Nunca Debí Acercarme A La Cerca - Historias De Terror - REDE
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Speaker 2: Me llamo Felipe y durante varios años trabajé como auxiliar
nocturno en la morgue de un hospital regional. Mi trabajo
consistía en recibir los cuerpos que llegaban durante la madrugada,
revisar la documentación, colocarlos en las gavetas y dejar preparado
lo necesario para el personal forense de la mañana. Casi
siempre hacía el turno solo. Por eso conocía bien los
ruidos del lugar y sabía distinguir el funcionamiento normal de
los equipos de cualquier sonido fuera de lo habitual. Aquella
noche había empezado sin problemas. Llevaba un rato revisando documentos
cuando me avisaron que trasladarían a un hombre encontrado junto
a una carretera. No llevaba identificación y, según el informe inicial,
tenía lesiones graves compatibles con un atropellamiento, y la policía
todavía no sabía quién era. La ambulancia llegó después de
medianoche con dos paramédicos y un agente. Me explicaron que
un conductor había encontrado al hombre junto a la carretera
y había llamado a emergencias. Los paramédicos habían confirmado la
ausencia de signos vitales antes del traslado. así que el
ingreso se hizo de la forma habitual. El agente me
entregó la documentación provisional y entre todos pasamos la bolsa
a una camilla. Uno de los paramédicos comentó que el
cuerpo tenía una lesión fuerte en la cabeza y otra
en una pierna, nada más. Firmaron la entrega, salieron y
me quedé solo otra vez. Abrí la bolsa lo suficiente
para comprobar que el cuerpo coincidía con la descripción del informe.
Era un hombre de unos 30 o 40 años. Tenía
el cabello oscuro y varias heridas visibles. Revisé lo necesario
para completar el ingreso, coloqué la identificación provisional y preparé
una gaveta. Mientras empujaba la camilla, escuché un golpe dentro
de la cámara refrigerada. Me detuve, presté atención y esperé
unos segundos, pero el ruido no volvió a repetirse. No
le di importancia porque algunas veces una bandeja se movía
un poco o el sistema de refrigeración producía algún sonido metálico.
Guardé el cuerpo, cerré la gaveta, comprobé el seguro y
regresé a la oficina. Durante un buen rato seguí con
mi trabajo. Terminé unos registros, ordené documentos pendientes y preparé
lo que tendría que entregar por la mañana. Todo siguió
normal hasta que escuché dos golpes metálicos seguidos. Esta vez
fueron claros y venían de la cámara. Salí de la oficina,
revisé la puerta y entré. Las gavetas estaban en su sitio.
Las empujé una por una para asegurarme de que ninguna
hubiera quedado mal cerrada, y después de comprobarlas, regresé al escritorio.
No pasó mucho tiempo antes de que escuchara el sonido
de una bandeja deslizándose. Lo reconocí de inmediato. Volví a
la cámara y encontré una gaveta abierta varios centímetros. La cerré,
revisé el seguro y confirmé que funcionaba bien. Me quedé
ahí unos segundos con la mano todavía sobre el tirador,
intentando entender qué había ocurrido, cuando otra gaveta empezó a
salir frente a mí. Se movió despacio hasta quedar abierta
a la mitad. Retrocedí y la miré sin tocarla. Antes
de que pudiera hacer nada, una tercera gaveta comenzó a
abrirse y después se movió otra. En ese momento saqué
el radio y llamé a seguridad. Expliqué que varias gavetas
se estaban abriendo solas y pedí que alguien bajara a
revisar conmigo. El guardia preguntó si podía tratarse de una
falla eléctrica o mecánica. Le respondí que no lo sabía,
porque los seguros estaban funcionando. Mientras hablábamos, escuché otro movimiento
a mi espalda. Giré y vi que la gaveta donde
había colocado al hombre de la carretera empezaba a salir.
Se deslizó lentamente hasta quedar completamente abierta. La bolsa seguía cerrada.
Me quedé observándola con el radio en la mano y
durante unos segundos no ocurrió nada. Luego, la parte superior
se levantó a la altura del pecho y volvió a bajar.
Pensé que el movimiento podía venir de la bandeja, pero
la bolsa volvió a levantarse y esta vez la tela
se tensó desde dentro. El guardia seguía preguntándome qué estaba pasando,
aunque tardé en responder porque no apartaba la vista del cuerpo.
Entonces el cierre de la bolsa comenzó a bajar. Primero
unos centímetros, luego un poco más hasta dejar parte del
rostro descubierto. Los ojos del hombre estaban abiertos. Recuerdo que
mi primera reacción fue pensar que los paramédicos se habían
equivocado y que todavía estaba vivo. No tenía otra explicación
en ese momento. Me acerqué un poco y le pregunté
si podía escucharme. El hombre no respondió. Levantó la cabeza,
después los hombros y comenzó a incorporarse dentro de la bolsa.
Se movió con dificultad, pero siguió hasta quedar sentado sobre
la bandeja. Retrocedí hacia la salida de la cámara y
le dije que se quedara quieto. que iba a pedir
ayuda médica y que no intentara levantarse. Mantuvo la cabeza
inclinada durante unos segundos y luego me miró. Tenía las
mismas heridas que había visto cuando llegó. La sangre seguía
seca en el rostro y una de sus piernas continuaba torcida.
Volví a usar el radio y pedí que enviaran también
a alguien de urgencias. Dije que el hombre que había
ingresado como fallecido estaba sentado y se estaba moviendo. El
guardia me preguntó si estaba consciente, pero antes de que
pudiera contestar, el hombre abrió la boca y gritó. El
grito fue fuerte. Duró varios segundos y me hizo retroceder
hasta quedar cerca de la puerta. Cuando terminó, empezó a
hablar con rapidez en un idioma que no reconocí. Decía
frases cortas, hacía pausas y repetía algunas palabras mientras me miraba.
Le dije que no entendía lo que estaba diciendo. Continuó
unos segundos más, después se quedó callado sin apartar los
ojos de mí y empezó a reír. La risa fue
aumentando de volumen mientras seguía sentado sobre la bandeja. No
mostraba dolor ni intentaba proteger la pierna lesionada. Yo seguía
con el radio en la mano, esperando escuchar los pasos
de seguridad en el pasillo, pero en ese momento solo
podía oír su voz y esa risa. Luego apoyó una
mano en el borde de la gaveta, movió primero una
pierna y después la otra, inclinó el cuerpo hacia adelante
y comenzó a ponerse de pie. La pierna lesionada cedió
apenas tocó el suelo, pero logró sostenerse con una mano
y siguió levantándose. Yo retrocedí otro paso, sin quitarle la
vista de encima. Cuando consiguió quedar de pie, levantó la
cabeza hacia mí y volvió a decir unas palabras en
aquel idioma. Fue entonces cuando una de las gavetas detrás
de él empezó a abrirse otra vez. El hombre terminó
de ponerse de pie mientras la gaveta detrás de él
seguía abriéndose. La pierna lesionada cedió al apoyar el peso,
pero se sostuvo del borde metálico y levantó la cabeza
hacia mí. Yo seguía junto a la salida de la
cámara con el radio en la mano y le ordené
que no avanzara. Respondió en el mismo idioma. esta vez
más despacio, luego giró hacia las gavetas y dijo otra frase,
una segunda bandeja comenzó a salir, y después una tercera,
él no las tocaba y yo tampoco estaba cerca, así
que retrocedí, salí de la cámara, cerré la puerta y
empujé una mesa contra ella, escuché un golpe del otro lado,
luego otro, y la puerta movió la mesa varios centímetros,
El guardia me habló por radio y dijo que ya
venía acompañado por un enfermero. Le pedí que entrara con cuidado,
porque el hombre estaba de pie y seguía moviéndose a
pesar de las lesiones. Javier llegó acompañado por Marcos, un
enfermero de urgencias. Me preguntó en dónde estaba el hombre
y señalé la cámara. Les dije que no se acercaran todavía,
que había salido de la gaveta, estaba consciente y hablaba
en un idioma que yo no reconocía. Marcos dijo que
podía tratarse de un error en la declaración de muerte
y preparó el equipo que había traído, pero no alcanzó
a usarlo. La puerta volvió a moverse, la mesa raspó
el suelo y avanzó hacia nosotros. Javier intentó sujetarla un momento,
pero el empuje continuó y tuvimos que retroceder. La puerta
se abrió y el hombre salió de la cámara. Caminaba
con dificultad, arrastraba la pierna lesionada y una parte de
la bolsa seguía enganchada en uno de sus tobillos marcos
levantó una mano y le pidió que se detuviera el
hombre lo miró dijo una frase corta y siguió avanzando
javier le ordenó que permaneciera donde estaba el desconocido se
detuvo giro hacia él y volvió a hablar a nuestra
espalda se escuchó el movimiento de varias bandejas Miré hacia
la cámara y vi otras gavetas abriéndose. Ninguno de nosotros
estaba cerca. Marcos me preguntó si ya había ocurrido antes
y le respondí que sí. El hombre empezó a reír,
giró hacia la cámara y pronunció unas palabras en voz baja.
Entonces comenzaron los golpes. El primero salió de una de
las gavetas abiertas. Después escuchamos otro desde más al fondo
y enseguida varios seguidos, separados por intervalos cortos. Javier me
preguntó si podía haber alguien vivo dentro. Le dije que
todos los cuerpos almacenados habían ingresado sin signos vitales y
habían sido revisados antes de quedar bajo nuestra responsabilidad. Mientras hablábamos,
una de las bandejas avanzó lentamente hasta quedar casi a
la mitad. El hombre la observó y dijo algo más.
Javier pidió apoyo por radio. Marco salió al pasillo y
regresó acompañado por la doctora Valeria y más personal del hospital.
Valeria quiso saber qué estaba pasando. Le dije que necesitaba
revisar al hombre, pero que tuviera cuidado porque seguía caminando
y hablando. Ella se acercó lo necesario. Le habló en
español y después en inglés. El desconocido respondió en su
idioma y mantuvo la vista sobre ella. La doctora observó
sus heridas y pidió que seguridad lo inmovilizara antes de examinarlo.
Javier avanzó con otro guardia y yo me quedé a
un lado listo para ayudar. El hombre permaneció quieto hasta
que estuvieron cerca. Entonces gritó y se lanzó contra Javier.
El golpe lo alcanzó en la cara. El segundo guardia
intentó sujetarlo por un brazo. Javier agarró el otro y
los tres terminaron en el suelo. Me acerqué, sujeté una
de sus piernas y otro empleado ayudó a mantenerle el
torso inmóvil. El hombre seguía hablando mientras forcejeaba. A pesar
de la pierna lesionada y de las heridas que llevaba
desde que ingresó, entre varios apenas conseguíamos mantenerlo contra el suelo.
Valeria se arrodilló junto a él. Buscó pulso en el cuello,
después en la muñeca y volvió a revisar el cuello.
Levantó la vista y pidió el monitor. Mientras colocaban los sensores,
el hombre continuaba moviendo los brazos y diciendo palabras entre dientes.
La pantalla no mostró actividad cardíaca. Valeria revisó los cables,
cambió la posición de uno de los sensores y repitió
la comprobación, pero el resultado fue el mismo. Después revisó
la respiración. Le pregunté qué estaba encontrando. Y respondió que
no tenía pulso ni respiración. Nadie lo soltó. El hombre
seguía consciente. Giró la cabeza hacia Valeria y la miró directamente.
La doctora se quedó inmóvil y el desconocido pronunció una
frase despacio, separando las palabras. Después sonrió y volvió a reír.
Todos lo escuchamos mientras el monitor seguía sin registrar actividad.
Recuerdo que miré la pantalla, luego su cara, y volví
a mirar la pantalla porque las dos cosas estaban ocurriendo
al mismo tiempo. La risa continuó unos segundos y se
cortó de golpe. Su cuerpo empezó a sacudirse bajo nuestras manos,
los brazos golpearon el suelo y la pierna lesionada se
movió con fuerza. Tuvimos que cambiar la forma de sujetarlo
para impedir que golpeara a alguien. Valeria nos ordenó que
no lo soltáramos y seguimos manteniéndolo contra el piso, hasta
que los movimientos comenzaron a disminuir. Primero dejó de mover
las piernas, después los brazos. La cabeza cayó hacia un
lado y el cuerpo quedó inmóvil. Esperamos sin aflojar la presión.
Valeria volvió a buscar pulso, revisó la respiración y miró
otra vez el monitor, pero seguía sin registrar actividad. Esta
vez el hombre no volvió a hablar ni abrió los ojos.
Nos quedamos alrededor de él, todavía sujetándolo, hasta que Valeria
indicó que podíamos soltarlo con cuidado. Nadie se apartó demasiado.
Javier se limpió la sangre de la nariz. Marcos miró
hacia la cámara y yo hice lo mismo. Las gavetas
seguían abiertas, pero los golpes habían terminado. Nos quedamos alrededor
del cuerpo durante varios minutos, todavía atentos a cualquier movimiento.
hasta que Valeria indicó que podíamos levantarlo y colocarlo sobre
una camilla. Nadie propuso devolverlo a una gaveta. Lo dejamos
en la sala principal bajo vigilancia mientras Javier se limpiaba
la sangre de la nariz y Marcos permanecía cerca de
la puerta. Dentro de la cámara las gavetas seguían abiertas,
pero los golpes habían terminado. Yo entré solo lo necesario
para comprobar que ningún cuerpo se hubiera caído de las bandejas.
Todos seguían en su sitio. Cerré la puerta de la
cámara y esperé con los demás hasta que llegó la policía.
Los agentes nos separaron para tomar las declaraciones. Uno de
ellos era el mismo que había acompañado al desconocido cuando
lo llevaron a la morgue. Me reconoció y preguntó si
estaba seguro de que se trataba del mismo hombre. Le
dije que sí, no había ninguna duda. También habló con
los paramédicos por teléfono y confirmó que habían revisado al
hombre antes del traslado. No tenía signos vitales y durante
el trayecto no había presentado ningún movimiento. Después recorrieron la morgue,
revisaron la puerta de la cámara, las gavetas y los seguros,
abrieron y cerraron varias bandejas, comprobaron que los mecanismos funcionaban
y no encontraron una falla que explicara lo ocurrido. También
revisaron uno por uno los cuerpos que estaban almacenados. Ninguno
se había movido de su bandeja. Las bolsas permanecían cerradas
y no encontraron nada que pudiera explicar los golpes que
habíamos escuchado. Yo observaba desde la entrada mientras trabajaban sin
acercarme más de lo necesario. A esa altura ya había
varias personas dentro de la morgue, pero el lugar seguía
en silencio. El desconocido permanecía sobre la camilla cubierto hasta
el pecho. mientras uno de los guardias se mantenía a
su lado. El médico forense llegó después y comenzó por examinarlo.
Revisó las lesiones, habló con Valeria y pidió que le
explicara exactamente qué había comprobado mientras el hombre estaba en
el suelo. Ella le dijo que había buscado pulso más
de una vez, había comprobado la respiración y había conectado
el monitor, sin obtener actividad cardíaca. El médico le preguntó
si el hombre seguía moviéndose durante esa revisión Valeria respondió
que sí, que estaba consciente, forcejeaba, hablaba y, después, había
empezado a reír. El médico volvió a observar el cuerpo,
hizo algunas comprobaciones por su cuenta y ordenó que nadie
lo manipulara hasta que terminaran de revisar el lugar. La
policía pidió las grabaciones de seguridad. La cámara del pasillo
había funcionado durante toda la madrugada y mostraba a Javier
entrando con Marcos. a Marcos saliendo para pedir ayuda y
al resto del personal llegando después. La cámara que apuntaba
al interior de la morgue había dejado de grabar antes
de que Javier entrara. El video regresaba cuando todo ya
había terminado. Un técnico revisó el equipo y confirmó que
la cámara había perdido alimentación durante ese periodo. Comprobó los cables,
la conexión y el sistema que la alimentaba, pero no
encontró una causa concreta. Lo anotaron en el informe y
siguieron con el procedimiento. El cuerpo fue trasladado ese mismo
día a una instalación forense más grande. Yo no participé
en el traslado y esa fue la última vez que
lo vi. Durante las semanas siguientes pregunté varias veces si
habían conseguido identificarlo. Siempre me respondieron que seguía registrado como
desconocido y que el caso continuaba bajo investigación. También pregunté
por los resultados de la autopsia. pero nunca me dieron
acceso a esa información. Javier estuvo algunos días fuera del
hospital por la lesión de la cara. Cuando regresó, hablamos
poco de aquella noche. Me confirmó que recordaba los golpes
dentro de las gavetas y que había visto al hombre
moverse cuando las bandejas se abrían detrás de él. Marcos
pidió que lo cambiaran de área y dejó de entrar
a la morgue durante la madrugada. Valeria continuó en urgencias
y hablé con ella una sola vez sobre el caso,
Le pregunté si había encontrado alguna explicación médica después de
revisar lo ocurrido. Me respondió que no. Luego repitió que
durante el examen no había detectado pulso ni respiración y
que el monitor tampoco había mostrado actividad cardíaca. Le pregunté
cómo podía entonces hablar y moverse. Dijo que no podía
explicarlo y terminó la conversación. Después del incidente, la dirección
cambió el procedimiento del turno nocturno. y dejó establecido que
debía haber dos trabajadores disponibles en la morgue durante la madrugada.
La explicación oficial fue que se trataba de una medida
de seguridad. Nunca mencionaron al desconocido ni detallaron qué había ocurrido.
Yo continué trabajando ahí unos meses más. No volvió a
suceder nada parecido, aunque dejé de entrar solo a la
cámara cuando no era necesario. Durante ese tiempo intenté averiguar
qué idioma había usado el hombre. Recordaba algunos sonidos y
escribí varias palabras de la forma en que las había escuchado.
Luego se las mostré a personas que conocían otros idiomas,
pero nadie reconoció nada. También hablé con Javier y Marcos
por separado. Los dos recordaban ciertas palabras repetidas y algunos
sonidos coincidían con los que yo había anotado. Ninguno sabía
qué significaban. Antes de dejar el hospital pedí una copia
de mi declaración. Ahí quedaron registrados el ingreso del cuerpo,
los nombres de las personas que estuvieron presentes, la intervención
de seguridad. y la revisión médica. El informe interno del
hospital fue mucho más breve y describió el hecho como
una alteración durante el manejo de un cadáver no identificado.
Meses después volví a preguntar por el hombre. Me informaron
que el hospital ya no tenía acceso al expediente. porque
el cuerpo había sido trasladado y el caso dependía de
otra autoridad. Hice una solicitud para saber si finalmente habían
logrado identificarlo, pero nunca recibí una respuesta. Hasta hoy no
conozco su nombre, tampoco sé qué determinó la autopsia ni
qué ocurrió con aquel expediente. Lo que sí recuerdo con
claridad es que, esa madrugada, varias personas vimos al mismo
hombre caminar, hablar y forcejear después de haber ingresado sin
signos vitales, y una doctora confirmó su estado mientras todavía
se movía. Después de eso, seguí trabajando un tiempo en
la morgue, pero jamás volví a aceptar un turno completamente solo.
Me llamo Armando Herrera y durante varios meses trabajé como
velador en una obra a las afueras de un pueblo
de Veracruz. El terreno era grande y estaban preparando la
zona para construir unas bodegas. Durante el día entraban trabajadores,
operadores y camiones, pero al caer la noche todos se
iban y yo me quedaba solo. Mi trabajo consistía en
revisar la cerca, cuidar el material y avisar si alguien
intentaba entrar. En una parte alta del terreno había una
torre de vigilancia desde donde podía ver la entrada principal,
el camino hacia el pueblo y buena parte del perímetro.
Yo subía algunas veces durante el turno, porque desde ahí
podía revisar mejor la zona. Las primeras semanas fueron tranquilas.
Entraban perros, se escuchaban animales de los terrenos vecinos y
algunas personas pasaban por el camino, pero nunca tuve un
problema serio. La primera vez que vi al chivo estaba
dentro de la caseta, cuando escuché varios golpes contra la
lámina de la entrada. Salí con la lámpara, porque pensé
que alguien estaba empujando el portón. Al acercarme, vi un
chivo negro del otro lado de la cerca. Era más
grande que los animales que yo conocía de los ranchos cercanos.
Tenía los cuernos largos y un cuerpo pesado. El animal
bajó la cabeza y golpeó otra vez la lámina. Luego
levantó el hocico y soltó un sonido ronco, dividido en
varias exhalaciones. Sonaba a una risa humana. Me quedé observándolo
unos segundos. Después le grité para espantarlo y golpeé el
portón con una varilla. El chivo retrocedió, pero no se fue.
Volvió a embestir y dejó otra marca en la lámina.
Después caminó hacia un costado del terreno hasta que dejé
de verlo. Esa misma noche le avisé al encargado. Le
expliqué que un chivo grande estaba dañando la entrada. Y
él me dijo que al día siguiente preguntarían entre la
gente de la zona, por si alguien había perdido un animal.
Cuando amaneció, revisamos la cerca y encontramos la lámina hundida,
además de uno de los amarres flojos. Los trabajadores hablaron
del asunto durante un rato, aunque nadie sabía de quién
podía ser el chivo. Algunos tenían familiares con animales, pero
ninguno recordaba haber visto uno de ese tamaño. Uno de
los hombres me recomendó no acercarme si regresaba, porque podía
lastimarme con facilidad. Yo estuve de acuerdo y seguí trabajando.
En ese momento no pensé en otra cosa. Para mí
era un animal suelto que había encontrado el camino hasta
la obra. El problema fue que regresó. No lo hizo
todas las noches, pero empezó a aparecer con frecuencia cuando
el terreno quedaba vacío. Llegaba hasta la entrada. Golpeaba la
lámina y soltaba el mismo ruido. Algunas veces permanecía ahí
varios minutos antes de irse. Nadie fue a buscarlo. Ningún
vecino preguntó por un animal perdido, y durante el día
jamás lo vi cerca de la obra. Una noche lo
descubrí caminando por el exterior de la cerca. Lo seguí
con la luz desde lejos y vi que avanzaba hasta
uno de los extremos del terreno, donde todavía quedaba una
abertura entre dos secciones de malla. El chivo metió la cabeza,
empujó y pasó al interior. Yo estaba lejos de esa
zona y preferí regresar a la caseta. Cerré la puerta
y esperé. Poco después escuché las pezuñas sobre la grava.
El animal cruzó cerca del material almacenado y llegó hasta
la base de la torre de vigilancia. Me asomé con
cuidado y lo vi detenido ahí, con la cabeza levantada
hacia la plataforma. Permaneció varios segundos sin moverse. Después se
apartó y caminó hacia el fondo de la obra. En
esa parte había otro portón, cerrado con cadena, que comunicaba
con un camino viejo. Ese camino llevaba hacia las primeras
casas del pueblo, y solo el encargado y yo teníamos
llave para abrirlo durante el turno. El chivo llegó hasta
ese portón y se quedó frente a él. Lo vi
empujar una vez con la cabeza, aunque la cadena resistió.
Dio algunos pasos hacia atrás, volvió a acercarse y permaneció
mirando la puerta. No intentó romperla de nuevo. Al poco
rato regresó hacia la abertura de la malla y salió
del terreno. A la mañana siguiente pedí que cerraran ese espacio.
Los trabajadores colocaron más malla y la sujetaron con alambre.
También expliqué que el animal había llegado hasta el portón trasero.
Pero al encargado solo le preocupaba que pudiera dañar material
o meterse entre la maquinaria. Después de eso, pensé que
el problema quedaría resuelto. Sin embargo, el chivo volvió a presentarse.
Ya no podía entrar con facilidad y comenzó a golpearla
cerca hasta hacerla vibrar. Yo evitaba acercarme. Me quedaba dentro
de la caseta y lo vigilaba desde ahí hasta que
se retiraba. Con el paso de las noches empezó a
cambiar su comportamiento. Antes golpeaba la lámina y se marchaba.
Después comenzó a quedarse frente a la obra durante más tiempo.
Caminaba de un lado a otro, se detenía frente a
la entrada y levantaba la cabeza hacia la torre. Yo
no pensaba en brujas ni en historias del pueblo. Lo
único que me preocupaba era que terminara rompiendo la malla
y entrara mientras yo estaba haciendo una ronda. Por eso,
una noche decidí subir a la torre y vigilar desde arriba.
Llevé el teléfono, una lámpara y una barra de metal.
Desde ahí podía ver el tramo donde el animal había
entrado antes y también el portón del fondo. Durante un
buen rato no pasó nada. Luego escuché un golpe fuerte
contra la malla del lado norte. Me incliné hacia la
baranda y vi al chivo. Había regresado. El animal empujó
la malla con la cabeza, retrocedió y volvió a embestir.
Uno de los amarres se dio. Dio otro golpe y
consiguió abrir un espacio suficiente para pasar. Saqué el teléfono
y llamé a un operador que vivía cerca de la obra.
Le dije que el mismo chivo de las noches anteriores
había entrado otra vez. Al principio se burló y respondió
que no pensaba salir de su casa por un animal,
pero dejó de hacerlo cuando le expliqué que ya estaba
adentro y que había roto la malla recién colocada. Me
preguntó dónde estaba. Le dije que avanzaba hacia el fondo
del terreno. Mientras hablábamos, el chivo pasó cerca de la
caseta y siguió hasta el portón trasero. Se detuvo frente
a la cadena, pero esta vez no intentó golpearla. Permaneció
ahí unos momentos, completamente quieto. Después levantó la cabeza, giró
el cuerpo hacia la torre y comenzó a caminar directamente
hacia mí. Yo seguía con el teléfono en la mano
mirando hacia abajo mientras el operador me preguntaba qué estaba
haciendo el animal. Le dije que estaba justo debajo de
mí y que no se movía. Él dejó de bromear
y me pidió que no bajara. Le pregunté si sabía
algo de ese chivo o si alguien del pueblo había
hablado de él, pero me respondió que después me explicaba
y que por el momento me quedara arriba. La llamada
se cortó antes de que pudiera preguntarle algo más. Guardé
el teléfono y seguí observando. El chivo permaneció quieto unos segundos,
luego apoyó las patas delanteras contra la estructura y levantó
el cuerpo hasta quedar sobre las traseras. Pensé que iba
a golpear la torre, pero se sostuvo erguido y empezó
a cambiar delante de mí. Las patas delanteras se alargaron
hasta tomar forma de brazos, el cuerpo se estrechó, el
hocico desapareció y los cuernos dejaron de verse. El pelo
del cuello se convirtió en cabello gris que cayó alrededor
de la cara. Todo ocurrió frente a mí y cuando
terminó ya no había un chivo junto a la torre,
había una mujer anciana. Era delgada, llevaba ropa oscura y
tenía el cabello largo, desordenado. Lo que más recuerdo fueron
sus ojos, completamente blancos. Levantó el rostro y me miró directamente.
Intenté llamar otra vez al operador, pero el teléfono había
perdido la señal. La mujer caminó hasta la esquina. puso
una mano sobre la estructura y me dijo que bajara
a abrir el portón del fondo. Hablaba despacio y con claridad.
Me dijo que necesitaba cruzar por el camino viejo para
entrar al pueblo, que buscaba sangre pura y que conmigo
no tenía ningún asunto, siempre que le abriera el paso.
yo llevaba la llave de ese portón, el chivo había
conseguido entrar por la malla dañada pero para salir por
el camino que llevaba a las primeras casas tenía que
cruzar aquella puerta cerrada con cadena, me quedé junto a
la baranda y no contesté al principio, ella volvió a
pedirme que bajara pero esta vez añadió que no pensaba
quedarse allí toda la noche, le respondí que no iba
a abrirle, La mujer sostuvo la mirada y soltó el
mismo sonido que había escuchado las noches anteriores, solo que
ahora pude reconocerlo sin ninguna duda. Era una risa humana,
corta y áspera. Después se apartó de la torre y
fue entonces cuando vi que sus pies no tocaban el suelo.
Quedaban unos centímetros por encima de la grava. Mientras avanzaba
alrededor de la estructura, dio una vuelta y volvió a
detenerse frente a la escalera. Yo permanecí arriba, porque bajar
significaba acercarme a ella. Saqué otra vez el teléfono y
esperé hasta que apareció la señal. Marqué al operador y
esta vez contestó. Le dije que había una mujer dentro
del terreno que estaba junto a la torre y que
me exigía abrir el portón trasero. Me preguntó cómo era.
Le dije que era anciana, que vestía de oscuro y
que tenía los ojos blancos. Guardó silencio durante unos segundos
y después me ordenó que no abriera. También me dijo
que iba hacia la obra con su hermano. La mujer
escuchó toda la conversación, se acercó a la torre y
me dijo que estaba tomando una mala decisión. Después pronunció
mi nombre completo, con mis apellidos, y enseguida dijo el
nombre de mi esposa. Ahí sentí miedo de verdad, pues
yo no había mencionado a mi esposa durante las llamadas.
ni había nada en la torre que pudiera darle esa información.
Me alejé de la baranda y guardé el teléfono. La
mujer repitió que yo no era la persona que buscaba,
pero añadió que eso podía cambiar si seguía impidiéndole el paso.
No respondí. Tomé la barra de metal con las dos
manos y esperé. Ella levantó el cuerpo del suelo y
comenzó a subir junto a la estructura. No usó la
escalera ni se sostuvo de los tubos. Se elevó despacio
hasta quedar a la altura de la plataforma. Yo retrocedí
y le advertí que no se acercara. Ella siguió subiendo
y volvió a ordenarme que bajara a abrir el portón.
Cuando estuvo lo bastante cerca, lancé la barra. No vi
dónde le pegó, solo escuché el golpe y la vi
descender de inmediato. La barra cayó junto a la base
de la torre. y la mujer no gritó, se quedó abajo,
levantó la cabeza y me miró durante unos segundos, después
caminó hacia la caseta, la rodeó y siguió hasta el
portón del fondo, desde arriba pude verla tomar la cadena
con ambas manos, tiró varias veces y consiguió mover el portón,
pero el candado resistió, soltó la cadena, giró hacia mí
y dijo que todavía estaba a tiempo de abrir, Luego
agregó que alguien del pueblo tenía sangre limpia y que
iba a encontrarla antes de que terminara la noche. No
dijo quién era esa persona y yo seguí arriba sin contestarle.
Poco después vi luces acercándose por el camino principal. Era
la camioneta del operador y venía acompañado por su hermano.
Se detuvieron frente a la entrada y alumbraron hacia el interior.
Yo les grité desde la torre. que la mujer estaba
junto al portón trasero el hermano bajó con un machete
y avanzó algunos pasos mientras el operador se quedó cerca
de la camioneta la anciana caminó hacia la parte iluminada
y los dos pudieron verla el hermano se detuvo en
cuanto la tuvo de frente ella giró hacia ellos y
volvió a reír entonces bajó las manos hacia el suelo
y su cuerpo empezó a cambiar otra vez Desde la
torre vi cómo los brazos se acortaban, la espalda se
ensanchaba y el cabello desaparecía, mientras el pelo negro cubría
el cuerpo. La cabeza volvió a alargarse y los cuernos aparecieron.
El cambio terminó en pocos segundos. La mujer había desaparecido
y el mismo chivo estaba parado delante de ellos. El
operador y su hermano no se movieron. El animal giró,
corrió hacia la parte dañada de la malla y salió
por donde había entrado. El hermano quiso ir detrás de
él con la camioneta, pero el operador se negó y
me gritó que bajara primero. Esperé hasta verlos dentro del terreno. Luego,
descendí de la torre y me reuní con ellos. Ninguno
habló durante los primeros momentos. Solo caminamos hasta el portón
trasero para revisar la cadena. Seguía puesta. El candado estaba
cerrado y la puerta no había sido abierta. Nos quedamos
junto al portón durante unos momentos, todavía mirando la cadena.
Después regresamos hacia la parte central del terreno y decidimos
permanecer juntos hasta que llegaran los primeros trabajadores. Ninguno quiso
volver solo a la caseta ni recorrerla cerca. El operador
me preguntó qué había visto antes de que ellos llegaran
y le conté desde el momento en que el chivo
se levantó sobre las patas traseras hasta que apareció la mujer.
Su hermano escuchó sin interrumpir y cuando terminé dijo que
ellos habían visto suficiente al final porque habían tenido a
la anciana de frente y después vieron al chivo en
el mismo lugar. No seguimos hablando del asunto. Revisamos la
malla rota, la base de la torre y el portón trasero.
Había marcas recientes en varios puntos y la cadena había
quedado muy tensa, aunque el candado seguía cerrado. Buscamos huellas
fuera del terreno, pero el camino tenía demasiadas marcas de
llantas y pisadas para distinguir algo útil. Volvimos a la
entrada y esperamos ahí. Cuando amaneció, empezaron a llegar los trabajadores.
El encargado nos encontró juntos y preguntó qué había ocurrido
durante la noche. Le pedí que primero me escuchara a
mí y después hablara con los otros dos por separado.
Le conté lo que había visto sin cambiar nada, desde
la entrada del chivo hasta el momento en que la
mujer intentó obligarme a abrir el portón. No me interrumpió,
aunque varias veces bajó la mirada hacia el suelo. Después
se llevó al operador a un lado y habló con él.
Luego hizo lo mismo con su hermano. Los dos le
dijeron que habían visto a una mujer dentro del terreno
y que delante de ellos su cuerpo había cambiado hasta
convertirse en un chivo. El encargado revisó los daños, tomó
fotografías y mandó reparar la malla. En el reporte escribió
que un animal había entrado y causado daños durante la noche.
También dejó anotado que había tres testigos de un incidente
dentro del terreno. pero se negó a escribir que una
mujer se había transformado. Dijo que la empresa nunca iba
a aceptar un reporte redactado de esa manera. Mientras reparaban
el perímetro, uno de los trabajadores recibió una llamada y
se apartó para contestar. Al terminar, buscó al operador y
hablaron durante unos minutos. Yo estaba cerca y alcancé a
notar que los dos habían cambiado de expresión. Cuando regresaron,
el operador me dijo que una niña pequeña de una
familia del pueblo había sido llevada al centro de salud.
Había amanecido muy débil y su madre encontró sangre en
la ropa que llevaba puesta. También tenía dos heridas pequeñas
en el cuello. Le pregunté dónde vivía la familia y
señaló la zona a la que llevaba el camino viejo,
detrás del portón que la mujer había querido que yo abriera.
No dije nada más. Yo no había estado en esa
casa y no sabía qué había ocurrido ahí. Lo único
que conocía era lo que había pasado dentro de la
obra y lo que acababan de contarme. El operador conocía
a uno de los familiares y fue más tarde a
preguntar por la niña. Cuando regresó, me dijo que seguía
viva y que la habían trasladado a un hospital para
hacerle estudios. La madre había encontrado las heridas al despertarla,
pero nadie sabía cómo se las había hecho. Antes de
terminar mi turno hablé con el encargado y le dije
que no volvería a quedarme solo por la noche. Él
respondió que podían reforzar la cerca, colocar más iluminación y
revisar la torre, pero le expliqué que eso no cambiaba
lo que había ocurrido. La zona estaba iluminada cuando vi
al chivo transformarse y el operador con su hermano habían
visto a la mujer convertirse otra vez en el animal.
El operador tampoco aceptó quedarse solo. Su hermano no trabajaba
ahí y dijo que no pensaba regresar de noche. Durante
los días siguientes, la empresa puso a dos hombres por turno.
Ahí empezaron los comentarios entre los trabajadores. Algunos conocían historias
de una bruja que recorría esa parte del pueblo y
tomaba forma de animal. Otros se burlaban y aseguraban que
todo tenía alguna explicación. Yo no entré en esas discusiones.
Había contado exactamente lo que vi y no tenía interés
en convencer a nadie. Tampoco quería seguir repitiendo la historia
cada vez que alguien llegaba a preguntarme. Regresé a la
obra unos días después para recoger mis cosas y cobrar
lo que me debían. Fui de día. La malla ya
estaba reparada y el portón trasero tenía una cadena nueva.
También habían dejado de usar la torre porque encontraron una
unión floja en la estructura. El encargado dijo que el
daño podía deberse al uso y al movimiento normal de
la torre. No discutí con él. Busqué al operador y
le pregunté por la niña. Me dijo que ya había
regresado a su casa, aunque seguía bajo revisión médica. Nunca
supe qué diagnóstico recibió ni llegué a conocer a su familia.
Antes de irme caminé hasta el portón trasero. La puerta
cerraba bien y la cadena nueva estaba en su sitio.
En la parte baja del metal había varias marcas, unas
viejas y otras recientes. No había forma de saber cuáles
habían quedado esa noche, así que no saqué ninguna conclusión.
Recogí mis cosas, firmé el pago y me fui. Pasó
un tiempo antes de que volviera a encontrar al operador.
Lo vi en el pueblo y hablamos unos minutos. Me
contó que el chivo había regresado una noche y se
quedó fuera de la cerca. En ese turno había dos
veladores y ninguno salió. El animal golpeó varias veces la lámina,
caminó hacia un costado del terreno y después se perdió
por el camino. No consiguió entrar. También me dijo que
la empresa había mantenido cerrado el portón trasero y que
desde entonces evitaban dejar a un solo hombre de guardia.
En los reportes siguieron anotando los daños como entrada o
presencia de animales. Pero nunca escribieron otra cosa. Yo no
volví a trabajar en ese lugar. Tampoco regresé de noche
para comprobar si el chivo seguía apareciendo. Con el tiempo
dejé de hablar del tema, porque cada persona daba una
explicación distinta, y ninguna cambiaba lo que yo recordaba. Aquella
noche tuve al animal debajo de la torre. Lo vi levantarse,
cambiar de cuerpo. y quedar convertido en una mujer anciana
con los ojos blancos. La escuché decir mi nombre, el
de mi esposa, y pedir que abriera el camino hacia
el pueblo. Después vi llegar a dos hombres que también
estuvieron frente a ella, y presenciaron el cambio de regreso.
Eso fue lo que ocurrió dentro del terreno. Todo lo demás,
incluida la niña herida, lo conocí después. Muchos dicen que
era una bruja, otros que era el diablo. Yo jamás supe,
y la verdad no quiero saber. Trabajé como guardia de
seguridad nocturno en unas bodegas viejas en la orilla de
la ciudad. Cuando entré a ese servicio, me dijeron lo
mismo que le decían a todos, que ahí se oían
ruidos extraños. que algunas puertas amanecían abiertas que en ciertos
puntos del predio se escuchaban pasos y que más de
un guardia había pedido cambio o había renunciado por miedo
yo no les creí en ese tiempo pensaba que la
gente exageraba mucho cuando trabajaba de noche sobre todo en
lugares solos y con demasiado silencio mi idea era simple
si algo sonaba tenía una causa y si algo se
movía también El trabajo no tenía mucha ciencia. Yo llegaba
al turno, recibía la novedad, revisaba los accesos, hacía recorridos
por el patio y por las naves, miraba las cámaras
y anotaba cualquier detalle en la libreta de la caseta.
Casi nunca entraba nadie en la noche, por eso cualquier
ruido resaltaba más. Durante las primeras semanas no pasó nada
que me sacara del control. Escuchaba golpes, iba a revisar
y encontraba una lámina suelta, una cadena movida o algún animal.
A veces una cámara se congelaba pero el sistema ya
estaba viejo, así que todo entraba en lo normal. Yo
prefería pensar así porque no me interesaba meterme en cuentos.
Había escuchado demasiadas historias de veladores que juraban haber visto
cosas y casi siempre terminaban contando sombras, ruidos o sensaciones.
A mí eso no me bastaba. Yo necesitaba ver algo claro,
Tocar una puerta abierta, encontrar una marca o revisar un
candado forzado. Si no había algo concreto, para mí no
había nada. Con el paso de los días empecé a
notar detalles que ya no me gustaron. Una noche encontré
una puerta mal asegurada, aunque yo mismo la había revisado antes.
Me molesté. Pensé que había sido un descuido mío. La
cerré de nuevo y lo anoté. Días después, escuché un
golpe fuerte dentro de una de las naves. Fui a
revisar y encontré una tarima en el suelo. Busqué alrededor,
alumbré esquinas, revisé puertas y no encontré a nadie. Otra noche,
vi en una cámara una sombra cruzando una parte del patio.
Salí de inmediato y tampoco había nadie. En ese punto,
seguía sin pensar en algo raro, pero ya me fastidiaba
no dar con la causa. Lo que más me inquietó
al principio no fue un ruido, fue un olor. Empezó
a sentirse por ratos, sin aviso. Era un olor fuerte,
a quemado. No se quedaba mucho tiempo. Aparecía de golpe
y luego se iba. Lo sentí primero cerca de la caseta,
después en una parte del patio y luego por la
oficina del fondo. Revisé contactos, cables, focos y el equipo
que usábamos, pero no vi ninguna falla y tampoco encontré
nada que explicara ese olor. Eso fue lo primero que
ya no pude acomodar tan fácil en la cabeza. Después
vino lo del teléfono. En el fondo del predio había
una oficina vieja que ya no se usaba. El aparato
seguía sobre un escritorio, pero esa línea no servía desde
antes de que yo entrara a trabajar ahí. Una noche,
durante un recorrido, escuché que sonó adentro. Me quedé quieto
al instante. No fue un ruido confuso ni algo lejano.
Fue un timbrazo claro dentro de esa oficina. Me acerqué,
escuché otro y luego se cortó. Revisé por fuera y
no vi a nadie. No entré en ese momento, pero
desde esa noche ya no caminé igual por ese lado
del predio. Yo seguía sin decir que ahí pasaba algo
fuera de lo normal. Lo que sí acepté fue otra cosa,
que ya no me sentía tranquilo. Cada vez que me
tocaba ir al fondo, el cuerpo se me tensaba, me
ponía más atento, caminaba más despacio y revisaba mejor todo.
No quería reconocerlo, porque yo mismo me había burlado de
esas historias al principio, pero ya había partes del lugar
que me pesaban antes de llegar. La noche que me
cambió todo empezó igual que las demás. Llegué, recibí el turno,
me instalé en la caseta y salí al primer recorrido.
No vi nada fuera de lugar, todo estaba cerrado y
en silencio. Más tarde, mientras revisaba las cámaras, vi un
perro parado frente al portón. No ladraba, no caminaba de
un lado a otro, no olfateaba. Estaba quieto, mirando hacia adentro,
y se quedó inmóvil varios segundos y después se fue.
No mucho después se escuchó un golpe fuerte dentro de
una de las naves. Esta vez no sonó a lámina
ni a cadena, sonó a algo pesado cayendo sobre el piso.
Tomé la lámpara, agarré el radio y fui a revisar.
La puerta principal seguía cerrada. La puerta peatonal también parecía asegurada,
pero cuando me acerqué vi el candado acomodado solo para aparentar,
pues no estaba cerrado de verdad. ahí fue cuando pensé
que alguien se había metido y seguía adentro abrí con
cuidado y entré adentro estaba oscuro y callado alumbré el
piso las esquinas y el frente encontré una tarima tirada
el polvo seguía movido alrededor revisé arriba a los lados
y al fondo pero no vi a nadie así que
avancé unos pasos más y entonces escuché un arrastre detrás
de mí me volteé de inmediato no había nada me
quedé quieto tratando de oír mejor y ahí escuché una
respiración cerca y clara dentro de la nave no era
mía no venía del radio y no se oía lejos
así que levanté la lámpara y alumbré hacia donde la
escuché pero no había nadie en ese momento salí no
corrí pero salí rápido con el cuerpo duro y la
espalda tensa volví a asegurar la puerta y regresé a
la caseta Me senté frente a las cámaras e intenté calmarme.
Me repetí que podía haber alguien escondido, que tal vez
no había revisado bien, o que el cansancio ya me
estaba jugando en mi mente. en contra. Quise sostener esa
idea porque todavía me negaba a aceptar otra cosa, pero
ya no era igual. Desde ese momento el turno dejó
de sentirse normal. Yo ya no estaba haciendo mi trabajo
en calma. Ya estaba esperando que volviera a pasar algo.
Después de salir de esa nave, regresé a la caseta
y cerré la puerta detrás de mí. Me senté frente
a las cámaras, dejé la lámpara sobre la mesa y
traté de recuperar el aire. No estaba agitado por correr,
estaba agitado por lo que acababa de escuchar. Hasta ese
momento yo había podido darle una salida a todo, una falla,
un descuido, un ruido mal entendido, un animal, una puerta
mal puesta o cualquier cosa. Pero esa respiración adentro de
la nave, a pocos metros de mí, sin nadie enfrente
y sin nadie detrás, ya no entraba fácil en ninguna explicación.
Aún así, seguí aferrado a la idea de que algo
se me había pasado, que alguien se había escondido y
que yo no había revisado bien. Me quedé mirando los
monitores un buen rato. El predio seguía quieto, no se
veía movimiento en las entradas, ni en el patio, ni
en el fondo. Todo estaba en orden en la pantalla,
pero yo ya no estaba en orden por dentro. Cada
sonido pequeño me obligaba a levantar la cabeza. Cada segundo
de retraso en una cámara me tensaba los brazos, y
el silencio ya no me ayudaba a concentrarme. Me empujaba
a escuchar más de la cuenta. Yo seguía solo en
la caseta, pero ya no me sentía solo en el turno.
Pasaron varios minutos sin nada nuevo y eso me pesó más.
Cuando las cosas se quedan quietas después de un susto,
uno empieza a repasar lo que oyó, lo que vio
y lo que no logró entender. Yo estaba en eso
cuando volvió ese olor a quemado. Entró a la caseta
de golpe. Era fuerte y seco. Me levanté de inmediato,
revisé el contacto del monitor, el radio, la extensión, el foco,
todo lo que tenía cerca y no encontré falla. el
olor se fue tan rápido como llegó, en ese mismo
momento escuché un roce afuera junto a la ventana, no
fue un golpe ni un jalón, fue un sonido leve
y largo, pegado a la pared de la caseta, volteé
de inmediato y me asomé, pero no vi a nadie,
ahí tomé la decisión de salir otra vez, ya no
era por rutina, ya no era por cumplir el recorrido,
necesitaba confirmar que el predio seguía vacío, Agarré la lámpara,
tomé el radio y fui primero hacia el patio. Revisé
una de las naves, luego el pasillo lateral y después
caminé hasta la oficina del fondo, la que llevaba tiempo cerrada.
Antes de llegar ya traía el cuerpo tenso. No me
gustaba pasar por ahí desde lo del teléfono. Y cuando
estuve frente a la puerta me detuve de golpe. Debajo
se veía una línea de luz. Era delgada, pero clara.
La oficina estaba cerrada y no debía tener corriente. Me
acerqué despacio y puse la mano sobre la puerta. La
sentí tibia. Me asomé por el cristal roto del costado
y adentro se veía oscuro. Volví a mirar abajo y
la luz seguía ahí. No cambiaba, no parpadeaba, no se movía.
Me quedé unos segundos mirando esa línea, tratando de decidir
si abría o si primero llamaba al supervisor. Antes de
hacer cualquiera de las dos cosas, el teléfono sonó adentro.
Esta vez no hubo duda. Sonó claro, varias veces, y
en una oficina vacía y sin línea. Ahí se me
fue la última calma que me quedaba. Ya no pensé
en una confusión. Ya no pensé en una falla del oído.
Abrí la puerta con cuidado y alumbré hacia adentro, pero
la oficina estaba sola. El escritorio seguía en su lugar,
el teléfono también, las sillas, el archivero, todo. No había
nadie escondido, no había ventana abierta, no había una segunda
salida por donde alguien pudiera irse. Entré dos pasos, acerqué
la lámpara al escritorio y levanté el auricular. No había tono,
solo se escuchaba un soplido bajo, continuo, pegado al oído.
Lo volví a dejar en su sitio y salí. Ahí
entendí que ya no iba a seguir recorriendo el fondo
del predio, no por flojera, no por abandonar el trabajo,
sino porque ya estaba entrando en un punto donde no
podía confiar ni en lo que oía ni en lo
que veía. Regresé a la caseta, cerré la puerta, aseguré
la ventana y me senté otra vez frente a los monitores.
Mi idea era aguantar hasta el amanecer y salir de
ahí en cuanto me relevaran. No quería seguir moviéndome por
el predio, quería mantener todo al frente, encerrado y bajo vista.
No pasó mucho tiempo antes de que las cámaras se
fueran a negro. El monitor siguió encendido, pero la imagen
desapareció de golpe en todas. Revisé los cables, moví la conexión,
le di un golpe corto al costado del monitor y
nada volvió. Me quedé viendo la pantalla vacía unos segundos,
sin saber si el fallo era del equipo o si
se había ido la señal en todo el predio. Entonces
escuché pasos afuera. Venían desde la entrada y avanzaban directo
hacia la caseta. Eran pasos lentos, firmes, sin prisa. No
se oían desordenados, no se oían torpes, no se oían nerviosos.
Se acercaron poco a poco sobre la grava y sobre
el piso de cemento hasta detenerse frente a mi puerta.
Yo no me moví. Me quedé sentado, con la mano
en la lámpara y la vista clavada en la puerta.
Pasaron unos segundos y tocaron tres veces. No respondí. Me
quedé quieto, esperando otro ruido, otra señal o cualquier cosa
que me dijera quién estaba afuera. Volvieron a tocar. Después
escuché un roce en la parte de afuera pegado a
la lámina. Ahí reuní valor y pregunté quién era. Mi
voz no salió firme, pero salió. Del otro lado no
contestaron enseguida. Primero escuché una respiración, muy cerca de la puerta.
Luego una voz de hombre, baja y tranquila. Dijo que abriera,
que venía a hacerme una propuesta. Dijo mi nombre completo.
Sentí un frío seco en el cuerpo. Yo no traía
gafete al frente. No había nadie más en el predio
y esa voz no era la del supervisor ni la
de ningún compañero. Me quedé callado y la voz siguió hablando.
Dijo que yo ya estaba cansado de vivir con problemas,
de cargar deudas, de no alcanzar a resolver lo que
tenía encima. Dijo que sabía lo que me preocupaba, que
sabía lo que yo necesitaba y que había ido a
ofrecerme una vida mejor. No alzó la voz, no golpeó
la puerta, no metió prisa. Habló con una calma que
me dejó peor. Yo le pregunté qué quería a cambio.
La voz respondió sin tardarse. Dijo que solo quería una cosa,
que yo le dijera que sí y que le entregara
mi alma. Ahí me quedé paralizado. Ya no pensé en
una broma, ya no pensé en un intruso y no
pensé en ladrones. Nadie llega a una caseta a esa hora,
en un lugar así, a decir eso con esa seguridad.
Le dije que se fuera, le dije que no iba
a abrir. La voz soltó una risa breve y respondió
que no importaba si yo decía que no esa noche,
que podía esperar, que me iba a vigilar siempre, hasta
el día en que yo mismo aceptara. Yo seguía inmóvil,
con la piel erizada y la nuca dura. No estaba
viendo nada todavía, solo escuchándolo detrás de la puerta. Y
aún así, supe que estaba frente a algo que no
pertenecía a ese lugar ni a este mundo. En ese momento,
vi un reflejo en la ventana lateral de la caseta.
Algo se movió por fuera. Giré la cabeza, levanté la
vista y lo vi. Lo vi por la ventana lateral
y me quedé helado. Estaba parado afuera, frente al vidrio.
Tenía cuerpo de hombre. Llevaba ropa oscura y estaba quieto,
mirándome de frente. Lo primero que me golpeó fue la cara.
No era una cara normal. Tenía una sonrisa abierta, fija,
sin calor, y unos ojos rojos, duros, clavados en mí.
En la frente se le marcaban dos puntas cortas. No
necesité pensar mucho para entenderlo, y en ese momento supe
lo que estaba viendo. Era el diablo. No golpeó la puerta,
no levantó la voz y no hizo un solo movimiento
de más. Se quedó ahí, firme, con una tranquilidad que
me hizo sentir peor que cualquier grito. Levantó una mano
y la apoyó en la ventana. Yo di un paso
atrás sin apartar la vista. Sentí el pecho apretado, los
brazos duros y la piel erizada. El aire dentro de
la caseta se volvió pesado. Me costaba respirar hondo. Quise
decir algo, pero la voz no me salió al principio.
Siguió sonriendo y volvió a hablar. Me dijo que no
respondiera por miedo, que pensara bien lo que estaba rechazando,
que una sola palabra mía bastaba para cambiar mi vida entera.
Me ofreció dinero, trabajo estable, una casa mejor, salud para
mi familia y descanso para mí. Dijo cosas que nadie
de ese lugar tenía por qué saber. Habló de deudas
que yo traía encima, de problemas que yo no le
contaba a nadie y de cansancio que me estaba cargando
día y noche. Mientras decía todo eso, no dejó de
mirarme ni un segundo. Yo le dije que no. No
lo grité, lo dije bajo, con la garganta seca. Me
temblaban las piernas y aún así se lo dije. Él
no se enojó, no cambió la cara ni retiró la
mano del vidrio. me respondió que yo todavía no entendía
cuánto tiempo podía esperar después se acercó más a la
ventana y me dijo que si esa noche no aceptaba
me iba a seguir mirando en el trabajo en la
calle y en mi casa hasta el día en que
yo mismo le dijera que sí lo dijo tranquilo, seguro
y eso fue lo que más miedo me dio agarré
una silla que estaba junto al escritorio y la lancé
contra la ventana el vidrio estalló hacia afuera En ese
momento se acabó el turno y se acabó cualquier idea
de quedarme. Abrí la puerta de golpe y salí con
la lámpara en la mano. Alumbré hacia todos lados, pero
no había nadie. No escuché pasos, no vi sombra, no
vi movimiento. El espacio frente a la caseta estaba vacío,
así que avancé unos metros y seguía sin haber nada.
Yo sabía lo que acababa de ver, pero afuera no
había una sola señal de que alguien hubiera estado ahí.
Corrí hacia la entrada principal, quité el candado con las
manos torpes y salí del predio. Dejé adentro mi mochila
y otras cosas, ni siquiera pensé en regresar por ellas.
Seguí caminando hasta encontrar una gasolinera abierta. Entré, pedí un
teléfono y llamé para avisar que renunciaba. No conté todo
en esa llamada, solo dije que no iba a volver
a ese servicio. Al día siguiente hablé con el supervisor.
Le conté lo que vi, lo que escuché y le
dije con claridad que no regresaba por ningún motivo. Se
quedó serio y al final solo respondió que yo no
había sido el primero en salir corriendo de ese lugar.
También dijo que otro guardia había dejado el turno de
madrugada y que nunca explicó bien por qué. Esa respuesta
no me tranquilizó. Me confirmó que algo pasaba ahí y
que nadie quería hablar de eso de frente. Después traté
de seguir con mi vida. Busqué otro trabajo, evité pasar
por esa zona y me forcé a pensar que todo
había sido producto del cansancio y del miedo acumulado. Pero
esa idea no me duró mucho. Desde la primera semana
empecé a despertarme en la madrugada con la misma sensación
que tuve en la caseta, la de no estar solo.
Abría los ojos y el cuarto estaba oscuro y en silencio.
pero el cuerpo me avisaba otra cosa. Se me enchinaba
la piel, se me tensaban los brazos y sentía una
presión en el pecho. En algunas noches, además, volvía ese
olor a quemado, seco y breve. La primera vez que
pasó en mi casa me quedé acostado, sin moverme, escuchando.
Después oí un roce afuera del cuarto. Me levanté, prendí
la luz y revisé la sala y la entrada. No
encontré nada. Otra noche escuché pasos dentro de la casa,
lentos y marcados hasta mi puerta. Cuando salí no había nadie.
Revisé cerraduras, ventanas y patio, pero todo estaba bien. También
hubo noches en las que me desperté de golpe, con
la certeza de que había alguien junto a la cama.
No abría los ojos de inmediato. Me quedaba quieto unos segundos.
A veces no veía nada y a veces, antes de moverme,
volvía el olor. Revisé puertas, cambié hábitos y traté de
mantener la cabeza ocupada para no pensar en eso, pero
no funcionó. Podían pasar varios días sin nada y luego
todo regresaba. Bastaba una madrugada mala para que esa sensación
volviera completa. Por eso dejé de aceptar trabajos de noche
en lugares aislados. Hasta hoy no he dicho que sí,
nunca le he dado esa respuesta, pero tampoco puedo decir
que aquello terminó esa noche. Hay madrugadas en las que despierto,
con la sensación exacta de que alguien está a unos
pasos de mi cama, quieto mirándome en silencio. En esos
momentos recuerdo lo que me dijo frente a la caseta,
que si no aceptaba esa noche me iba a vigilar siempre,
hasta el día en que yo mismo se lo dijera
por mi cuenta. Esa frase no se me ha borrado,
yo no volví a esas bodegas, lo que sí volvió
conmigo fue esa presencia. Y hay noches en las que
sigo sintiendo que no me ha dejado solo.