Todo Empezó Con Una Llave - Historias De Terror - REDE
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Speaker 2: Mi abuelo murió después de varios meses enfermo. Durante sus
últimos años vivió solo en una casa apartada y casi
nunca permitía que alguien se quedara con él. Desde que
yo era niño, mantenía un cuarto cerrado y decía que
guardaba cosas personales. Después del entierro, mi madre me entregó
una llave y un sobre que él había dejado a
mi nombre. Me dijo que había insistido en que yo
fuera a la casa. abriera ese cuarto y buscara una
caja debajo de la cama pensé que podía tratarse de
dinero o documentos por eso fui unos días después abrí
la casa fui directo al cuarto y usé la llave
la caja estaba donde mi abuelo había dicho dentro encontré
fotografías de la familia cabello algunos dientes monedas viejas varios
papeles doblados y una moneda de oro uno de los
papeles tenía mi nombre Reconocí la letra de mi abuelo
y empecé a leer. Ahí explicaba que nuestra familia mantenía
un acuerdo con una mujer desde hacía generaciones, que él
lo había recibido de su padre y había cumplido ciertos
pagos para evitar que ella cobrara algo peor. También había
dejado escrito que después de su muerte yo era el
elegido para continuar. El trato necesitaba mi aceptación, nadie podía
obligarme a tomarlo. pero si me negaba el acuerdo terminaba
y la mujer cobraría una vida de la familia cada
año hasta que alguien aceptara ocupar el lugar que había
dejado mi abuelo me quedé sentado junto a la cama
durante un rato con las hojas en las manos y
volví a leer el último párrafo antes de guardar todo
dentro de la caja leí esa parte otra vez nunca
había escuchado a mi abuelo hablar de pactos ni de
una mujer relacionada con la familia, y tampoco sabía qué
pensar de la caja. Guardé los papeles, cerré la tapa
y decidí llevármela para hablar con mi madre. Antes de salir,
escuché tres golpes en la puerta principal. Pregunté quién era
y una mujer respondió que quería hablar. Miré por la
ventana y vi a una anciana de cabello gris, espalda
encorvada y uñas demasiado largas, gruesas y curvas. Preguntó por
mi abuelo, le respondí que había muerto y ella soltó
una risa fuerte, áspera, que duró varios segundos. Cuando terminó
dijo que ya sabía lo de su muerte y que
había venido por la persona que él había elegido. Le
respondí que yo no había hecho ningún trato. La anciana
dijo que todavía podía hacerlo, que solo tenía que abrir
la puerta y aceptar continuar con el acuerdo. Le dije
que no. Volvió a preguntarme y le respondí que no
iba a aceptar una deuda de mi abuelo. Entonces dejó
de reír. Dijo que él había cumplido durante años y
que mientras alguien siguiera pagando, la familia quedaba fuera del cobro.
Si yo rechazaba el acuerdo, esos pagos terminaban y comenzaba
otra forma de saldar la deuda. Le exigí que se fuera,
pero ella permaneció frente a la puerta. Después sonrió. Dijo
que acababa de empezar el primer año y se alejó.
Esperé antes de moverme y, cuando miré otra vez, ya
no estaba. Agarré la caja y avancé hacia la salida,
pero escuché un golpe detrás de mí, seguido de la
misma risa, ahora dentro de la casa. Dejé la caja
en el suelo y me fui hacia el pasillo. La
anciana salió del cuarto de mi abuelo, pero la puerta
principal seguía cerrada. Le pregunté qué hacía ahí y respondió
que venía a darme una última oportunidad. Tenía entre los
dedos la moneda de oro que había estado dentro de
la caja. Dijo que era parte del último pago de
mi abuelo y que yo debía entregársela junto con mi aceptación.
Le contesté que podía quedarse con la moneda, pero que
yo no iba a aceptar el pacto. Caminó hacia mí.
Yo retrocedí y le ordené que se detuviera, pero siguió avanzando.
Cuando intenté apartarla, me agarró del brazo. Sus uñas se
clavaron en mi piel y al tirar para soltarme, una
de ellas me abrió el antebrazo. La empujé con fuerza,
conseguí separarla y vi mi sangre en sus dedos. La
anciana volvió a reír y dijo que con eso ya
podía encontrarme donde estuviera. Le pregunté si mi sangre significaba
que había aceptado y respondió que no, que el pacto
seguía roto. pero ahora podía seguirme. Agarré una barra de
hierro que estaba cerca y le dije que no se acercara.
Dio otro paso, la golpeé en el hombro y cayó
contra la pared, pero se levantó casi de inmediato. No
esperé y corrí hacia la salida. Ella me siguió y
alcanzó a agarrarme de la camisa, pero la tela se
rompió y logré salir. Subí al vehículo, cerré la puerta
y arranqué. La anciana salió de la casa y se
quedó cerca del camino, con la mano levantada y mi
sangre todavía en las uñas. Gritó que podía marcharme, que
eso no cambiaba lo que yo había rechazado y que
el primer año ya estaba corriendo. No respondí. El brazo
seguía sangrando y fui a buscar ayuda. En una clínica
me cerraron el corte. Dije que me había cortado revisando
las cosas de mi abuelo, porque no sabía cómo explicar
lo ocurrido. Después me quedé con un familiar y llamé
a mi madre. Le pregunté si alguna vez había visto
a una anciana cerca de la casa de mi abuelo.
Antes de responder, me preguntó cómo eran sus manos. Le
dije que tenía uñas muy largas. Mi madre guardó silencio
y después empezó a llorar. Me contó que cuando era
niña había visto varias veces a una mujer con esas
mismas uñas, visitando a mi abuelo. Una vez los encontró
juntos y vio que él le entregaba un frasco con sangre.
Mi abuelo la descubrió mirando, la sacó del cuarto y
le prohibió hablar del tema. Mi madre nunca supo quién
era esa mujer. Cuando le conté lo que había encontrado
en la caja, me pidió que no regresara a la
casa y que no me quedara solo. Durante varios días
no pasó nada. Seguí buscando una explicación, porque solo tenía
los papeles de mi abuelo, una herida y el recuerdo
de una mujer dentro de una casa cerrada. Esa duda
terminó cuando volvió a encontrarme. Dormía en casa de mi
madre cuando escuché tres golpes en una ventana. Me levanté,
fui a mirar y vi a la anciana del otro lado.
Tenía la moneda de oro entre los dedos y me
preguntó si había cambiado de opinión. Le respondí que no.
Entonces giró la cabeza hacia la habitación donde dormía mi
madre y dijo que podía seguir negándome, que ella no
tenía prisa y que el año todavía no terminaba. Después
se alejó sin decir nada más. Me quedé frente a
la ventana hasta verla desaparecer. Después fui al cuarto de
mi madre y comprobé que seguía dormida. No la desperté,
cerré la puerta, me senté cerca de ella y esperé
hasta que amaneció. Desde esa noche, dejé de pensar que
la anciana solo quería obligarme a cumplir una superstición. Ya
había usado mi sangre para encontrarme, y sabía exactamente dónde
estaba mi madre. El pacto seguía sin mi aceptación, pero
el cobro había empezado. Después de aquella noche dejé de
dormir en casa de mi madre y empecé a quedarme
con distintos familiares. No pensaba que cambiar de lugar fuera
a detener a la anciana, pero tampoco quería que siguiera
acercándose a mi madre mientras yo estaba ahí. Durante esos
días procuré no quedarme solo y evité volver a la
casa de mi abuelo, aunque la mujer siguió apareciendo. Algunas
veces la veía desde una ventana o al otro lado
de la calle Otras escuchaba primero su risa y después
la encontraba esperando a cierta distancia. Siempre llevaba la moneda
de oro entre los dedos y siempre preguntaba lo mismo.
Si ya estaba dispuesto a aceptar el pacto, yo le
respondía que no y ella mencionaba a alguien de mi familia.
Una vez dijo el nombre de mi hermana, otra vez
el de mi madre y nunca aclaraba a quién iba
a buscar primero. Esa forma de amenazarme terminó obligándome a
pensar en todos al mismo tiempo, porque no sabía dónde
iba a aparecer ni a quién podía alcanzar. Decidí regresar
a la casa de mi abuelo para revisar los documentos
que todavía quedaban ahí. Esta vez fui con un primo
al que le conté que una mujer me había atacado
y que había encontrado papeles relacionados con nuestra familia. No
le hablé del pacto completo, solamente le dije que necesitaba
revisar el cuarto y sacar todo lo que pudiera tener
relación con mi abuelo. Entramos y buscamos entre sus cosas
hasta encontrar un paquete escondido debajo de un cajón. Dentro
había documentos antiguos con nombres, firmas y anotaciones hechas por
varias personas. Uno llevaba la firma de mi abuelo, otro
la de su padre y había varios más viejos. En
ese momento entendí que mi abuelo no había iniciado el acuerdo,
lo había recibido de alguien anterior y después había hecho
lo mismo conmigo. Entre los documentos, encontré una lista con
nombres de familiares, algunos estaban marcados, otros tachados, y varios
correspondían a personas que habían muerto muchos años antes. Mi
nombre aparecía al final junto a una nota. donde mi
abuelo me señalaba como la persona elegida para ocupar su lugar.
No decía que yo hubiera aceptado. Tampoco había una firma mía.
Y eso confirmaba algo que la anciana ya me había dicho.
Podían elegirme, pero el pacto solo continuaba si yo aceptaba.
Mi primo estaba mirando los papeles cuando me preguntó qué
significaban aquellas anotaciones. Antes de responder, escuchamos una risa afuera
de la casa. y los dos dejamos de movernos. La
anciana apareció cerca de la entrada. Mi primo preguntó quién era,
pero ella no le respondió. Solo me miró a mí.
Tenía una mano vendada y caminaba sin dificultad. Mi primo
dio un paso hacia ella, y yo le pedí que
se quedara donde estaba. La anciana le dijo que podía marcharse,
que el asunto no era con él. Mi primo respondió
que no pensaba dejarme solo. Entonces ella dijo el nombre
completo de su madre. Él se quedó callado, no le
dio ninguna explicación, solamente repitió que podía irse. Le pedí
a mi primo que se marchara y esta vez aceptó.
Salió de la casa sin discutir y cuando escuché el
vehículo alejarse, me quedé solo frente a ella. Le pregunté
por qué mi familia tenía que pagar una deuda que
ninguno de nosotros había iniciado. La anciana me respondió, que
alguien de nuestra sangre había aceptado el acuerdo, mucho antes
de que naciera mi abuelo, y que cada generación había
decidido continuarlo, porque el pago era menor mientras alguien cumpliera.
Le pregunté qué entregaba mi abuelo, y dijo que unas
veces eran objetos, otra sangre y otras cosas de la familia,
pero que el valor estaba en cumplir con lo acordado.
Le pregunté si existía alguna forma de terminar el pacto.
Respondió que yo ya lo había terminado cuando me negué,
y que precisamente por eso había comenzado el cobro. Mientras
alguien aceptaba el trato, ella recibía pagos menores, y cuando
nadie aceptaba, podía cobrar una vida de la familia cada año.
Le pregunté cuántas personas pensaba matar. Dijo que una por año,
hasta que yo aceptara ocupar el lugar de mi abuelo.
o hasta que ya no quedara nadie de la familia
que pudiera hacerlo. Le respondí que no iba a aceptar
una deuda que no era mía. Ella sonrió y dijo
que eso no cambiaba la deuda. Después extendió una mano
y me pidió que aceptara en ese momento. Yo había
llevado un cuchillo porque sabía que podía aparecer, así que
lo saqué y le advertí que no se acercara. La
anciana soltó una carcajada y siguió avanzando. Intentó agarrarme del
cuello y después lanzó una mano hacia mi cara. Levanté
el brazo para cubrirme y sus uñas me abrieron varios cortes.
La empujé y retrocedió unos pasos, pero volvió de inmediato
y consiguió tirarme al suelo. Cayó encima de mí y
trató de alcanzarme la cara. Giré la cabeza. Una de
sus uñas me cortó la mejilla y sentí la sangre
bajar por el cuello. Logré liberar una mano. Recuperé el
cuchillo y la corté en la palma. Ella gritó, se
apartó y yo me levanté para correr hacia la puerta,
pero consiguió agarrarme por detrás y me clavó las uñas
en el hombro. Caí de rodillas, me sujetó del cabello
y me dijo que todo terminaba si aceptaba. Le respondí
que no y cuando acercó la cara a la mía,
alcancé a herirla en la pierna con el cuchillo. Me
soltó y salí de la casa. Subí al vehículo y
arranqué antes de que pudiera alcanzarme otra vez. La anciana
salió detrás de mí y se puso en medio del camino.
Frené por un momento, pero ella no se apartó, así
que avancé. El vehículo la golpeó y cayó a un lado,
pero seguí conduciendo. Cuando miré hacia atrás, ya estaba levantándose.
Esa fue la última vez que intenté enfrentarla de esa manera.
podía cortarla, hacerla sangrar y tirarla al suelo, pero nada
de eso impedía que regresara. La moneda tampoco podía perderse.
La arrojé lejos en más de una ocasión y siempre
volvía a aparecer. Una vez la tiré en un terreno
fuera del pueblo y días después la encontré dentro de
la habitación donde estaba durmiendo. La volví a tirar y
apareció otra vez entre mis cosas. Terminé guardándola con los
documentos de mi abuelo, porque ya no tenía sentido seguir
intentando deshacerme de ella. Pasaron varias semanas sin que nadie
de mi familia muriera. La anciana seguía apareciendo y haciendo
la misma pregunta, pero durante un tiempo no atacó a nadie.
Mi madre se quedó con mi hermana y algunos familiares
empezaron a notar que algo estaba ocurriendo. Yo no les
conté todo. Conservé los documentos y revisé los nombres de
la lista varias veces, buscando alguna anotación que indicara una
salida distinta. No encontré nada. Cada hoja repetía la misma idea.
Alguien aceptaba, alguien pagaba y la familia quedaba fuera del cobro,
mientras el acuerdo continuara. Entonces murió mi tío. Había hablado
con él poco antes y no me había dicho que
tuviera ningún problema. Lo encontraron solo en su casa con
tres cortes profundos en el pecho. Cuando me avisaron, regresé
al lugar donde estaba quedándome y encontré un papel debajo
de la puerta. Tenía una sola frase. El primer pago
había sido cobrado y junto al papel estaba la moneda
de oro. Después de su muerte volví a revisar los
documentos y comparé los nombres con lo que mi madre recordaba.
Reconoció a varios familiares y también algunas marcas que mi
abuelo utilizaba para anotar pagos. Ahí entendí por qué había
mantenido el pacto durante tantos años. No lo hacía para
obtener algo. Lo hacía porque sabía qué ocurría si dejaba
de cumplir. Aún así, aceptar significaba ocupar su lugar y
mantener la misma obligación hasta mi muerte, para después dejarla
en manos de otra persona. Por eso no acepté. La
anciana empezó a aparecer con más frecuencia. Ya no hablaba demasiado. Llegaba,
preguntaba si había cambiado de decisión y esperaba mi respuesta.
Cuando decía que no, se reía y se marchaba. Algunas
veces mencionaba a mi hermana y otras a mi madre.
Una noche desperté con varios cortes en el pecho. No
eran profundos, pero estaban recientes y yo había estado solo.
Después de eso dejé de buscar una explicación para la
forma en que entraba. Sabía que podía alcanzarme aunque cambiara
de casa. La última vez que apareció se quedó afuera.
Me preguntó si estaba listo para aceptar y le respondí
que no. Entonces dijo el nombre de mi madre. Le
advertí que la dejara fuera de aquello. Se rió y
se marchó. Fui a ver a mi madre poco después
y estaba bien. Entré a la habitación donde dormía y
encontré la moneda de oro sobre su almohada, y mi
madre me preguntó qué significaba. No tuve que revisar ningún documento,
pues la anciana ya había elegido a la siguiente persona.
Ahora no sé qué hacer porque es la vida de
mi madre la que está en juego. Estoy pensando seriamente
en aceptar el trato con la bruja.