mi patrulla murieron.
Durante la extracción dije lo que había visto y expliqué
que había más de una criatura. También advertí que los
disparos normales las herían, pero no las detenían con rapidez
y que podían repetir voces humanas. No pude asegurar cuántas
habían participado, pero yo fui el único de los cinco
que salió vivo de aquella entrada. Pasé varias semanas recuperándome
de las heridas y respondiendo preguntas. La espalda tardó en
cerrar y durante varios días apenas podía levantar bien el
brazo izquierdo. Me hicieron repetir la secuencia una y otra vez,
siempre con las mismas preguntas sobre las voces, la forma
de las criaturas, la distancia desde la que las vi
y la reacción que tuvieron cuando les disparamos. Después recuperaron
los cuerpos de mis compañeros y revisaron la zona con
más personal. Me informaron que las heridas coincidían con lo
que yo había descrito y que habían encontrado marcas nuevas
alrededor del punto donde ocurrió el ataque. No me dieron
una explicación sobre el origen de esas marcas y tampoco
me la pidieron. Yo conté lo que había visto y
dejé claro que no podía asegurar cuántas criaturas habían estado ahí.
Creí que mi participación había terminado, pero unas semanas después
me llamaron de nuevo. Me dijeron que iban a regresar
a las mismas coordenadas y que necesitaban a alguien que
conociera la ruta, los puntos de referencia y la zona
donde había ocurrido el primer contacto. Todavía tenía dolor al
girar el torso y no había recuperado toda la fuerza
del brazo, pero podía caminar y sabía exactamente por dónde
habíamos entrado. Acepté volver. porque entendía lo que iba a
pasar si el segundo grupo entraba sin alguien que reconociera
el terreno. Esta vez el equipo era distinto. La capitana
Fonseca estaba al mando. Con ella iban Bruno Cárdenas, encargado
de armas, Elías Montiel, responsable de comunicaciones y sensores, y
un cuarto operador cuyo nombre nunca me dieron. Conmigo éramos cinco.
Llevaban munición perforante con una aleación de plata, dos lanzallamas ligeros,
machetes tratados con sales rituales y dos dispositivos de pulso electromagnético.
No discutimos si aquello tenía sentido. El material había sido
preparado para una sola cosa, detener criaturas, que las armas
comunes no habían podido frenar con rapidez. Fonseca reunió al
grupo antes de entrar y dejó claras las reglas. Dentro
de la zona hablaríamos lo mínimo, las órdenes se darían
con señas y contacto físico, nadie se separaría de la formación,
y ninguna voz escuchada fuera del grupo sería atendida. Si
alguien oía su nombre, un pedido de ayuda o una
orden desde los árboles, debía seguir avanzando. También acordamos que
cualquier movimiento detectado por Montiel se trataría como una amenaza
hasta comprobar lo contrario. Entramos antes del amanecer y avanzamos
sin detenernos más de lo necesario. Fonseca iba adelante. Cárdenas
cubría un costado. Montiel llevaba los dispositivos y el cuarto
operador cerraba la formación. Yo permanecía en el centro, guiándolos
por la misma ruta que había seguido con mi patrulla.
al llegar al árbol marcado supe que estábamos cerca reconocí
los cortes en la corteza y después vi el cambio
en el terreno poco más adelante apareció la niebla y
volvió el olor a sangre vieja sentí que la respiración
se me aceleraba también noté tensión en el brazo y
en la espalda Fonseca se acercó me miró y señaló
el suelo entendí la indicación fijé la vista en mi
posición y Comprobé dónde estaban los demás y seguí caminando.
Nadie dijo nada. Unos minutos después desapareció el ruido de
los animales y la formación se cerró. La primera voz
llegó desde nuestra izquierda. Era Castillo. Pronunció mi apellido y
pidió ayuda. Después dijo que seguía herido. Me giré antes
de pensarlo y Cárdenas me sujetó del hombro. Me devolvió
a mi posición y mantuvo la vista hacia el frente.
La voz volvió a repetirse desde otro punto. Poco después,
escuché a otro de los hombres de mi antigua patrulla
pedir agua y decir que no podía caminar. El tono
era correcto, las palabras también. Ninguno de los operadores respondió.
Montiel levantó una mano y marcó movimiento en varias direcciones.
Fonseca nos condujo hacia un paso estrecho del terreno. donde
los costados quedaban más protegidos y las criaturas tendrían menos
espacio para entrar al mismo tiempo. Nos colocamos sin hablar.
Cárdenas preparó uno de los lanzallamas, Montiel dejó un dispositivo
listo para activarlo y el cuarto operador cubrió la retaguardia.
Volví a escuchar a Castillo y esta vez pidió que
no disparáramos. Una figura salió de la niebla frente a nosotros.
Era grande. Tenía rasgos de lobo negro y una estructura
humana en el torso y los brazos. Caminaba sobre dos piernas,
aunque mantenía el cuerpo inclinado hacia adelante. Tenía varias heridas
antiguas y reconocí dos de ellas en el costado. Eran
impactos del primer enfrentamiento. La criatura se detuvo a corta
distancia y abrió la boca. Habló con la voz de Castillo,
pero Fonseca dio la señal y Montiel activó el pulso.
La criatura perdió el equilibrio, llevó las manos hacia la
cabeza y cayó de rodillas. Al mismo tiempo aparecieron otras
dos entre los árboles. También reaccionaron a la descarga y
redujeron el movimiento durante unos segundos. Cárdenas abrió fuego. Fonseca
y el cuarto operador dispararon con él. Los tres concentraron
los impactos sobre la primera criatura, primero en el torso
y después en la cabeza. Cayó hacia atrás. Intentó levantarse
y recibió otra serie de disparos hasta quedar inmóvil. Las
otras dos se retiraron entre la vegetación. Fonseca mantuvo al
grupo en posición mientras Montiel revisaba el dispositivo. La carga
había bajado y necesitaba recuperarse, por lo que guardó el
control y dejó preparado el segundo aparato. Nadie persiguió a
las criaturas. Seguimos avanzando por el mismo paso, más juntos
y con las armas orientadas hacia los costados. Las voces
regresaron casi de inmediato. Escuché a Castillo, después a dos
de los hombres que habían muerto en la primera entrada.
Más tarde, escuché mi propia voz dando órdenes que yo
recordaba haber usado durante el ataque. Las repetían desde posiciones distintas,
unas cerca y otras más lejos. Nadie giró la cabeza.
Fonseca mantuvo el avance y Cárdenas siguió cubriendo la zona
de donde habían escapado las otras dos. Montiel se detuvo
de golpe y levantó la mano. Marcó movimiento delante de nosotros.
Después señaló otro punto más alejado. Conté las señales y
entendí lo mismo que Fonseca. Las dos criaturas que acababan
de retirarse seguían dentro de la zona, pero había otra
más moviéndose detrás de ellas. Ya habíamos confirmado cuatro. El
primer Nahual quedó atrás, tendido en el paso, y cuando
intentó incorporarse, Fonseca ordenó dos disparos más y seguimos avanzando.
No podíamos quedarnos ahí. Las otras dos criaturas se movían
entre los árboles, y Montiel había detectado una cuarta más adelante,
aunque no tenía una posición exacta. Mantuvo el sensor orientado
hacia el frente, mientras Cárdenas cubría el costado derecho. y
el operador de retaguardia vigilaba detrás de nosotros. Yo seguía
en el centro. Las voces continuaban desde distintos puntos. Primero
escuché a Castillo, después a dos de los hombres de
mi antigua patrulla, y más adelante, mi propia voz repitiendo
órdenes que había dado durante el primer ataque. Fonseca mantuvo
el ritmo y nosotros seguimos su movimiento sin romper la formación.
El siguiente ataque llegó desde arriba. Escuché una rama quebrarse
y levanté el arma, pero la criatura cayó antes de
que pudiera apuntar. Iba directo hacia Cárdenas. Fonseca lo empujó
hacia un lado y el Nahual golpeó el suelo entre
los dos. Cárdenas rodó, recuperó el arma y nosotros abrimos fuego.
Los primeros disparos entraron en el torso. La criatura intentó
ganar distancia hacia los árboles, pero Cárdenas sacó el lanzallamas
y disparó una descarga corta. El fuego alcanzó uno de
sus costados. El Nahual cayó y volvió a levantarse. Avanzó
unos metros hacia nosotros y recibió otra ráfaga. El operador
de retaguardia entró por un lado y utilizó el machete
cuando la criatura llegó demasiado cerca. Fonseca disparó a corta distancia,
primero al pecho y luego a la cabeza. El Nahual
cayó de nuevo y esta vez dejó de moverse. Quedaban dos.
No tuvimos tiempo de revisar el cuerpo ni de cambiar
la posición. Otra criatura salió desde un costado y golpeó
al operador que acababa de entrar con el machete. Lo
alcanzó por debajo del brazo, lo levantó y lo lanzó
contra el suelo. Cárdenas buscó un ángulo de tiro, pero
el hombre había quedado entre él y la criatura. Yo
tampoco podía disparar sin alcanzarlo. Montiel soltó el sensor, tomó
el segundo dispositivo y lo activó. El pulso apagó parte
de nuestro equipo durante unos segundos. También afectó al Nahual,
que soltó al operador y perdió el equilibrio. Fonseca aprovechó
ese momento y disparó primero. Yo entré por el lado
izquierdo y apunté al centro del cuerpo. Cárdenas encontró espacio
desde la derecha y abrió fuego. La criatura recibió los impactos,
retrocedió y cayó sobre una rodilla. Fonseca avanzó antes de
que pudiera levantarse, sacó el machete y golpeó el cuello
varias veces. El Nahual intentó cubrirse con un brazo, pero
ya no tenía fuerza suficiente para incorporarse, así que Cárdenas
terminó el ataque con otra ráfaga. Montiel fue directo hacia
el operador herido. Tenía una abertura profunda en el costado
y perdía mucha sangre. Le colocó presión sobre la herida
mientras Fonseca, Cárdenas y yo cubríamos los árboles. Yo podía
escuchar su respiración desde donde estaba. Seguía consciente, pero apenas
respondía cuando Montiel le hablaba. Entonces oímos otra voz delante
de nosotros. Era la del mismo hombre que estaba en
el suelo. Pedía que lo dejáramos y que saliéramos de ahí.
La voz llegaba desde los árboles, clara y cercana. Nadie giró.
El operador real seguía junto a Montiel respirando con dificultad.
Fonseca hizo una seña para movernos. A cierta distancia había
un terreno más abierto, donde podíamos proteger al herido desde
varios lados. Montiel y yo lo levantamos mientras Fonseca y
Cárdenas cubrían el avance. El peso del hombre me abrió
otra vez la herida de la espalda. Sentí humedad debajo
de la ropa y dolor al respirar, pero seguí caminando.
La última criatura se movía alrededor de nosotros. Escuchábamos ramas,
pasos y voces en diferentes posiciones. Usó otra vez la
voz de Castillo, después la de Fonseca y luego la mía,
pero nosotros seguimos avanzando sin responder. Cuando llegamos al punto abierto,
bajamos al herido y cerramos la formación alrededor de él.
Montiel revisó el primer dispositivo. Había recuperado parte de la carga,
aunque no estaba listo por completo. Cárdenas comprobó el lanzallamas
y señaló que le quedaba poco combustible, y yo cambié
de cargador. Fonseca hizo lo mismo y se colocó frente
a mí. Esperamos sin hablar. La criatura volvió a utilizar
la voz de Castillo, esta vez desde un punto más cercano.
Después imitó a Fonseca y dio una orden de retirada.
Nadie se movió. La vimos salir por mi lado, era
más grande que las anteriores y avanzaba agachada, usando brazos
y piernas. Levanté el rifle y disparé al torso. Fonseca
y Cárdenas abrieron fuego conmigo. Los impactos la hicieron perder velocidad,
pero siguió avanzando. Vi sangre en el pecho y en
uno de los hombros. Cuando estuvo cerca, cambió de dirección
y saltó hacia nuestra posición. Montiel activó el dispositivo con
la carga disponible. El pulso alcanzó a la criatura en
el aire. Perdió el control del cuerpo y cayó frente
a nosotros. Disparamos de inmediato. Yo vacié el cargador en
la parte alta del torso. Fonseca concentró los disparos en
la cabeza y Cárdenas utilizó el combustible restante del lanzallamas.
La criatura quedó cubierta por fuego, pero todavía intentó levantarse.
Fonseca dejó el rifle, sacó el machete y avanzó. Cárdenas
hizo lo mismo. El Nahual lanzó un golpe hacia Fonseca
y falló por poca distancia. Ella atacó el cuello. Cárdenas
entró por el otro lado y golpeó la misma zona.
Yo recargué y mantuve el arma sobre la criatura, y
después de varios cortes dejó de incorporarse, aunque todavía movía
uno de los brazos. Cárdenas recuperó el rifle y disparó
los últimos cartuchos especiales a corta distancia. Permanecimos en posición
unos minutos. No escuchamos más voces ni detectamos movimiento cerca.
Montiel recuperó comunicación y pidió apoyo médico. Empezamos a sacar
al operador herido, pero murió durante la evacuación. Fonseca tenía
una herida en el brazo. Cárdenas había sufrido quemaduras en
una mano y mi espalda volvía a sangrar. Más tarde,
entró otro grupo y recuperó los cuatro cuerpos. También encontraron
restos humanos y rastros que salían hacia una zona más
profunda de la selva. Había varias huellas y seguían la
misma dirección. La operación terminó ahí. Nosotros habíamos matado cuatro criaturas,
pero los rastros confirmaron que todavía quedaban más dentro de
la zona, y la selva no fue declarada segura. Me
llamo Andrés Herrera, y durante varios meses estuve asignado a
una torre de vigilancia en el campamento 14, un puesto remoto.
al que se llegaba por una brecha de tierra desde
San Jerónimo. Mi turno empezaba por la tarde y terminaba
al amanecer, así que pasaba la mayor parte de la noche,
viendo la cerca norte, parte del camino y la línea
del bosque. Desde que llegamos, los habitantes del pueblo nos
advirtieron que esa zona pertenecía a los señores de la
noche y que después de oscurecer nadie entraba al monte.
Yo escuché esas historias sin darles importancia. hasta que empezaron
las risas. La primera la oí durante mi tercera semana
de guardia. Venía de la copa de un árbol cerca
de la cerca y tenía voz de mujer. Busqué con binoculares,
revisé el suelo y las ramas que alcanzaba a ver,
pero no encontré a nadie. Unos minutos después escuché otra
más lejos y luego una tercera detrás de la torre.
La noche siguiente vi una figura entre los árboles. Tenía
cuerpo de perro grande y caminaba sobre dos patas. Se
detuvo frente al perímetro, permaneció ahí varios segundos y después
bajó a cuatro patas antes de internarse en el monte.
Informé lo ocurrido y al amanecer revisamos la zona. Encontramos
huellas grandes alrededor de la cerca y dos postes inclinados
hacia adentro. No había sangre, pelo ni una abertura por
donde algo hubiera pasado. Durante las noches siguientes volvieron las
risas y también las siluetas. Algunas caminaban paralelas al alambre,
otras se detenían entre los árboles y luego desaparecían antes
de que pudiéramos seguirlas. En una ocasión contamos varias alrededor
del mismo sector, pero ninguna intentó entrar mientras las luces
del campamento estaban encendidas. Para entonces ya nadie en la
guardia hacía bromas con las advertencias de San Jerónimo. Después
de la cuarta noche recibimos aviso de que llegaría un
equipo extra. No nos dijeron de qué unidad venían, ni
cuánto tiempo se quedarían. Cerca de medianoche aterrizó un helicóptero
negro en el helipuerto. Llegó sin luces, dejó a cuatro
hombres y se retiró. El primero en bajar fue el
mayor Iván Piña. Con él venían el sargento Juan Moreno,
el especialista Pedro García y el tirador Esteban Cruz. Llevaban
uniformes pixelados oscuros, sin nombres ni insignias, y todo el
equipo ya estaba colocado cuando tocaron tierra. Desde la torre
alcancé a notar tres cosas que no había visto en
otros equipos. Todos llevaban cargadores marcados con una franja roja.
Sus visores nocturnos tenían modificaciones que yo no conocía y,
debajo de los chalecos, algunos usaban collares de cuentas oscuras.
Piña subió a la torre poco después de llegar y
no perdió tiempo con presentaciones. Me preguntó en dónde había
visto las figuras, desde qué dirección aparecían, qué distancia guardaban
con la cerca y si alguna vez habían cruzado. Le
conté lo de las risas, las huellas, los postes doblados
y la figura que había caminado sobre dos patas. Escuchó
sin interrumpirme y luego me dijo que ellos ya sabían
que estaba rondando el campamento. Yo debía quedarme en la torre,
observar y usar la radio, solo si alguna criatura llegaba
a la zona central. Antes de bajar, habló con García
junto a la escalera. Lo escuché llamar Nahuales a las criaturas.
García preguntó cuántos esperaban, y Piña respondió que las marcas
alrededor del campamento indicaban un grupo. No explicaron nada más.
Fue la primera vez que oí esa palabra en boca
de uno de ellos. Piña y sus hombres ya conocían
el nombre, llevaban munición marcada y habían llegado con instrucciones precisas.
Antes de bajar, Piña me dijo que esa noche iba
a ver cómo se extinguía un mito. Los cuatro tomaron
posiciones en el sector norte. Moreno cubrió el lado oeste.
García se quedó cerca de la entrada. Cruz buscó un
punto con vista al perímetro y Piña permaneció entre ellos
cerca del centro. Nadie encendió linternas. Pasaron varios minutos sin
movimiento y después escuché la primera risa, esta vez a
mi derecha. Otra respondió desde frente de la torre y
una tercera llegó desde arriba. cruz levantó el visor moreno
cambió de posición y garcía se agachó junto a la
cerca nadie habló hasta que piña ordenó mantener sectores poco
después se apagaron las luces principales del campamento el generador
seguía funcionando y las lámparas de emergencia entraron unos segundos
después con suficiente luz para distinguir los edificios y la
línea de la cerca ahí vi las figuras había varias
alrededor del perímetro Unas avanzaban en cuatro patas y otras
se levantaban sobre dos. Ninguna cortó el alambre. Una llegó
hasta un poste y apoyó las patas delanteras. La vi
frente al alambre y después estaba dentro. La cerca seguía intacta.
Otra cruzó más al este y tampoco dejó una abertura visible.
Piña habló por radio y ordenó activar los visores modificados.
Luego recordó a sus hombres que usaran únicamente los cargadores
marcados en rojo Yo seguí mirando hacia el bosque y
vi otra figura acercarse por el oeste. Avanzó hacia Moreno
sin detenerse. Moreno esperó, levantó el fusil e hizo dos
disparos separados. La criatura cayó de costado, movió las patas
e intentó levantarse. Moreno hizo un tercer disparo a la
cabeza y el cuerpo quedó inmóvil. Durante las noches anteriores
habíamos disparado contra esas cosas y nunca encontramos un cuerpo
al amanecer. Esa vez había una tendida junto a la
cerca y no volvió a moverse. Las risas se cortaron
en ese momento y, por la radio, escuché a García
decir que la munición estaba funcionando. Piña respondió que conservaran
los tiros y mantuvieran sus posiciones. Desde la torre vi
movimiento en varios puntos del perímetro. Primero una figura, luego otra,
y después varias más, todas acercándose a la cerca. Algunas
cruzaron por distintos sectores y otras quedaron afuera. Los cuatro
hombres ajustaron sus posiciones sin abandonar la línea norte. Yo
mantuve el fusil apoyado junto a mí y seguí observando
tal como me habían ordenado. Las criaturas entraron por varios puntos,
casi al mismo tiempo, y los cuatro hombres mantuvieron sus posiciones.
Desde la torre podía seguir a Moreno en el oeste,
a García cerca del acceso y a Piña en el centro.
Cruz estaba más atrás, con campo hacia la cerca y
el bosque. Dos nahuales cruzaron por el lado de García.
El primero fue directo hacia él y recibió dos disparos
en el pecho. Cayó, siguió moviéndose y García hizo un
tercer tiro a la cabeza. El segundo intentó entrar por
su costado, pero Piña lo alcanzó antes de que llegara.
En el oeste escuché otros disparos, todos separados. Moreno no
vaciaba el cargador ni disparaba hacia el monte sin blanco.
Esperaba a que una criatura quedara expuesta. Hacía uno o
dos tiros y volvía a cubrir su sector. La diferencia
con nuestras guardias anteriores era evidente. Nosotros habíamos disparado contra
aquellas figuras, sin saber dónde apuntar ni qué les hacía daño.
Ellos conocían la distancia. Esperaban el momento y usaban solo
los cargadores con la marca roja. Las lámparas de emergencia
empezaron a apagarse poco después. Primero quedó oscuro un sector
cerca de los dormitorios. Luego desapareció la luz del acceso
norte y al final solo quedó una lámpara cerca de piña.
Vi a uno de los nahuales detenerse frente a él
y levantar un brazo. En ese momento se apagó la
última luz de ese lado. El generador seguía trabajando. Piña
tocó uno de los controles del visor y ordenó por
radio que todos pasaran al modo térmico. Yo no podía
ver lo mismo que ellos, pero sí veía hacia dónde apuntaban.
Seguían movimientos que desaparecían de mi vista entre la oscuridad
y los árboles. Giraban antes de que una criatura saliera
a terreno abierto y corregían la posición sin encender una
sola lámpara. Más tarde supe que aquellos visores estaban preparados
para detectar cambios de temperatura alrededor de los Nahuales. Esa
noche yo solo sabía que podían seguirlos en donde yo
ya no distinguía nada. Algo golpeó la cerca debajo de
mi torre. El impacto movió la estructura y me hizo
mirar hacia abajo. Uno de los Nahuales estaba erguido junto
a un poste, con la cabeza levantada hacia mí. Dijo
mi apellido. La voz era humana y salió clara desde abajo.
Lo repitió una vez y luego dijo mi nombre con
la voz de mi madre. Yo conocía esa voz y
por un segundo dejé de mirar el resto del perímetro.
Levanté el fusil, pero Piña entró por radio antes de
que disparara. Me ordenó quedarme arriba, no responder y mantener
el arma fuera del borde de la torre. Moreno tenía
línea desde el oeste. La criatura volvió a golpear el poste.
La torre se sacudió y tuve que sujetarme con una mano.
Entonces Moreno disparó. El primer impacto hizo que el Nahual
cayera de rodillas. El segundo lo tiró de costado y
el tercero le dio en la cabeza cuando intentaba levantarse.
Quedó pegado a la cerca, inmóvil. Las otras criaturas que
estaban cerca del perímetro frenaron durante unos segundos y varias
retrocedieron hacia los árboles. Piña usó ese momento para mover
a sus hombres. Cruz cubrió la salida norte. García avanzó
unos metros y Moreno mantuvo el lado oeste. Ahí vi
al Nahual más grande. Estaba dentro del perímetro, erguido, y
superaba en altura a los demás. Cruz lo detectó primero
y disparó al torso. La criatura recibió el impacto y
siguió avanzando. Cruz hizo otro tiro y Piña agregó uno
desde el centro. Los tres impactos la frenaron, pero no
la derribaron. Mientras ellos concentraban la atención en ese blanco,
otros nahuales volvieron a moverse. Uno entró por el lado
de García y llegó a pocos metros antes de recibir
un disparo. García intentó cambiar de posición, pero la criatura
alcanzó a golpearlo y lo tiró al suelo. Moreno disparó
desde el oeste y la derribó antes de que pudiera
acercarse otra vez. García se levantó, movió el brazo que
había recibido el golpe y regresó a su sector. No
hubo tiempo para revisar nada más, porque el Nahual Grande
cambió de dirección y se fue hacia Cruz. Cruz hizo
otro disparo cuando la criatura ya estaba cerca. El tiro
entró en el pecho, pero no la detuvo. El Nahual
lo alcanzó con una de las patas delanteras, Le abrió
el costado y lo lanzó al suelo. Vi caer el
fusil de Cruz a varios metros. Piña disparó al pecho
de la criatura y García hizo otro tiro desde la derecha.
El Nahual se volvió hacia ellos, dejando a Cruz en
el suelo. Cruz estiró el brazo, recuperó el fusil y
logró disparar desde abajo, debajo de la cabeza. Piña hizo
un último tiro y la criatura cayó junto a él.
Moreno corrió hasta esa posición, apartó el cuerpo y cubrió
a Cruz, mientras García llegaba con el botiquín. Desde arriba
podía ver la sangre en el uniforme. Cruz seguía consciente
y respondió cuando García le preguntó si podía respirar y
mover las piernas. Dijo que sí. García le ordenó guardar
silencio y comenzó a presionar la herida. Piña y Moreno
volvieron a orientar los fusiles hacia el perímetro. porque todavía
había movimiento entre los edificios y la cerca. A pocos
metros de Cruz había varios cuerpos. Ninguno de los nahuales
alcanzados con los cargadores rojos estaba cerrando las heridas, ni
intentando levantarse después de recibir un tiro en la cabeza.
Piña pidió otro cargador y revisó la franja roja antes
de colocarlo. García, todavía junto a Cruz, informó por radio
que la mezcla estaba funcionando. Fue la primera vez que
escuché que llevaba aquella munición, obsidiana pulverizada y ceniza de panteón,
tratadas junto con los proyectiles. García dijo que eso estaba
frenando la regeneración, y Piña respondió que reservaran esas cargas
para los nahuales que siguieran dentro del perímetro. No hablaron
del procedimiento ni del origen de los materiales. Tampoco hacía
falta para entender lo que estaba ocurriendo. Las criaturas que
durante noches habían recibido disparos y desaparecido antes del amanecer,
ahora quedaban donde caían. Cruz continuaba sangrando y García no
se separó de él. Moreno volvió al oeste. Piña tomó
el sector central y yo seguí en la torre, buscando
movimiento en las zonas que todavía alcanzaba a distinguir. Escuché
ramas quebrarse fuera de la cerca y vi dos siluetas
retirarse hacia el norte. pero otras seguían dentro. Piña ordenó
mantener el campamento, no perseguir nada hacia el monte, y
evitar que alguna criatura alcanzara los edificios. Yo acomodé el
fusil contra el borde de la torre y esperé una
nueva orden. Abajo, Cruz respiraba con dificultad, mientras García mantenía
presión sobre la herida. Más allá de ellos, entre la
oscuridad y la cerca, Todavía quedaban Nahuales moviéndose dentro del perímetro.
Cruz seguía tendido, mientras García mantenía presión sobre la herida,
y Piña cambió las órdenes sin perder tiempo. Ya no
intentaría cerrar todas las salidas. Ahora lo principal era mantener
a las criaturas lejos de los edificios y conservar una
ruta libre para sacar al herido. Moreno volvió al oeste.
Piña tomó el centro y García se quedó cerca de Cruz.
cubriendo también el sector norte cuando podía. Desde la torre
seguía el movimiento que alcanzaba a distinguir. Uno de los
nahuales corrió hacia la cerca, buscando regresar al bosque, y
Moreno lo vio antes de que llegara al alambre. Le
disparó dos veces, el cuerpo cayó cerca del perímetro y
no volvió a levantarse. Poco después apareció otro entre los edificios.
Yo lo vi primero, avisé por radio y Piña giró
hacia ese lado. esperó a que saliera de detrás de
una construcción y disparó garcía hizo un segundo tiro desde
el norte y la criatura cayó antes de llegar a
la zona central después de esos disparos hubo un silencio
largo pero nadie bajó el arma yo seguí mirando hacia
la cerca y los árboles mientras piña moreno y garcía
mantenían los visores activos varias veces los vi apuntar hacia
lugares donde yo no distinguía nada Moreno informó que tenía
dos señales fuera del perímetro, moviéndose hacia el norte, y
preguntó si debía seguirlas. Piña respondió que no. Cruz estaba
perdiendo sangre, y perseguir a las criaturas fuera de la
cerca podía dejar abierto el campamento. La orden fue mantener
posiciones hasta la llegada del helicóptero. Los disparos habían terminado,
pero nadie sabía cuántos nahuales quedaban en el monte, o
si volverían a entrar. Las luces de emergencia regresaron poco después.
El generador había seguido funcionando durante todo el ataque y
cuando el sistema volvió, no hubo ninguna explicación inmediata para
los apagones. Piña me autorizó a bajar de la torre
y fui hacia ellos. Cruz estaba consciente, aunque hablaba poco.
El vendaje del costado estaba empapado y García había colocado
otro encima para contener la hemorragia. Moreno permanecía a pocos
metros con el fusil hacia la cerca, mientras Piña recorría
el perímetro y revisaba los cuerpos sin tocarlos. Yo ayudé
a mover agua y munición, pero no me acerqué más
de lo necesario. Desde el suelo pude ver mejor a
las criaturas. Algunas conservaban rasgos de perro grande y otras
tenían brazos y piernas con proporciones humanas. Varias habían muerto
junto a la cerca, Otras quedaron entre los edificios y
dos estaban fuera del perímetro. Conté diez cuerpos y ese
fue el número que anoté después. Las heridas no se
cerraban y ninguno de los que había recibido un disparo
en la cabeza mostraba movimiento. Piña ordenó que nadie tocara
los restos hasta que él lo autorizara. Tampoco permitió que
se recogiera nada que estuviera junto a ellos. Mientras esperábamos
la evacuación, Escuché a García hablar con Moreno sobre la munición.
Ya había oído por radio que la carga especial estaba funcionando,
pero ahí escuché los materiales con claridad. Los proyectiles habían
sido tratados con obsidiana pulverizada y ceniza de panteón. García
explicó que esa mezcla impedía que los nahuales regeneraran el
tejido después de recibir un impacto. No dijo quién había
desarrollado el procedimiento. ni cuánto tiempo llevaban utilizándolo. Piña tampoco
agregó nada. Yo miré los cuerpos y entendí únicamente lo
que podía comprobar. Las criaturas alcanzadas con esa munición habían
quedado donde cayeron. El helicóptero regresó antes del amanecer. García
y Moreno subieron a cruz en una camilla. Todavía estaba
vivo y respondió cuando uno de ellos le habló antes
de cerrar la puerta. Moreno se fue con él. Piña
y García se quedaron en el campamento para terminar la revisión.
Más tarde llegó un mensaje por radio. Cruz había muerto
durante la atención médica por la pérdida de sangre. Piña
pidió que repitieran el informe, escuchó hasta el final y
guardó la radio. García no dijo nada y los dos
volvieron al trabajo. Con la luz del amanecer revisamos el
terreno alrededor de la cerca. Encontramos huellas en distintos sectores,
restos de animales y marcas recientes en la tierra. No
encontramos a los dos nahuales que Moreno había detectado alejándose
hacia el norte. Piña tampoco ordenó buscarlos. Los cuerpos fueron
retirados del perímetro y llevados fuera del campamento, donde los quemaron.
Todo se hizo bajo su supervisión. Antes de irse, subió
otra vez a la torre y me preguntó qué iba
a poner en mi informe. Le respondí que escribiría únicamente
lo que había visto. Me dijo que hiciera eso. Después
confirmó que las criaturas eran Nahuales. No utilizó el nombre
de señores de la noche, pues ese nombre venía de
San Jerónimo. El equipo salió ese mismo día. Nueve días
después recibimos la orden de cerrar el campamento 14 y trasladarnos.
Nadie relacionó oficialmente la decisión con el ataque. Empacamos lo necesario,
abandonamos el puesto y no volvimos a ocuparlo. La última
vez que miré la torre, la cerca norte ya estaba reparada.
Meses después, regresé a San Jerónimo en un convoy y
encontré al hombre que llevaba provisiones al campamento. Me reconoció
y me preguntó qué había pasado aquella noche. Le dije
que habíamos encontrado diez cuerpos y que uno de los
hombres enviados para enfrentarlos había muerto. preguntó si alguno había escapado,
le respondí que dos se habían retirado hacia el norte,
el hombre guardó silencio y luego dijo que los nahuales
que rondaban nuestro campamento pertenecían solo a esa parte del monte,
que había otros más lejos y que no todos obedecían
al mismo jefe, no discutí con él porque no tenía
datos para hacerlo, tampoco acepté su explicación como un hecho,
Yo había visto discuerpos y había escuchado el informe sobre
dos señales que se alejaban hacia el norte y sabía
que el campamento había sido cerrado pocos días después. Eso
era todo lo que podía afirmar. Años después todavía recuerdo
la frase de Piña antes del ataque. Cuando dijo que
esa noche iba a ver cómo se extinguía un mito,
yo vi otra cosa. Vi que aquellas criaturas podían morir.
Vi que conocían el campamento y sabían cómo acercarse sin
ser detectadas. Vi a Cruz perder la vida después de
que una de ellas le abrió el costado. Y vi
a Dos escapar antes del amanecer. El ataque terminó esa noche,
pero lo que había en el monte, no. Recuerdo esa
etapa de mi vida con claridad, porque estaba en un
punto bajo. No era una crisis emocional exagerada, ni una
tragedia personal, pero sí una acumulación de problemas concretos. El
trabajo que tenía no alcanzaba, las deudas se acumulaban y
el cansancio se volvió constante. Vivía al día, con la
sensación de que cualquier imprevisto podía desacomodar todo. En ese contexto,
cualquier oportunidad de apoyo o ingreso extra se sentía necesaria,
no como una elección, sino como una salida práctica. La
persona que me habló del grupo era alguien cercano. No
era un desconocido ni alguien extraño. Tenía trato regular conmigo
y sabía exactamente por lo que estaba pasando. No me
presentó la invitación como algo peligroso ni raro. Me dijo
que se trataba de un grupo discreto, que se ayudaba
entre sí, que compartían ideas y que a veces salían
oportunidades de trabajo o apoyo económico entre los mismos miembros.
No insistió de más, solo dejó la invitación sobre la
mesa y me dijo que, si quería, podía acompañarlo una
vez para conocer. Acepté porque no vi una razón concreta
para negarme. No me habló de creencias, rituales ni nada parecido.
solo de reuniones privadas y de gente que prefería mantenerse
al margen de lo que se hablaba ahí. Desde ese
primer momento se mencionó la discreción como algo importante, no
como advertencia, sino como una norma básica. La primera reunión
fue en una casa común. No tenía señalamientos especiales ni
nada que la distinguiera desde afuera. Al llegar me pidieron
puntualidad y que apagara el teléfono. también me dijeron que
lo que se veía y se escuchaba ahí no se
comentaba con nadie que no formara parte del grupo no
lo dijeron en tono amenazante me lo dijeron como una
regla obvia algo que no necesitaba explicación dentro de la
casa los espacios estaban claramente definidos no se podía pasar
libremente a todas las habitaciones había una zona principal donde
se reunían y otras áreas cerradas Nadie se movía sin indicación.
Las sillas estaban colocadas de una forma específica, todas orientadas
hacia el mismo punto, y cada persona se sentaba donde
se le indicaba. Nadie elegía el lugar. Desde el inicio
quedó claro quién hablaba y quién escuchaba. Había una persona
central que dirigía todo. No levantaba la voz ni usaba
un tono autoritario, pero su presencia marcaba el ritmo de
la reunión. Nadie lo interrumpía y nadie hacía preguntas fuera
de lugar. Cuando hablaba, el resto guardaba silencio de inmediato
y no explicaba por qué se hacían las cosas, simplemente
las indicaba. Yo me limité a observar. No sentí miedo
en ese momento, pero sí una incomodidad física constante, una
tensión leve que no se iba. No era ansiedad ni pánico.
Era una sensación de estar fuera de lugar, como si
mi cuerpo entendiera algo antes que mi cabeza. Aún así,
no hubo nada que pudiera señalar como peligro inmediato. Durante
esa primera reunión no se habló de temas extremos. Se
habló de disciplina, de control personal y de la importancia
de seguir instrucciones sin cuestionar. Se repitió varias veces que
el grupo funcionaba porque cada quien conocía su lugar. No
se mencionaron creencias religiosas ni figuras específicas. Todo se mantuvo
en un nivel que podía parecer aceptable, si uno no
pensaba demasiado en ello. Hubo una práctica que me llamó
la atención. No fue algo violento ni escandaloso. Fue extraña
por lo simple y por lo poco explicada. Nos pidieron
realizar una acción específica, al mismo tiempo, sin preguntar para
qué servía. Nadie nos explicó el objetivo ni el significado.
Se hizo y se pasó al siguiente punto como si nada.
Nadie reaccionó, nadie comentó, y esa falta de reacción fue
lo que más me incomodó. Con el paso de las reuniones,
las reglas se reforzaron. La puntualidad dejó de ser sugerencia
y se volvió exigencia. Y la discreción se recordó en
cada encuentro. También se dejó claro que no todos eran
invitados a todas las reuniones. Algunas eran solo para quienes
ya habían sido observados y considerados aptos para avanzar. Yo
seguía asistiendo porque no veía una razón clara para dejar
de hacerlo. Tampoco había recibido nada a cambio todavía. Pero
el ambiente daba a entender que las oportunidades llegaban a
quienes demostraban constancia y obediencia. Nadie lo decía de forma directa.
pero se notaba en la forma en que trataban a
algunos miembros con más cercanía que a otros. La figura
central comenzó a fijarse más en mí. No me hablaba directamente,
pero hacía comentarios generales que parecían dirigidos a personas específicas.
Empecé a notar que sabía más de mí de lo
que yo había dicho, detalles de mi situación económica, de
mis horarios y de mis rutinas, pero nadie me explicó
cómo los había obtenido. La incomodidad física se volvió más frecuente.
No aumentó en intensidad, pero dejó de desaparecer después de
las reuniones. Me costaba relajarme al llegar a casa. Dormía
mal las noches posteriores, pero aún así, no sentía que
estuviera en peligro. Sentía que estaba siendo evaluado. En la
última reunión de esa etapa, al final, se me indicó
que debía asistir a un encuentro distinto. No se me
dio la dirección en ese momento. Solo se me dijo
que ya había sido observado y que era momento de avanzar.
No me preguntaron si quería. Me lo dijeron como una
decisión tomada. Salí de esa casa con la certeza de
que algo había cambiado. No sabía exactamente qué, pero entendí
que ya no estaba solo mirando desde afuera. Algo había comenzado,
y aunque todavía no lo nombraba, supe que no sería
fácil dar marcha atrás. La reunión a la que me
indicaron asistir no fue en la misma casa de las anteriores.
Me dieron la dirección el mismo día, con pocas horas
de anticipación. El mensaje fue breve y directo. No incluía
explicaciones ni horarios flexibles. Solo me indicaba el lugar y
que no llegara acompañado. Desde ese momento entendí que no
era una reunión más. La casa estaba en una zona
poco transitada. No había señales desde afuera. Al entrar, noté
que el ambiente era distinto. No había conversaciones previas ni
saludos largos, y las personas ya estaban sentadas y en silencio.
Me indicaron dónde colocarme sin decir mi nombre. La distribución
del espacio era más cerrada. No se usaron todas las habitaciones,
solo un cuarto principal sin ventanas abiertas. En el centro
del lugar colocaron objetos comunes, visibles y sin ningún intento
de ocultarlos. No eran decorativos, estaban ahí para cumplir una
función específica. No se usaron palabras simbólicas ni discursos largos.
Todo se manejó con frases cortas y órdenes claras. La
figura central tomó la palabra y por primera vez nombró
al diablo de forma directa. No lo hizo con dramatismo
ni con entusiasmo. Lo mencionó como se menciona a alguien conocido,
real y presente. Dijo que no era una idea, ni
una creencia, ni una metáfora. Dijo que era una entidad activa,
con capacidad de intervenir y exigir. Nadie reaccionó, y nadie
pareció sorprendido. Se explicó que el grupo existía para servir
y obedecer, que no se trataba de rezos ni de supersticiones,
sino de compromiso. Se habló de disciplina, de constancia y
de entrega, y se dejó claro que no todos podían permanecer.
solo quienes demostraban disposición real. Las reglas nuevas se dijeron
sin rodeos, obediencia total a las indicaciones, permanencia en el
grupo sin cuestionamientos y discreción absoluta. Se mencionaron consecuencias para
quienes rompieran esas reglas. No se describieron castigos específicos, pero
se habló de pérdidas humanas, accidentes y deterioro personal. No
lo dijo como amenaza directa, se dijo como advertencia basada
en experiencias previas. Mi cuerpo reaccionó antes que yo. Empecé
a sudar sin darme cuenta. Sentí rigidez en los hombros
y en la mandíbula. Me costaba mantener la atención completa.
Las palabras entraban, pero mi cabeza tardaba en procesarlas. Aún así,
entendía lo esencial. Ya no estaba escuchando una propuesta. Estaba
frente a una exigencia. En ese punto, se me pidió
participar en un acto concreto. No fue algo improvisado. Estaba
planeado y dirigido específicamente hacia mí y otras dos personas.
No era una opción. Era una prueba necesaria para avanzar.
Y nadie me explicó qué pasaría si me negaba. Realicé
lo que me indicaron. Fue una acción clara, física y consciente.
No tuvo explicaciones posteriores. Al terminar, no hubo aplausos ni
palabras de aprobación. solo un silencio que duró más de
lo necesario y en ese momento entendí que ya había
sido integrado no por decisión propia sino por haber cruzado
un punto específico para el diablo después del acto la
figura central habló de quienes se habían ido no dio
nombres completos solo referencias claras y nos dijo que algunos
habían intentado alejarse creyendo que no pasaría nada Mencionó problemas
de salud repentinos, pérdidas económicas y accidentes que no pudieron evitar.
No afirmó que el grupo los hubiera causado directamente. Nos
dijo que eran consecuencias naturales de romper un compromiso con
el Señor de la Oscuridad. Esa fue la parte que
más me afectó. No porque creyera todo al pie de
la letra, sino porque la forma en que lo dijeron
no dejaba espacio para la duda. No estaban tratando de
convencer a nadie, solo nos estaban informando. Al final de
la reunión se nos recordó que ahora formábamos parte del
círculo interno, que ya no éramos observadores, que se esperaba
disponibilidad constante. No se habló de fechas ni de duración,
solo se dejó claro que el compromiso no tenía un
final establecido. Salí de esa casa con una sensación distinta
a la de la primera etapa. Ya no era incomodidad leve,
era conciencia clara de riesgo. Sentí pánico y también una
presión constante en el pecho que no desapareció al llegar
a casa. Me di cuenta de que no había preguntado
cómo salir, porque la idea ni siquiera se había presentado
como posibilidad. Esa noche dormí poco, por una sensación continua
de alerta. Sabía que era parte de una secta que
le servía al diablo. Eso era más que suficiente para
tener miedo y estar alerta. Entendí que cualquier decisión que
tomara a partir de ese punto tendría consecuencias reales. Quedarme
implicaba seguir obedeciendo. Irme implicaba enfrentar algo que todavía no
entendía del todo, pero que ya se había dejado claro
que no sería sencillo. Con esa certeza terminó esa etapa.
Ya no estaba descubriendo algo nuevo. Ya sabía exactamente dónde
estaba parado, y supe que el siguiente paso no sería automático.
Tendría que decidir con cuidado, porque ahora sí, salir implicaba
un riesgo real. La decisión de alejarme no fue repentina
ni impulsiva, pues no podía desaparecer de un día para
otro ni provocar una reacción inmediata. Entendí que lo más
seguro era hacerlo de forma gradual y silenciosa, sin explicaciones
ni confrontaciones directas. Dejé de asistir a una reunión, luego
a otra, no les avisé y no les di motivos,
simplemente empecé a ausentarme. Al mismo tiempo cambié mis rutinas básicas,
ajusté horarios, modifiqué trayectos y dejé de frecuentar los lugares
donde sabía que podía encontrar a alguien del grupo. Corté
comunicación con la persona que me había acercado inicialmente y
dejé de responder mensajes y llamadas. Sabía que cualquier justificación
podía usarse en mi contra. Durante las primeras semanas vivía
en estado de alerta constante. Revisaba el teléfono con frecuencia,
esperando algún tipo de contacto. Pero no llegó de inmediato,
aunque eso no me tranquilizó. Al contrario, Me hizo pensar
que estaban observando, midiendo el momento adecuado para reaccionar. El
mensaje llegó una noche, sin rodeos. No era largo ni
amenazante en apariencia. Decía que habían notado mi ausencia. Que
entendían que algunas personas dudaban. Y que las decisiones tenían
consecuencias con el diablo. No pedían que regresara. No me
reclamaban nada. Solo confirmaban que sabían que me estaba alejando.
No respondí, ni bloqueé el número. Dejé el mensaje ahí
como prueba de que no estaba imaginando cosas. Días después
me encontré con uno de ellos en un lugar público.
No se acercó demasiado, solo cruzó miradas conmigo y asintió
levemente con la cabeza. No dijo nada, pero fue suficiente
para confirmar que no había pasado desapercibido. No hubo persecución
abierta ni intentos de obligarme a volver. Tampoco hubo disculpas
ni intentos de convencerme. La amenaza fue clara y contenida.
Existía en el simple hecho de saber que seguían ahí
y que recordaban quién era yo. Logré mantenerme fuera. Aunque
no fue fácil, fue posible. Pasaron los meses y el
contacto cesó por completo. Aún así, las consecuencias no desaparecieron.
El miedo se manifestó como pánico y como desconfianza permanente.
Me costaba relajarme en espacios cerrados, evitaba reuniones privadas y
le prestaba atención excesiva a las personas que hacían demasiadas preguntas.
Los recuerdos no eran constantes, pero aparecían sin aviso, no
como imágenes confusas, sino como escenas claras. La forma en
que hablaban, la seguridad con la que afirmaban cosas... la
naturalidad con la que mencionaban las consecuencias graves. No eran
pensamientos que pudiera borrar con facilidad. Con el tiempo supe
que el grupo no había desaparecido, pero esa información dejó
de ser lo más importante. Una noche, semanas después de
haberme alejado por completo, ocurrió algo que no tuvo relación
con rumores ni con personas. Desperté de golpe completamente consciente.
No estaba soñando, La habitación estaba igual que siempre, con
la misma luz tenue entrando por la ventana. No sentía
parálisis ni confusión. Podía moverme y podía pensar con claridad.
Entonces lo vi. No apareció como una sombra ni como
una figura indefinida. Estaba ahí, de pie, cerca de la puerta.
No llevaba cuernos ni alas ni nada exagerado. Tenía forma
humana pero con una voz aterradora. y unos ojos rojos
que no puedo describir, y algo en su presencia no encajaba.
No dijo muchas palabras, y no las necesitó, pues me
habló de forma directa y clara. Me dijo que ya
estaba en la lista, y que mi nombre había sido
entregado cuando participé, y que eso no se cancelaba con
la distancia ni con el silencio. Me dijo que no
importaba que hubiera dejado de asistir, porque ya le pertenecía.
No gritó ni amenazó con violencia. Me dijo que vendría
después cuando fuera el momento y que no había prisa,
que lo que se entrega una vez no se recupera.
Luego dio un paso atrás y desapareció. No se desvaneció.
Simplemente ya no estaba. Esa noche no dormí más. No
sentí miedo inmediato. sino una certeza pesada y persistente. Algo
había cruzado un límite que no dependía de creencias ni
de interpretaciones. No fue sugestión, no fue un sueño, fue
una advertencia del diablo. Nunca denuncié ni hablé públicamente de
lo ocurrido, no porque pensara que nadie me creería, sino
porque entendí que hacerlo no cambiaba nada. Mi prioridad fue
mantener distancia de todo lo que me recordara a ese
grupo y a esa noche. Hoy puedo afirmar con claridad
que lo que viví fue real. No fue un error,
ni una confusión, ni una experiencia simbólica. Fue directo, concreto
y suficiente para entender que hay cosas que no se
pueden tocar sin consecuencias. Desde entonces no me he acercado
a ningún grupo que funcione bajo reglas de obediencia ciega.
secretos o promesas implícitas. Aprendí que algunas decisiones no se
sienten graves en el momento, pero dejan marcas que no
se borran. Esa experiencia quedó atrás en el tiempo, pero
no se cerró del todo. Me dejó una desconfianza constante
y la certeza de que algo sigue pendiente. No necesito comprobarlo.
No volvería a acercarme a nada similar, bajo ninguna circunstancia,
y ahora solo espero a que venga a reclamar lo
que le pertenece.