Lo Que Vive Entre Los Corrales Sale Cuando Oscurece - Historias De Terror - REDE
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Speaker 2: Lo que pasó en San Bartolo comenzó durante una temporada
de cosecha, cuando yo todavía trabajaba en el campo con
mi padre y mis dos hermanos. En ese tiempo, casi
todas las familias vivían de sembrar, criar animales o trabajar
en terrenos ajenos, y por las noches la mayoría se
quedaba en casa. Aunque siempre había alguien que salía a
revisar un corral, buscar una res o terminar alguna tarea.
El primero al que atacaron fue Hilario Hernández. Su esposa
contó que había salido, porque las gallinas empezaron a hacer
ruido y él pensó que algún animal se había metido.
Tomó una lámpara y un machete, salió al patio y
poco después ella escuchó un grito. Los vecinos llegaron primero
y lo encontraron junto al gallinero herido, pero consciente. Hilario
dijo que algo grande había salido detrás del corral. y
se le había echado encima. Alcanzó a defenderse con el machete,
aunque no pudo ver bien qué era. Dijo que tenía
cuerpo de animal, que era más grande que un perro común,
y que se movía de una forma que él no conocía.
Nadie vio hacia dónde se fue. Después de eso, empezaron
a aparecer animales muertos. Primero fueron gallinas, luego dos chivos,
y en cada caso, las familias revisaron cercas y corrales
buscando una entrada. Algunos hombres pensaron que podían ser perros salvajes,
pero nadie encontró uno cerca del pueblo. Los perros también
comenzaron a alterarse por las noches. Ladraban hacia los terrenos
del norte. Mi padre nos dijo que ninguno debía salir
solo después de oscurecer. Unos días después, una vaca rompió
parte del cerco y Nabor y yo salimos a traerla.
La encontramos cerca de un terreno de cultivo. con la
cuerda rota y dando tirones cuando intentábamos acercarnos. Mientras Nabor
sujetaba la cuerda, escuché movimiento entre los matorrales. Alumbré hacia
ese lado y vi una figura grande, agachada a poca distancia.
Nabor volteó y también la vio. Permaneció quieta unos segundos,
luego se levantó sobre las patas traseras y volvió a
bajar el cuerpo. Ninguno quiso acercarse. Tomamos la vaca y
regresamos hacia las casas, mientras la figura avanzaba detrás de
nosotros por el mismo camino. Siguió hasta que llegamos cerca
de la primera vivienda. Ahí se detuvo y se perdió
entre los terrenos. Esa noche contamos lo ocurrido. Algunos vecinos
dijeron que podía tratarse de una persona que robaba animales
y usaba alguna piel para asustar a la gente. Otros
insistieron en que debía ser un perro grande. Don Candelario
escuchó y cuando terminamos, dijo que su padre le había
contado de casos parecidos ocurridos muchos años antes. Habló de
personas que podían tomar forma de animal y salir de noche,
y dijo que en la región las llamaban Nahuales. Le
preguntaron si estaba seguro, y don Candelario respondió que poco,
porque casi todo lo había escuchado de su padre cuando
era joven. Aseguró que, según esas historias, Un agual podía
atacar animales y también personas. A partir de entonces organizamos
vigilancia entre varios hombres. Recorríamos los lugares donde habían aparecido
animales muertos y nos movíamos siempre en grupo. Durante varios
días no encontramos nada y el pueblo comenzó a calmarse.
Algunos pensaron que el animal se había ido. Otros dejaron
las rondas porque tenían trabajo desde temprano. Esa tranquilidad terminó
cuando murió Nicanor Trejo. Lo encontraron en un camino junto
a un sembradío, después de que no regresara de visitar
a su madre. Tenía heridas graves en el cuello y
marcas de forcejeo en la tierra. Cerca del cuerpo había
rastros de un animal grande, y unos metros más adelante,
huellas de pies descalzos. Yo había visto esas huellas y
no pertenecían a ningún vecino. Nadie supo explicar por qué
aparecían juntas. La muerte de Nicanor cambió el pueblo. Las
familias empezaron a cerrar temprano. Los campesinos procuraban regresar antes
de que oscureciera, y quienes debían caminar de una casa
a otra lo hacían acompañados. También comenzaron las acusaciones. Algunos
señalaron a Baltasar, un hombre que vivía solo en las
afueras y trataba poco con los vecinos. Otros mencionaron a Rufina,
porque conocía remedios antiguos, aunque nadie tenía pruebas contra ella.
Don Candelario pidió que dejaran de señalar personas y propuso
revisar en dónde habían ocurrido los ataques. Vimos que la
mayoría estaba cerca de los terrenos del norte, alrededor de
una molienda abandonada, así que decidimos vigilar esa zona. Éramos
ocho hombres y nos repartimos cerca de la molienda. Esperamos
durante horas hasta que los perros comenzaron a ladrar a
lo lejos. Poco después oímos pasos cerca de la entrada.
Rogelio levantó la escopeta, otro hombre encendió la lámpara y
la figura apareció frente a nosotros. Nabor y yo reconocimos
el tamaño y la manera de moverse. Tenía cuerpo de
animal y se mantenía baja, pero volvió a incorporarse sobre
las patas traseras. Cuando avanzó hacia Rogelio, él disparó. El
animal cayó de lado, se levantó casi de inmediato y
escapó hacia el monte, y en el suelo quedó sangre.
Esperamos antes de seguirla y avanzamos juntos con las lámparas.
El rastro cruzaba una parte del sembradío, seguía junto a
un cerco y terminaba cerca de la casa de Baltasar.
No llamamos a su puerta esa noche. Mi padre dijo
que no teníamos una prueba y que llegar armados podía
terminar mal. Regresamos después de amanecer. Baltasar salió con el
hombro vendado y preguntó qué queríamos. Rogelio le pidió que
explicara la herida. Él respondió que se había lastimado trabajando,
se negó a mostrarla y nos pidió que nos fuéramos.
La sangre del animal había llegado hasta su terreno y
él tenía una lesión después del disparo, pero eso era todo.
Desde ese día aumentamos las rondas. Durante un tiempo no
volvió a aparecer nada y algunos hombres dejaron de acompañarnos
porque necesitaban trabajar desde temprano. Mi padre seguía diciendo que
no debíamos confiar. Poco después, una de nuestras mulas empezó
a golpear el corral. Mi padre me llamó y salimos juntos.
Él se adelantó mientras yo tomaba la lámpara, y cuando
llegué al patio, escuché un golpe y lo vi caer
junto a la pared. La criatura estaba frente a él.
Mi padre tenía una herida en el brazo y trataba
de apartarla. Le grité a Nabor que salió con el machete,
y entre los dos avanzamos. El animal retrocedió. Permaneció frente
a nosotros unos segundos y luego corrió hacia los terrenos
del norte. Mi padre sobrevivió, pero pasó varios días sin
poder trabajar. Después de ese ataque, Don Candelario reunió a
los hombres que habíamos participado en las vigilancias. Dijo que
seguir caminando por el pueblo solo nos dejaba esperando el
siguiente ataque y que debíamos obligar a la criatura a
entrar en un lugar cerrado. Entonces habló de un procedimiento
que su padre le había enseñado y que, según él,
se había usado contra un Nahual muchos años antes. Nadie
sabía si funcionaría. Rogelio propuso ir por Baltasar, pero mi
padre se opuso. Dijo que una sospecha no bastaba para
atacar a un hombre. Al final acordamos usar la molienda.
Don Candelario pidió sal, ceniza y una cuerda nueva. Luego
explicó que marcaría un límite en el suelo y que
una vez dentro la criatura, nadie debía romperlo. Nosotros tendríamos
que cerrar las salidas y mantenerla ahí mientras él terminaba
el ritual. Usamos un chivo para atraer a la criatura,
porque los ataques anteriores habían ocurrido cerca de corrales y
animales domésticos. Lo dejamos dentro de la molienda y nos
repartimos cerca de las entradas. Don Candelario trazó en el
suelo una línea con sal y ceniza. Luego puso la
cuerda alrededor del espacio donde quería mantener al animal. Y
nos pidió que nadie la pisara ni la moviera. Yo
me quedé con Nabor y mi padre cerca de una puerta.
Rogelio tomó la otra y los demás cubrieron las salidas.
Pero no pasó nada. El chivo se movía de un
lado a otro y nosotros apenas hablábamos. Más tarde, empezaron
a ladrar los perros del pueblo. El chivo tiró de
la cuerda y escuchamos movimiento afuera. La figura apareció por
un costado de la molienda. Se detuvo y después entró.
Nabor cerró una puerta y otro hombre aseguró la segunda.
El animal reaccionó de inmediato, golpeó la madera y recorrió
el interior buscando una salida. Mientras don Candelario comenzó el
rezo sin apartarse del límite que había marcado. No recuerdo
todas las palabras que dijo. Reconocí algunas oraciones y otras
no las había escuchado antes. Don Candelario hablaba seguido, sin gritar,
y cada vez que el animal se acercaba a una
salida nos indicaba que lo obligáramos a retroceder. Lo hacíamos
golpeando la madera o avanzando unos pasos sin cruzar la línea.
Durante varios minutos logramos mantenerlo en el centro, hasta que
se lanzó contra Rogelio. Él le la escopeta para cubrirse
y cayó nabor entró para ayudarlo y alcanzó a golpear
al animal con el machete la criatura soltó a rogelio
y retrocedió herida pero en el forcejeo se borró una
parte de la sal don candelario nos ordenó detenernos Yo
sujeté una de las puertas mientras Nabor arrastraba a Rogelio
fuera de su alcance. Don Candelario tomó la sal que
quedaba y cerró de nuevo la parte dañada. El animal
intentó salir por ese punto, golpeó la cuerda y volvió
hacia el centro, entonces cayó. No supimos si había perdido
fuerza por la herida o por lo que Don Candelario
estaba haciendo. Se sacudió en el suelo y respiró con dificultad.
Yo aparté la vista para ayudar a Rogelio que estaba
herido y cuando volví a mirar ya no vi al animal.
Baltasar estaba tirado ahí. Nadie había abierto las puertas y
ninguno de nosotros lo había visto entrar. Tenía heridas en
el hombro y en un costado. Respiraba con dificultad y
trataba de incorporarse. Nos miró y pidió que lo dejáramos salir.
Don Candelario respondió que debía quedarse donde estaba hasta que terminara.
Baltasar volvió a pedirlo y Rogelio quiso acercarse con la escopeta.
Mi padre se puso delante de él y le dijo
que bajara el arma, porque Baltasar estaba herido, desarmado y
rodeado por nosotros. Don Candelario continuó el rezo. Baltasar intentó
ponerse de pie, dio unos pasos y cayó de rodillas.
Después empezó a temblar y se llevó las manos al pecho.
Uno de los hombres quiso acercarse. pero don Candelario le
ordenó que no cruzara la línea. Baltasar arrastró una pierna
hacia la salida y entonces escuchamos un gruñido que salió
de él. Todos retrocedimos. Don Candelario ajustó la cuerda donde
se había movido, agregó la última sal y siguió hablando.
Baltasar trató de levantarse otra vez, pero ya no pudo.
Cayó de lado y quedó inmóvil. Esperamos antes de acercarnos.
Mi padre fue el primero en cruzar. Se agachó junto
a él y comprobó que no respiraba. Nadie habló. Rogelio
seguía herido. Mi padre tenía el brazo lastimado por el
ataque anterior, y ahora teníamos a Baltasar muerto dentro de
la molienda. Sacamos el cuerpo y avisamos a sus familiares,
y ellos se encargaron del entierro. En el pueblo se
dijo que Baltasar había muerto durante un enfrentamiento relacionado con
los ataques, y quienes estuvimos en la molienda acordamos no
contar fuera de nuestras casas. Todo lo ocurrido. Cada uno
había visto una parte distinta. Yo sabía que el animal
había caído dentro del límite, y que cuando volví a mirar,
Baltasar estaba ahí. También sabía que nadie había abierto una puerta.
Con eso me quedé. Rogelio se recuperó de la herida,
pero no volvió a participar en ninguna vigilancia. Y los
demás tampoco regresamos a la molienda después de aquella noche.
Los ataques terminaron. Pasaron semanas sin encontrar animales muertos y
los perros dejaron de alterarse hacia los terrenos del norte.
Poco a poco, la gente volvió a salir temprano al
campo y a regresar al anochecer. Aunque en mi familia
seguimos evitando esa zona cuando ya no había luz. Don
Candelario nunca dijo que el asunto estuviera cerrado. Lo único
que repetía era que lo que sabía venía de su
padre y que según esas enseñanzas una persona podía transmitir
el conocimiento antes de morir. Nunca afirmó que Baltasar lo
hubiera hecho. Tampoco señaló a nadie más. Decía que no
tenía forma de saberlo y por eso nosotros seguimos atentos
durante mucho tiempo. Con los años la vida volvió a
su ritmo, Rogelio terminó por irse del pueblo, Nabor y
yo seguimos trabajando las tierras de la familia, y mi
padre murió mucho después por una enfermedad. Don Candelario también murió,
y con él se perdió casi todo lo relacionado con
el ritual, porque ninguno de nosotros aprendió las palabras completas
ni el orden exacto de lo que hizo. La molienda
se fue deteriorando hasta que dejó de usarse por completo.
y los terrenos cercanos volvieron a sembrarse. Los más jóvenes
conocieron la historia por lo que escuchaban en sus casas,
aunque muchos de nosotros dejamos de hablar del tema. No
había ocurrido otro ataque y cada año que pasaba hacía
más fácil guardar silencio. Mucho tiempo después, una noche, mis
perros empezaron a ladrar hacia el corral. Yo ya estaba
dentro de la casa y no salí. Esperé junto a
la puerta hasta que dejaron de moverse. A la mañana
siguiente encontré tres gallinas muertas detrás del corral. Nabor vino
a ayudarme a revisar la cerca y no encontramos una
abertura por donde hubiera entrado un animal grande. Cerca del
terreno había varias huellas, pero la tierra estaba seca y
no permitía distinguirlas completas. Seguimos las marcas hasta el camino
y ahí encontramos impresiones de pies descalzos. No dijimos que
fuera lo mismo que habíamos visto años atrás. pero tampoco
teníamos una explicación mejor. Dos noches después, los perros volvieron
a ladrar. Miré desde la entrada y vi una figura
grande cerca del límite del terreno. Estaba agachada. Permaneció ahí
unos segundos y después se alejó hacia el norte. No
la seguí. A la mañana siguiente, varios vecinos revisamos la
zona y encontramos rastros entre los cultivos, pero se perdían
antes de llegar al camino. Desde entonces volvimos a tomar precauciones.
Nadie ha muerto y tampoco hemos tenido otro ataque contra
una persona. Pero cuando algún animal se altera durante la noche,
nadie sale solo a revisar. Yo sigo viviendo en San
Bartolo y sigo trabajando los mismos terrenos, aunque no camino
hacia el norte después de oscurecer. Don Candelario ya no está.
El ritual se perdió con él y ninguno de nosotros
sabe si aquello terminó con Baltasar.