Éramos Siete En El Rancho Pero La Cámara Captó A Ocho: El Acompañante De La Fogata - REDE
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Speaker 2: Éramos siete, y durante meses pensé que lo peor de
aquella noche fue que alguien entrara al rancho. Hoy daría
lo que fuera porque solo eso hubiera pasado. Me llamo Margo,
soy de Piedras Negras, Coahuila, y esto ocurrió hace poco
más de dos años, en un rancho de mi abuelo
rumbo a Jiménez. Conozco ese lugar desde niño. La casa
es sencilla, tiene dos cuartos, cocina, sala, un tejabán, un
gallinero y bastante terreno alrededor. Por la parte de atrás
empieza el monte y sale una brecha entre mezquites y
matorrales que termina acercándose al río. Cuando éramos niños podíamos
pasar horas ahí, jugábamos fútbol, buscábamos leña, nos metíamos por
las brechas y regresábamos cuando empezaba a oscurecer. Con los
años empecé a sentir diferente el monte. Durante el día
ves prácticamente todo lo que tienes alrededor, pero en la
noche a unos cuantos metros los árboles y los matorrales
se mezclan y el terreno parece mucho más grande. Ese
fin de semana fuimos siete primos, Jorge, Gabriel, Chuy, Beto, Emiliano,
mi hermano, César y yo. Ya todos éramos adultos, meses
antes habíamos hablado de volver a dormir afuera, como cuando
estábamos niños. El rancho tenía camas, electricidad y baño, pero
precisamente queríamos hacerlo como antes. Llegamos un sábado poco después
de las cinco de la tarde. Llevábamos dos casas de campaña, carne, tortillas, carbón, refrescos,
cerveza y botanas. Escogimos una parte plana junto a unos mezquites,
como a 20 metros de la casa. Pusimos las dos
tiendas separadas por unos 5 o 6 metros y dejamos
en medio espacio para las sillas y la lumbre. Mientras
acomodábamos todo, mi abuelo nos pidió que tuviéramos cuidado con
una cámara pequeña amarrada a uno de los árboles. Era
una cámara trampa. Desde hacía varias semanas, algún animal estaba
entrando durante la madrugada y llevándose gallinas. Primero desapareció una.
Días después, encontró otra muerta detrás del gallinero, y poco
después perdió dos más. Mi abuelo pensaba que podía ser
un coyote. Uno de sus vecinos decía que probablemente era
una zorra. Había instalado dos cámaras, una frente al gallinero
y otra apuntando hacia un tramo de la cerca, en
donde había encontrado plumas y huellas. Esa segunda cámara alcanzaba
parte del lugar donde habíamos instalado las tiendas y las sillas.
La dejamos ahí. Sacamos las sillas plegables que mi abuelo
guardaba junto al tejabán, prendimos el carbón y pusimos música.
Mi abuelo estuvo con nosotros hasta alrededor de las nueve
y media. Comió, platicó un rato y después se metió
a la casa. Nosotros seguimos afuera. Más tarde hicimos otra
tanda de carne y empezamos a recordar cosas de cuando
éramos niños. Chuy siempre había sido el más fácil de asustar.
Una vez juró que había visto a una persona junto
a una cerca y terminamos acompañándolo a revisar. Pero era
una camisa de mi abuelo atorada en un alambre. También
recordamos cuando César cayó al río, tratando de brincar entre
dos piedras, y regresó empapado fingiendo que lo había hecho
a propósito. Entre una historia y otra se nos fue
la noche. Como a las once y media sacamos platos
de cartón para volver a comer. Seguimos tomando y platicando
hasta que empezó a sentirse más el frío. Cerca de
las dos nos metimos a las casas de campaña. En
una quedamos Jorge, Beto, César y yo. En la otra
estaban Gabriel, Chuy y Emiliano. Todavía estuvimos molestándonos algunos minutos
desde dentro. Los de una tienda gritaban algo y los
de la otra contestaban. Jorge fue quien más tardó en callarse.
Estuvo hablando prácticamente hasta el final. Después hubo unos segundos
de silencio. Entonces escuché una voz. Bueno, descansen mis pollos.
Nos dio risa, pues yo pensé que había sido Jorge.
Con todo lo que habíamos hablado de las gallinas y
del animal que se las estaba llevando, sonó como una
broma más. Alguien respondió desde la otra tienda y después
nos dormimos. A la mañana siguiente salimos alrededor de las
ocho y media. Mi abuelo ya estaba despierto y había
ido al gallinero. Nosotros empezamos a recoger. Beto encontró una
silla plegable verde junto a las cenizas de la lumbre.
Las que habíamos usado eran negras y grises. Preguntó quién
la había sacado, pero nadie se acordaba. La doblamos y
la pusimos con las demás. Poco después Emiliano recogió un
plato de cartón que estaba debajo de esa silla. Tenía
restos de carne, grasa y salsa seca. Lo tiró a
la bolsa de basura. Mientras levantábamos una de las casas
de campaña, recordé la frase de la noche anterior. Le
pregunté a Jorge qué había querido decir con aquello de«
descansen mis pollos». Se quedó mirándome. Él también la había escuchado,
pero pensaba que había salido de la otra tienda. Llamamos
a Gabriel, Chuy y Emiliano. Los tres recordaban la frase
y los tres estaban convencidos de que había salido de
nuestra tienda. Jorge aseguraba haber escuchado la voz desde afuera.
Gabriel juraba haberla escuchado desde nuestro lado. Beto todavía se
reía del asunto. Sin embargo, terminamos dejando el tema. Mientras
nosotros recogíamos, mi abuelo se sentó cerca del gallinero con
una de las cámaras trampa. La cámara tenía una pantalla
pequeña en la parte trasera y podía revisar las fotografías
ahí mismo. Estaba buscando al animal. Pasó varias imágenes y
después me llamó. Cuando me acerqué, me preguntó quién era
el hombre que había estado con nosotros, después de que
él se había metido a dormir. Me incliné para ver
la pantalla. La fotografía era de alrededor de las once
y media. Se veía la lumbre, varias sillas y a
nosotros alrededor. Tardé unos segundos en verlo, pero había un
hombre sentado entre nosotros. Llamé a los demás y nos
acercamos alrededor de mi abuelo. El hombre estaba en una
silla verde. Tendría unos 40 o 50 años, delgado, moreno
y de cabello corto. Traía una camisa clara de manga larga,
pantalón de mezclilla y botas. Estaba inclinado hacia adelante con
los brazos apoyados sobre las piernas. En una mano sostenía
un plato de cartón. Mi abuelo pensaba que era algún
amigo nuestro que había llegado tarde, pero nadie respondió. Pasó
a la siguiente fotografía y el hombre aparecía cerca de Jorge.
Pasó otra, y esta vez estaba detrás de Beto mientras
Gabriel contaba algo junto a la lumbre. César se estaba riendo,
yo aparecía comiendo y Chuy estaba junto a la mesa.
El hombre estaba ahí, en medio de todo. Mi abuelo
volvió a preguntarnos quién era. Empezamos a mencionar vecinos y conocidos.
Él conocía a casi todos los que tenían terreno cerca,
y no reconoció la cara. Revisamos la primera fotografía donde aparecía.
Once treinta y cuatro. Buscamos otra tomada bastante después. A
la una y diecisiete seguía con nosotros. Había pasado más
de una hora. Beto miró la pantalla y después la
silla verde que habíamos encontrado esa mañana. Fue por ella
y era la misma. Emiliano recordó el plato. Ya estaba
dentro de la bolsa de basura. Mi abuelo siguió avanzando
y cerca de las dos aparecíamos recogiendo. Después se veía
cómo caminábamos hacia las casas de campaña. En una fotografía
quedaron las dos tiendas al fondo y las últimas brasas
de la lumbre. La siguiente era de las 2.18. El
hombre estaba parado entre las dos casas. Pasamos otra y
el hombre estaba acostado de lado, sobre la tierra frente
a la entrada de nuestra tienda. Tenía una pierna flexionada
y un brazo debajo de la cabeza. Miraba hacia la lona,
hacia donde estábamos Jorge, Beto, César y yo. Jorge dijo
la frase otra vez. Bueno, descansen mis pollos, pero nadie contestó.
Mi abuelo preguntó de qué hablábamos y le contamos lo
ocurrido antes de dormir. Jorge recordaba la voz desde la
otra tienda. Gabriel, Chuy y Emiliano la recordaban desde la nuestra.
Mi abuelo miró nuevamente la fotografía. Luego pasó a la siguiente.
El hombre seguía acostado frente a la tienda y después
aparecía solamente el terreno. Revisamos la segunda cámara, la que
apuntaba al gallinero. Ahí apareció una zorra caminando junto a
la malla durante la madrugada. Era el animal que mi
abuelo llevaba semanas buscando. Durante los días siguientes reconstruimos la
noche varias veces. Recordábamos quién había sacado el hielo, quién
había quemado unas tortillas, quién había puesto cada canción, quién
se había levantado al baño y quién estaba sentado junto
a quién. Yo recuerdo a Jorge hablando casi hasta que
nos fuimos a dormir. Recuerdo a Chuy riéndose de una historia.
Recuerdo a César buscando su teléfono debajo de una silla.
Y recuerdo a Beto sentado cerca de la lumbre. Cuando
intento recordar al hombre de las fotografías, mi cabeza vuelve
a colocar a los siete de siempre alrededor del fuego.
Lo mismo les pasa a los demás. La silla verde
estuvo ahí, el plato estuvo ahí y las fotografías están
ahí y todos escuchamos aquella frase, mi abuelo guardó las imágenes,
yo he vuelto al rancho muchas veces desde entonces, he
ido a comidas, cumpleaños y reuniones familiares, pero adquirí una costumbre,
Cada vez que alguien toma una fotografía de un grupo,
la reviso. Cuento a las personas. Primero cuento a quienes recuerdo.
Después cuento a quienes aparecen, uno por uno. Porque ya
casi no pienso en cómo pudo entrar aquel hombre al rancho.
Pienso en el tiempo que estuvo ahí, sentado con nosotros, comiendo,
moviéndose entre las sillas. Después caminó hasta las casas de
campaña y se acostó frente a la nuestra. y ninguno
de los siete puede meterlo dentro de sus recuerdos, yo
puedo cerrar los ojos y volver a aquella noche, veo
la lumbre, las dos tiendas, los mezquites, puedo ubicar a
cada uno de mis primos, y siempre somos siete, pero
las fotografías dicen otra cosa.