La Marca De Catemaco: El Templo Del Diablo - Historias De Terror - REDE
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Speaker 2: Me llamó Esteban y fui a Catemaco cuando tenía 24 años.
En ese tiempo había perdido mi trabajo, debía dinero y
necesitaba una salida. No buscaba hacerme rico de inmediato. Quería
pagar lo que debía y volver a empezar. Un conocido
me habló de un brujo de Catemaco que preparaba amuletos
para atraer dinero y favorecer los negocios. Me dijo que
varias personas habían ido con él. y después habían mejorado
su situación. No sabía cuánto había desierto, pero decidí viajar.
Llegué a Catemaco por la tarde y pregunté por alguien
que hiciera trabajos relacionados con dinero. Después de preguntar varias veces,
escuché el nombre de Nicasio. Me dijeron que vivía en
las afueras, cobraba caro y hacía trabajos fuertes. Encontré su
casa antes de que oscureciera. Nicasio tendría unos 60 años.
Me dejó pasar y me preguntó qué buscaba. Le expliqué
que necesitaba un amuleto para mejorar mi situación económica, pagar
mis deudas y empezar de nuevo. Me escuchó sin interrumpirme.
Luego dijo que podía prepararme algo sencillo, aunque su efecto
sería limitado. También me habló de un trabajo que podía
asegurar dinero durante años, si la persona cumplía ciertas condiciones.
Le pregunté cuáles eran y respondió que esos trabajos no
se pagaban solo con efectivo. Mencionó sangre, animales y otras
cosas que no quiso explicar. Pensé que hablaba de sacrificios
de animales. Nicasio tenía algunos en su propiedad y me
dijo que los usaba para renovar ciertos trabajos. Según él,
entregaba ganado y aves para conservar lo que había obtenido
tiempo atrás. Eso me incomodó. Pero seguí escuchando. Le pregunté
cuánto costaría el amuleto y respondió que primero necesitaba saber
hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Después me propuso acompañarlo
esa misma noche a un lugar en el monte, donde
podía mostrarme cómo se hacía un trabajo para atraer riqueza.
Dudé y le pregunté si había algún riesgo. Dijo que no,
siempre que siguiera sus instrucciones y aseguró que el ritual
no era para mí. Solo quería enseñarme el lugar antes
de decidir qué podía prepararme. Así que acepté. Dejé algunas
cosas en su casa y salimos cuando ya estaba oscuro.
Nicasio llevaba una mochila, una lámpara, una cuerda y un
cuchillo envuelto en tela. Cuando vi la cuerda, le pregunté
para qué era. Me dijo que había preparado una ofrenda
y que quizá tendría que sujetarla. Pensé otra vez en
un animal y no insistí. Entramos al monte y caminamos
durante bastante tiempo. El suelo estaba húmedo y en algunos
tramos costaba avanzar, pero Nicasio conocía el camino. Intenté recordar
la ruta, aunque pronto dejé de reconocer la dirección. Le
pregunté cuánto faltaba y respondió que poco. Seguimos hasta llegar
a un claro donde había un altar de piedra con
restos de trabajos anteriores, velas consumidas, manchas secas y algunos
huesos de animales. Nicasio dejó la mochila junto al altar,
sacó varias cosas y empezó a preparar el lugar sin
hablar conmigo. Esperé un momento y le pregunté dónde estaba
la ofrenda. No respondió de inmediato. Colocó unas velas, un recipiente,
una botella y el cuchillo sobre la piedra, y después
me pidió que me acercara. Volví a preguntarle por el animal,
y entonces dijo que esa noche no había llevado ninguno.
Me aparté del altar y le recordé que había hablado
de una ofrenda y que llevaba una cuerda para sujetarla.
Nicasio levantó la vista y me explicó que los animales
servían para mantener parte del pacto. pero había ocasiones en
las que se pedía algo diferente. Le pregunté qué quería
decir y respondió que cada cierto número de años tenía
que entregar una vida. Entendía a qué se refería. Retrocedí.
Le dije que no quería participar y que regresaría al pueblo.
Nicasio trató de detenerme con palabras. Dijo que ya estábamos ahí,
que irme podía causarle problemas y que debía esperar hasta
que terminara. Le respondí que no iba a quedarme y
caminé hacia el sendero, pero no llegué lejos. Escuché pasos
detrás de mí y cuando intenté voltear, Nicasio me golpeó.
Caí al suelo y antes de que pudiera levantarme se
lanzó sobre mí. Forcejeamos, yo era más joven, pero estaba
aturdido por el golpe y consiguió inmovilizarme. Me sujetó las
manos con la cuerda y apretó los nudos hasta que
dejé de poder moverlas. Le grité que me soltara, le
ofrecí todo el dinero que llevaba y le dije que
podía conseguir más, pero respondió que mi dinero ya no
le servía. Su deuda era otra y yo había llegado
cuando necesitaba a alguien. Ahí entendí que nunca había pensado
enseñarme un ritual, ni prepararme un amuleto. Me había llevado
al monte porque necesitaba una persona. Nicasio me arrastró hasta
el altar y terminó de sujetarme. Yo tiraba de las
cuerdas mientras le preguntaba cuántas veces había hecho aquello. No contestó.
Dijo que llevaba muchos años cumpliendo con un acuerdo y
que no iba a perder lo que tenía por dejar
pasar una fecha. Le pregunté qué iba a hacer conmigo
y respondió que esa noche tenía que entregar una persona.
Sentí miedo y rabia. Le dije que yo nunca había
aceptado ningún pacto. que había ido buscando un amuleto y
que él me había engañado desde el principio. Nicasio respondió
que eso ya no importaba. Sacó un cuaderno viejo de
la mochila, lo abrió sobre el altar y empezó a
leer en voz baja. Luego se hizo un corte en
la mano y dejó caer sangre dentro del recipiente. Agregó
parte del contenido de una botella y continuó leyendo. Yo
seguía tirando de las cuerdas. La piel de mis muñecas
empezó a abrirse. y sentí la sangre correr hacia las manos.
Nicacio se acercó con el cuchillo y me hizo un
corte pequeño en el brazo. Intenté apartarme, pero no tenía
espacio para moverme. Recogió mi sangre con un pedazo de
tela y la dejó caer dentro del recipiente. Le pregunté
para qué la necesitaba y dijo que servía para señalar
a la persona que estaba ofreciendo. Le repetí que yo
no había aceptado nada, pero no respondió. Volvió frente al altar,
puso las manos sobre la piedra y siguió con el ritual.
Durante unos minutos no ocurrió nada. Yo trataba de mover
las muñecas, buscaba un punto flojo en la cuerda y
miraba el cuchillo que había quedado fuera de mi alcance.
Nicasio seguía leyendo. A veces levantaba la cabeza, esperaba unos
segundos y continuaba. Entonces el suelo vibró. Al principio pensé
en un temblor, pero el movimiento se sentía alrededor del altar.
Las velas se apagaron y Nicasio dejó de leer. Hasta
ese momento había actuado con seguridad, pero en cuanto comenzó
el movimiento, retrocedió. El aire se volvió caliente y apareció
un olor fuerte a azufre. Me ardieron la nariz y
la garganta. Frente al altar se abrió una grieta y
la tierra empezó a separarse. Nicasio cayó de rodillas y
le grité que me soltara, pero no me miró. La
abertura siguió creciendo. De ella salió aire caliente y el
olor aumentó hasta obligarme a girar la cara para respirar.
Después vi una mano apoyarse en el borde. Tenía dedos
largos y uñas oscuras. Segundos más tarde salió un hombre.
Era alto, vestía de negro y llevaba el cabello peinado
hacia atrás. Tenía dos cuernos pequeños en la frente. los
ojos rojos y uñas largas que sobresalían de los dedos.
Se incorporó, miró el lugar y fijó la vista en Nicasio,
pero no gritó ni hizo movimientos bruscos. Nicasio bajó la
cabeza y se quedó de rodillas frente a él. Yo
seguía atado al altar, con el brazo sangrando y las
muñecas abiertas por la cuerda. Entonces entendí que Nicasio conocía
a ese hombre y había esperado su llegada desde que
entramos al monte. Yo no sabía qué iba a hacer conmigo,
pero ya sabía que la ofrenda de esa noche era yo.
El hombre permaneció frente al altar. Nicacio seguía de rodillas
y yo continuaba sujeto a la piedra, con las muñecas
lastimadas por la cuerda y el brazo cortado. El olor
a azufre llenaba el lugar y el aire seguía caliente.
Aquel hombre miró primero a Nicacio, después volvió la vista
hacia mí. Nicasio empezó a hablar sin levantarse y dijo
que había cumplido durante años, que había entregado animales, sangre
y todo lo que se le había pedido. Luego me
señaló y explicó que esa noche había llevado la ofrenda
que faltaba. Yo lo interrumpí y dije que estaba mintiendo,
que había ido a Catemaco buscando un amuleto y que
él nunca me habló de entregar mi vida. El hombre
me escuchó y después miró a Nicasio. Le preguntó si
yo sabía para qué estaba ahí. Nicasio tardó en responder,
pero al final admitió que no. Pero... dijo que había
tenido que engañarme porque nadie aceptaría acompañarlo si conocía el
verdadero propósito nicasio siguió hablando dijo que su plazo estaba
por terminar que había cumplido con otras entregas y que
no podía perder lo que había conseguido durante años Aquel
hombre se acercó y le preguntó por qué había intentado
entregarle a una persona conseguida mediante engaño. Nicasio respondió que
antes había hecho lo mismo y que no había tenido problemas.
Entendí que otros habían llegado al mismo lugar antes que yo.
El hombre volvió a mirarme y le dije que no
tenía ningún trato con Nicasio, que no había aceptado nada
y que podía marcharme de Catemaco sin volver. No respondió.
se acercó al altar puso una mano sobre mi brazo
izquierdo y me sujetó por debajo del codo intenté retirar
el brazo pero la cuerda me mantenía pegado a la
piedra el brazo me ardía bajo su mano el hombre
levantó la otra mano y pasó una de sus uñas
por mi antebrazo sentí el corte desde el primer contacto
la uña abrió la piel y dejó tres líneas profundas
grité y traté de moverme pero él no soltó mi
brazo hasta terminar La sangre empezó a correr hacia la muñeca.
Miró la herida unos segundos y después me dijo que
mi vida ya no era mía, que desde ese momento
yo solo guardaba su lugar. Le pregunté qué quería decir,
pero no me explicó nada. Dijo que volvería por mí
cuando llegara el momento y soltó mi brazo. Nicasio levantó
la cabeza y preguntó por su trato. Empezó a ofrecer
más animales. Dijo que podía entregar el doble. conseguir más
ganado y cumplir cualquier otra condición. El hombre no aceptó
y le recordó que había intentado engañarlo. Nicasio insistió, habló
de los años que llevaba cumpliendo, de lo que había
entregado y de todo lo que estaba dispuesto a dar
para conservar su riqueza. El hombre le pidió que se levantara.
Nicasio obedeció y quedó de pie frente a él. Entonces
el hombre acercó una mano a su pecho. No vi
un golpe ni una herida, pero Nicacio dejó de hablar.
Su cuerpo se tensó y cayó al suelo. Quedó inmóvil.
Yo seguía atado. Llamé a Nicacio varias veces, pero no respondió.
El hombre volvió hacia mí y tomó otra vez mi
brazo marcado. Pasó una uña junto a las tres heridas
sin tocarme y dijo que la marca no iba a cerrar.
También dijo que empezaría a latir cuando se acercara el
día en que regresaría por mí. Después soltó mi brazo,
caminó hacia la grieta y descendió. La tierra empezó a
cerrarse detrás de él. Cuando el movimiento terminó, el suelo
quedó cubierto de tierra suelta y el olor a azufre
permaneció un rato. Intenté soltarme, pero las manos me dolían
y apenas podía mover los dedos. Tiré de una de
las cuerdas hasta que el nudo cedió un poco. Giré
la muñeca y seguí forzando la mano. La piel ya
estaba abierta, pero conseguí sacar una mano y después desaté
la otra. Me liberé las piernas, me levanté y tuve
que apoyarme en el altar para no caer. El brazo
seguía sangrando. Me acerqué a Nicacio y le toqué el cuello.
No sentí pulso. Su cuerpo no reaccionó cuando lo moví
por el hombro. Tomé la lámpara, el cuaderno y el cuchillo.
Luego busqué el sendero por donde habíamos llegado. No recordaba
bien el camino y avancé sin saber si iba en
la dirección correcta. En algunos árboles reconocí marcas que había
visto durante la ida y las seguí. Varias veces tuve
que regresar porque el sendero desaparecía entre la vegetación. Seguí
caminando hasta que empezó a amanecer y salí del monte.
Llegué a una zona habitada y pedí ayuda. Un hombre
me llevó a una clínica. Dije que me habían atacado
y no conté lo ocurrido en el altar. Me limpiaron
las heridas, atendieron las muñecas y cerraron el corte que
Nicacio había hecho con el cuchillo. Cuando revisaron las tres
líneas del antebrazo, me preguntaron con qué me habían herido.
Respondí que no lo sabía. Regresé a mi casa unos
días después. Las heridas de las muñecas cerraron y el
corte del cuchillo también, pero las tres líneas quedaron abiertas.
Fui a consulta varias veces, me limpiaban la zona, me
daban tratamiento y me pedían mantenerla cubierta. Se secaba, luego
volvía a ponerse roja y a soltar sangre. Ninguno de
los tratamientos consiguió cerrarla por completo, así que empecé a
cubrir el brazo para que nadie preguntara. Con los meses
apareció otro problema. Cerca de medianoche la marca empezó a latir.
Al principio creí que sentía el pulso de una vena,
pero la sensación estaba concentrada en las tres líneas. Durante
el día no ocurría, por la noche comenzaba y aumentaba
durante varios minutos. La primera vez recordé lo que aquel
hombre me había dicho antes de entrar en la grieta.
La herida seguía abierta y hacía exactamente lo que él
había anunciado. Guardé el cuaderno de Nicasio durante meses, y
cuando por fin lo revisé, encontré nombres, fechas, cantidades de
animales y anotaciones breves. En varias aparecía la palabra forastero
junto a un nombre. Conté siete. No sabía quiénes eran
ni qué había ocurrido con ellos. Seguí revisando hasta encontrar
mi nombre. Nicasio lo había escrito antes de llevarme al monte.
Junto a mi nombre había una sola palabra, pendiente. Cerré
el cuaderno y lo guardé otra vez. Desde entonces seguí
trabajando y pagando mis deudas. No regresé a Catemaco ni
busqué a otra persona para quitarme la marca, y tampoco
volví a preguntar por amuletos. La herida permaneció en mi
brazo y durante mucho tiempo latió solamente cerca de medianoche,
pero en los últimos días empezó a hacerlo antes y
con más fuerza. Una mañana encontré sangre seca en la manga,
y al día siguiente volvió a abrirse más de lo normal.
Dejé de ir al médico porque siempre terminaba escuchando lo mismo,
limpiar la herida, cubrirla y esperar. Esta noche me quedé
en casa, cerré las puertas, revisé las ventanas y dejé
las luces encendidas. La marca empezó a latir antes de
lo habitual. El dolor subió desde la muñeca hasta el
codo y las tres líneas volvieron a sangrar. Después apareció
un olor dentro de la casa. Fui a la cocina,
revisé el calentador y recorrí los cuartos, pero no encontré
nada que lo explicara. El olor siguió aumentando hasta que
lo reconocí. Era el mismo que había sentido aquella noche
en el monte. Era azufre. La marca sigue latiendo mientras
escribo esto. El olor no se ha ido y cada
vez entra más aire caliente por el pasillo. No sé
cuánto falta ni qué va a ocurrir cuando llegue. Solo
sé que la herida nunca cerró y que aquel hombre
dijo que volvería por mí. Ahora estoy seguro de que
ya viene.