A las 2:13, un NAHUAL Pidió Asilo en una BASE MILITAR
Speaker 2: El radio se encendió a las 2.13 de la mañana,
aunque llevaba 20 minutos sin batería.« Base Cumbre, soy el
Capitán Luján. Solicito asilo». Ninguno de nosotros contestó. Nadie podía creerlo.
El Capitán Gabriel Luján estaba sentado a menos de 10
metros de nosotros. Tenía una venda apretada alrededor de las
costillas y sangre seca de dos soldados en las mangas. Entonces...
La voz volvió a salir del aparato. El hombre que
se encuentra en la base no soy yo. No permitan
que llegue al amanecer. Encendimos la cámara del portón. Bajo
la lluvia, había un coyote negro demasiado grande para ser natural.
Tenía una pata delantera destrozada y algo colgando del cuello.
Esto ocurrió en agosto del 2013, en un puesto temporal
de la Sierra Norte de Puebla. Le decíamos la cumbre.
Eran cuatro construcciones, una antena, un generador que fallaba con
la lluvia y una malla clavada sobre una loma donde
la niebla podía tragarse un camión completo. Éramos ocho hombres.
Yo era Julián Ávila, cabo de transmisiones. El capitán Gabriel
Luján estaba al mando. Tenía una cicatriz bajo la mandíbula.
Cuando algo lo preocupaba, golpeaba dos veces el broche de
su reloj. En la muñeca izquierda llevaba un hilo rojo
con tres nudos. Una vez le pregunté por qué nunca
se lo quitaba, y me contestó, porque hay promesas que
no se hacen con la boca. El pueblo más cercano
a nuestra base era San Bartolo del Encinal. Allí ningún
perro ladraba después de las once. Tres noches antes habían
desaparecido dos hombres que, según nos dijeron, eran leñadores. Sus
camionetas aparecieron junto a una barranca. Alrededor encontraron huellas de coyote.
Lo extraño era que algunas terminaban en algo parecido a
un talón humano. Luján decidió investigar. Salió de la base
acompañado por el cabo Barrera y el soldado Cano. Antes
de subir al vehículo, se quitó el hilo rojo de
la muñeca y se lo guardó en el bolsillo. Si
no volvemos antes de medianoche, Nadie sale a buscarnos hasta
que yo lo ordene por radio.—¿ Y si usted no
puede dar la orden?— pregunté. Luján me miró.— Entonces menos todavía. Luján,
Barrera y Cano partieron hacia la montaña. Durante varias horas
no recibimos ninguna comunicación. A las diez con cuarenta escuchamos
tres disparos a lo lejos. Dos seguidos, una pausa y
después el tercero. Era el mismo ritmo con el que
Luján acostumbraba llamar a las puertas. Intentamos comunicarnos. Solo escuchamos
estática y una respiración lenta. A la una con treinta
y ocho de la madrugada, el capitán regresó solo. No
traía su rifle, no llevaba radio y tampoco sus placas
de identificación. Tenía un agujero bajo las costillas. Era una
herida redonda y los bordes parecían quemados. Lo dejamos pasar inmediatamente.
Luján aseguró que Barrera y Cano habían muerto. Dijo que
los había atacado un animal negro parecido a un coyote,
pero que era capaz de levantarse y caminar como hombre.
No pidió que recuperáramos los cuerpos. Tampoco quiso organizar una búsqueda.
Ordenó cerrar el portón, mantener a todos dentro de la
base y disparar contra cualquier animal que se acercara. Valdés,
nuestro médico, Comenzó a limpiarle la herida. Al introducir unas pinzas,
encontró un pequeño fragmento de metal blanco. Lo extrajo y
lo dejó sobre la bandeja.— Plata— murmuró Valdés. Luján comenzó
a sangrar por la nariz.— No vuelva a decir esa palabra.
Aquello me hizo sospechar. Decidí probar algo. Preparé café y
le puse un poco de anís a propósito. Conocía a
Luján desde hacía años. y sabía que lo detestaba. Más
de una vez lo había visto rechazar una bebida apenas
recibía el olor. Llevé el café en su termo azul
de siempre. En la base tenía una pequeña luciérnaga de
plástico que su hija Sofía le había pegado tiempo atrás.
Luján tomó el termo, bebió. Esperé su reacción, pero no
pasó nada. El hombre que había regresado conocía nuestros nombres
y Recordaba las claves de radio, los procedimientos militares y
sus órdenes. Pero había cosas que no encajaban. A la
una con cincuenta y nueve falló el generador. Luján se
incorporó lentamente en la camilla y clavó la vista en
el portón. Algo viene detrás de mí. Pase lo que pase,
no confíen en lo que oigan allá afuera. Puede imitar
la voz de cualquiera de nosotros. Catorce minutos después, a
las dos con trece, El radio que estaba sobre mi
mesa se encendió. Pero era imposible. Yo mismo le había
quitado la batería. Aún así, escuchamos la voz del capitán.
Soy el capitán Luján. Solicito asilo. Miré hacia la enfermería.
Luján también había escuchado. El radio volvió a emitir sonido.
Escúchenme con atención. El hombre que tienen dentro no soy yo.
Encendimos la cámara del portón utilizando el sistema de respaldo.
Allí estaba el coyote. Llevaba algo sujeto al cuello. La
imagen era demasiado borrosa para distinguir qué era. Bajo las
costillas tenía una herida muy parecida a la del hombre
que estaba en nuestra enfermería, pero en el costado contrario.
Desde la enfermería, Luján se puso de pie con esfuerzo.
No le crean. Disparen a ese animal antes de que amanezca.
Méndez lo miró y le dijo. Si solo es un animal,¿
por qué tenemos que matarlo? Podemos ahuyentarlo. Porque yo lo
vi matar, respondió Luján. Méndez insistió.¿ Y a qué se
refiere con esas cosas?¿ Animales o qué es lo que son?
Luján tardó unos segundos en responder. No es momento para
entrar en detalles. Hagan lo que se les ordena. Méndez
mantuvo el rifle abajo. Con permiso. Cuando usted regresó no
traía radio, ni arma, ni placas. Tampoco pudo reportarse por frecuencia.
Usted mismo dice que eso de allá afuera no es
un animal cualquiera. Entonces, si existen esas cosas,¿ qué nos
garantiza que usted no es una de ellas? Mendes volvió
a mirar la pantalla. Y si nos estamos equivocando, Luján
dio un paso al frente. Es una orden. Disparen. Pero
nadie levantó el arma. Valdés miró la venda del capitán
y después la pantalla. La herida, dijo. Luján bajó la vista.
Había sangre fresca en el vendaje. Valdés tomó con unas
pinzas el fragmento de plata y lo acercó a la
herida del capitán. En ese instante, afuera, el coyote se sacudió.
Valdés se quedó pálido. No son dos heridas, susurró. Luján
lo miró. Valdés volvió a acercar el fragmento de plata
a la herida. El coyote volvió a estremecerse. Méndez señaló
la pantalla. Valdés repitió la prueba. El animal volvió a reaccionar.
Luján dio un paso atrás. Valdés mantuvo las pinzas en
la mano.« Si esto es cierto, tenemos que entender qué
pasó antes de hacer cualquier cosa». Nadie quería ser el
primero en decidir si creerle al capitán o a la
voz del radio. Luján miró a Méndez y le pidió
el rifle. Méndez no se lo entregó.« Deme el rifle»,
repitió Luján. Méndez retrocedió un paso y mantuvo el arma
apuntando hacia el suelo. Yo seguía junto a los controles
del portón cuando el radio volvió a encenderse.« Déjenme entrar»,
dijo la voz. El capitán volteó hacia el aparato.« No
lo hagan. En cuanto abran, se nos viene encima». La
base tenía un acceso lateral más pequeño que utilizábamos para
recibir equipo sin abrir el portón completo.« Podemos abrir solamente
ese acceso», les dije.« Ortega y Méndez lo cubren desde adentro.
Si intenta algo, lo cerramos». Luján negó con la cabeza.
Le acabo de ordenar que no abra nada. El coyote
apenas podía mantenerse de pie, así que abrí el acceso.
Méndez y Ortega tomaron posición con sus rifles. Si se
lanza contra nosotros, disparen, le dije. El coyote tardó varios
segundos en acercarse. Primero metió la cabeza, después una pata.
La otra la arrastraba. Pasó con dificultad y se echó
apenas estuvo dentro. Cerré el acceso detrás de él. A
esa distancia pudimos ver por primera vez lo que llevaba
sujeto al cuello. Era un radio militar. Méndez avanzó unos
pasos sin bajar el rifle.—¡ Ávila, mira! Lo reconocí. Era
el radio que Luján llevaba cuando salió con Barrera y Cano.
Del mismo amarre colgaban dos placas metálicas. Méndez utilizó el
cañón del rifle para separar del pelo mojado. Leyó el
nombre en voz alta. Gabriel Luján, el coyote, empujó el
radio hacia nosotros con su hocico. Después hizo lo mismo
con las placas. Entre la correa y el pelo había
algo más. Méndez se agachó con cuidado y lo tomó.
Era el hilo rojo. Tenía los tres nudos. Luján avanzó
hacia nosotros. Mátenlo. Méndez se incorporó. Ese animal acaba de
traer su radio, sus placas y el hilo que usted
llevaba cuando salió. Precisamente por eso, respondió Luján. Luján intentó
quitarle el rifle. Méndez reaccionó y lo apartó. Ortega se
metió entre los dos. Luján empujó a Ortega y volvió
a intentar tomar el arma. Entonces, el coyote soltó un gemido.
Luján se dobló al mismo tiempo y se llevó la
mano a la herida. Valdés miró primero al animal y
después al capitán. Le pidió al capitán regresar a enfermería.—
Estoy bien— respondió Luján. Valdés señaló su costado.— Tiene una
herida de bala, y acaba de reaccionar exactamente al mismo
tiempo que ese animal. No está bien. Lo llevamos de
nuevo a la enfermería, pero Méndez se quedó en la
entrada y retiramos cualquier arma que estuviera a su alcance.
Al coyote, lo encerramos en el depósito de vehículos. A
las 2.37, Ruiz habló desde la torre. Ávila, tenemos a
alguien afuera. Regresé a transmisiones y encendí la cámara. Había
una mujer frente al portón. Era mayor. Estaba empapada y
llevaba una lámpara en la mano. Ruiz le dio el
alto desde la torre. La mujer levantó la mano. La
mujer levantó la mano. Buscó a Gabriel Luján. Méndez y
yo salimos hacia la entrada, detrás de la valla. Pregunté,¿
Quién es usted? Jacinta Luján.¿ Qué relación tiene con Gabriel?
Es mi hijo, respondió ella. Yo había escuchado ese nombre antes.
Sabíamos que la madre de Luján vivía cerca de San Bartolo.—¿
Qué hace aquí a estas horas?— le pregunté. Fui a buscarlo.—¿ Dónde?—
En la barranca— me dijo. Méndez y yo nos miramos.—¿
Cómo sabía que estaba ahí?— preguntó Méndez. Jacinta se acercó
un poco más a la malla, porque, desde ayer, había
gente preguntando por Gabriel en el pueblo.— Los dos hombres
que ustedes creen que eran leñadores. Méndez preguntó quiénes eran realmente.
Jacinta negó con la cabeza. No sé sus nombres. No
eran de aquí. Preguntaron por animales, por huellas y por
mi familia.¿ Y por qué vino hasta la base? Le pregunté.
Jacinta miró hacia el interior.¿ Por qué encontré sangre en
la barranca?¿ Y por qué sé qué clase de herida
puede haber traído Gabriel? En eso, Valdés, el médico, salió
a hablar con ella. Nosotros permanecimos junto al portón. Valdés
llevaba en la mano la gaza donde había envuelto el
fragmento que había sacado de la herida. La abrió un
poco para que Jacinta pudiera verlo. Sacamos esto de la
herida de Gabriel, le dijo. Jacinta acercó el rostro a
la malla. Plata. Sí, confirmó Valdés. Jacinta levantó la mirada.¿
Dónde le dieron? Valdés señaló debajo de sus propias costillas.
La expresión de Jacinta cambió.« Estaba cambiado. Todos nos quedamos extrañados».«¿
Cambiado cómo?», dijo Valdés. Jacinta miró hacia el depósito. Méndez
entendió primero.« Está hablando del coyote», dijo. La mujer tardó
unos segundos en responder.« En San Bartolo les dicen Nahuales».
Valdés la observó.« Está diciendo que Gabriel puede convertirse en
ese animal».— Estoy diciendo que mi familia lleva generaciones viviendo
con eso— respondió Jacinta. Valdés volvió al fragmento.—¿ Y qué
tiene que ver la plata? Jacinta lo miró.— Puede matarlos
cuando están cambiados. Valdés levantó ligeramente la gaza y le
mostró otra vez el metal. Pero este fragmento estaba dentro
de Gabriel y sigue vivo. Jacinta asintió.— Por eso vine.—
Explíqueme— dijo Valdés. Si la bala hubiera hecho lo que debía,
Gabriel no habría regresado. Valdés miró hacia la enfermería, después
hacia el depósito.— Tenemos otro problema— le dijo. El hombre
tiene una herida debajo de las costillas. El coyote tiene
otra casi en el mismo lugar. La mujer dejó de
mirar la casa.— Los dos están heridos— preguntó.— Sí— respondió Valdés.
Y cuando acerqué la plata a la herida de Gabriel,
El coyote reaccionó.¿ Cómo reaccionó? preguntó Jacinta. Se sacudió como
si la plata también estuviera tocándolo a él. Y esto
lo repetimos varias veces.¿ Sabe qué significa? preguntó Valdés. No,
nunca había escuchado algo parecido. Jacinta pensó unos segundos más.
Mi abuelo hablaba del cambio, que hay un momento en
que uno todavía no termina de dejar una forma. Y
tampoco ha entrado completamente en otra.—¿ Y qué pasa si
alguien le dispara justo en ese momento?— preguntó Valdés. La
mujer negó lentamente con la cabeza. Nunca lo supe. Valdés
volvió a mirar el fragmento de plata. Entonces tampoco sabe
qué pasó con Gabriel.— No— respondió Jacinta. Mi abuelo siempre
decía que el cambio no debía interrumpirse. Eso es todo
lo que sé. Méndez intervino desde donde estaba junto a mí.
Pero tenemos un hombre y un animal que sienten la
misma herida. Entonces pasó algo que yo nunca antes había visto,
dijo Jacinta. Valdés fue directo.¿ Cuál de los dos es Gabriel?
Jacinta tardó unos segundos. No lo sé. Valdés miró hacia
la enfermería. Los dos parecen tener sus recuerdos, dijo Valdés.
Busquen cosas que Gabriel haga sin tener que pensarlas, dijo Jacinta.
Méndez todavía llevaba el hilo rojo que había encontrado con
el coyote. Jacinta lo vio. Ese hilo yo se lo
di a Gabriel hace años, dijo Jacinta.¿ Por qué? preguntó Méndez.
Por una promesa.¿ Qué promesa? Eso es entre mi hijo
y yo. Ahí fue que se me ocurrió algo. Ya
había utilizado el anís para comprobar que algo en Luján
no reaccionaba como antes. Y sé que el termo que
tiene una luciérnaga la había puesto su hija. Y le
pedimos retirarse a la mamá de Luján. Tomé el termo.
Fui primero a la enfermería. Luján estaba sentado en la camilla.
Cuando me vio entrar, levantó la cabeza.¿ Ahora qué? me preguntó.
Me quedé frente a él y dije, Luciérnaga. Su expresión cambió.¿
Qué pasó con Sofía? Nada, le respondí. Luján me miró molesto. Entonces,¿
por qué dice eso? Quería saber si reconocía la palabra.
Claro que la reconozco.¿ Qué significa? Le pregunté. Luján respondió
casi de inmediato. Así le digo a mi hija. Salí
de la enfermería y fui hasta el depósito. Méndez vino conmigo.
El coyote seguía echado. Dejé el termo azul en el
suelo a varios metros. Repetí la misma palabra, luciérnaga. El
animal levantó la cabeza, miró el termo. Después se incorporó
como pudo y se arrastró hacia él. Acercó el hocico
a la pequeña figura de plástico. Después golpeó el suelo
dos veces. Esperó y dio el tercero. Méndez me miró.«
También se acuerda», dijo. A las tres con siete entró
una transmisión por la frecuencia de emergencia.« Cumbre, cumbre, me reciben».
Reconocí la voz. Era Barrera.« Barrera, identifíquese». Dio su matrícula. Después,
la clave que utilizamos esa noche.« Cano está herido. Estamos
bajo el puente viejo, kilómetro doce». Me levanté de la silla.¿
Quién les disparó? Hubo varios segundos de estática. Después volvió
la voz de Barrera. No sé cómo explicar lo que pasó.
Manden a alguien. La señal se perdió. Fui a la enfermería.
Luján me vio entrar.¿ Qué pasa? Me preguntó. Barrera está vivo.
Se puso de pie. No salga nadie, me dijo. Confirmó
con matrícula y clave. Le contesté. Eso, Puedes saberlo lo
que está afuera. El animal está encerrado dentro de la base.
No significa que esté solo, dijo Luján. Usted nos dijo
que Barrera y Cano estaban muertos. Luján tardó en responder.
Eso fue lo que vi. Mandamos a Méndez y a Valdés.
en uno de los vehículos. Antes de salir, Valdés me
entregó el fragmento de plata dentro de una gasa y
una bolsa. Guárdalo, me dijo.¿ Qué hago con esto? le pregunté. Nada.
No se lo acerques a ninguno de los dos. Méndez
y Valdés salieron hacia el kilómetro doce. Quedamos Ruiz en
la torre, Ortega vigilando el depósito, Luján en la enfermería
y yo en transmisiones. A las cuatro con once volvió
a apagarse el generador. Ortega fue a revisar. Un momento
después me llamó. Ávila, ven a ver esto. La alimentación
de combustible se había soltado. No parecía una rotura normal.
En ese momento no pudimos saber si alguien la había
manipulado o si el movimiento del equipo la había zafado.
No tuvimos tiempo de revisarlo mejor. Escuchamos romperse un vidrio
de la enfermería. Ortega corrió primero. Yo fui detrás. Luján
había roto una ventana lateral. Ortega alcanzó a interceptarlo en
el pasillo. Escuché un golpe. Cuando llegué, Ortega estaba en
el suelo. Luján tenía la pistola de Ortega en la mano.
Se la había quitado durante el forcejeo. Ahora sí, estaba armado.
Iba hacia el depósito. Ruiz encendió el reflector desde la torre.
Luján le hablé. Se detuvo. Volteó hacia mí. Ávila, apártese.
Baje la pistola. No voy a repetirlo. Barrera está vivo.
Luján mantuvo el arma abajo, pero no la soltó. Eso
todavía no lo sabe. Hablé con él, le contesté. Luján
me sostuvo su mirada. Yo también escuché voces allá arriba.
El radio de transmisiones volvió a encenderse. Era la misma voz.
No dejes que me mate, dijo la voz del radio.
Luján levantó la pistola hacia el depósito. Respiró hondo. No
soy una copia, dijo. Yo nunca dije que lo fuera.
Eso lo hizo callar. Señalé el depósito. Entonces, dígame,¿ qué
es el animal? Luján miró hacia allá. También soy yo, respondió.
Yo no esperaba esa respuesta. Entonces,¿ por qué quiere matarlo?
Porque no sé qué va a pasar si él se queda.¿
Y si usted se queda? Le pregunté. Tampoco lo sé.
Por primera vez, desde que había regresado, dejó de hablar
como nuestro comandante. Mi madre debió contarles lo mismo que
me contaba cuando era niño. Dijo que nunca había visto
algo así porque nunca había pasado. Entonces, espere a que
vuelva Valdés, le dije. No puedo, me dijo, porque cuando
amanezca puede que uno de los dos deje de existir.
Ahí entendí lo que intentaba hacer. No estaba tratando de
protegernos del coyote. Tenía miedo de ser él quien desapareciera.
Luján levantó la pistola hacia el coyote. Ruiz habló por
radio desde la torre. Ávila, tengo tiro.¿ Qué hago? No dispares,
le ordené. Luján disparó primero. La bala alcanzó al coyote
en el pecho. El propio Luján se dobló al mismo tiempo.
El coyote cayó. Luján tuvo que apoyarse contra la pared
para no irse al suelo. Ortega, que seguía aturdido por
el golpe, Empezó a levantarse cerca de la entrada del depósito.
Valdés nos llamó por radio. Barrera y Cano están vivos.
Ya lo sé, dijo en voz baja Luján. Usted no
quiso que fuéramos por ellos, le dije yo. Solicité en
ese momento que fueran por Jacinta, la mamá de Luján.
Al llegar, Luján, llorando, la miró y le preguntó,¿ qué hacer?
No lo sé, Gabriel. Solo sé que, si alguna vez
te pasaba algo durante el cambio, no pelearas contra ti mismo.
Luján volvió a mirar el coyote. Bajó completamente la pistola.
La dejó en el suelo. A las cinco con cuarenta
y dos empezó a salir el sol detrás de la sierra.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Después, Luján cayó de rodillas.
El coyote cayó al mismo tiempo. Corrimos hacia Luján. Comenzó
a convulsionar. El coyote también. Intenté mantener al capitán de
lado para que pudiera respirar. Duró menos de un minuto.
Después dejó de moverse. Le busqué el pulso y estaba
muy débil. Unos segundos después lo perdí. Ortega y yo
intentamos reanimarlo. No respondió. El coyote estaba inmóvil a unos metros.
Pensé que también había muerto. Entonces respiró. Una vez, después otra.
Cuando hubo suficiente luz, nos acercamos al animal. No intentó atacarnos.
Las placas de Luján seguían en el suelo. El coyote
levantó la cabeza. Después fui a la enfermería. Recogí el
anillo de matrimonio que Luján había dejado entre sus pertenencias.
Regresé con el animal y se lo mostré.« Se lo
voy a entregar a Sofía», le dije. El animal golpeó
el suelo dos veces, esperó y dio el tercero. Abrimos
el portón. El coyote salió cojeando. Se perdió entre los árboles.
Méndez y Valdés regresaron poco después. Traían a Barrera y Cano.
Los dos estaban vivos. Cano tenía una herida de bala
en la pierna y había perdido bastante sangre. Valdés comenzó
a atenderlo apenas lo bajaron del vehículo. Barrera estaba agotado,
cubierto de lodo, con la ropa manchada de sangre. Cuando
estuvo en condiciones de hablar, nos contó lo que había
ocurrido desde que salieron de la base. Los hombres desaparecidos
no eran leñadores. Eso era lo que se había dicho
en el pueblo porque nadie sabía realmente quiénes eran. Barrera
y Cano encontraron primero las camionetas. Dentro había equipo de caza, lámparas,
cuchillos y munición modificada. Entre los cartuchos encontraron varias balas
de plata. Luján ordenó seguir las huellas. Encontraron a los
dos hombres más arriba, cerca de la barranca. Estaban armados.
Según Barrera, Luján intentó detenerlos para interrogarlos. Uno de los
hombres levantó el rifle. El primer disparo fue contra Luján.
Barrera perdió de vista al capitán entre los árboles. Escuchó
otros dos disparos. Cuando avanzó para cubrirlo, vio caer a
un coyote. Barrera lo había visto a menos de 10 metros.
Estaba herido debajo de las costillas. Uno de los cazadores
se acercó para rematarlo. En ese momento, Barrera escuchó un
movimiento detrás de los árboles. Cuando volvió a mirar hacia
el lugar donde había caído el animal, vio a un
hombre herido unos metros más adelante. Era Luján. Barrera pensó
que el capitán simplemente había salido de entre la vegetación.
No tuvo tiempo de preguntarse de dónde había aparecido. Uno
de los cazadores había caído durante el enfrentamiento y su
rifle estaba en el suelo. El otro cazador levantó su arma.
Barrera disparó primero. No supo si lo había alcanzado. Cano
estaba herido. Barrera terminó cargándolo durante una buena parte del trayecto.
Luján había desaparecido. Llegaron hasta el puente viejo porque les
daba cobertura. Kano estaba perdiendo sangre. Barrera llevaba poca munición.
Durante casi una hora escuchaban movimiento arriba del puente. El
radio portátil que Barrera llevaba había golpeado contra una roca
durante la bajada. La antena estaba doblada y apenas recibía señal.
Intentó comunicarse varias veces. Después escucharon algo acercándose entre los árboles.
Barrera pensó que finalmente los habían encontrado. Levantó el rifle,
pero lo que salió de entre la vegetación fue el coyote,
el mismo que había visto caer en la barranca. Venía herido,
arrastraba una pierna y llevaba el radio de Luján sujeto
al cuello. Barrera apuntó de inmediato. Cano, desde el suelo,
levantó su arma también. Los dos apretaron el gatillo casi
al mismo tiempo. Ninguna de las dos armas detonó. Barrera
me dijo que, justo cuando presionaron los gatillos, el coyote
bajó la cabeza como si esperara el disparo. Después se
alejó entre los árboles. Los cazadores todavía seguían en la zona.
Barrera y Cano los escucharon moverse arriba del puente. Después
de que el coyote se alejó, escucharon gritos más arriba,
luego varios disparos. Barrera nunca aseguró que el animal hubiera
atacado a los cazadores. solo dijo que los disparos comenzaron
a escucharse cada vez más lejos en dirección contraria al puente.
Barrera enderezó la antena como pudo y se movió hasta
uno de los extremos del puente buscando señal. Hasta que finalmente,
a las 3 con 7, consiguió enlazar durante unos segundos.
Esa fue la transmisión que recibimos. No sé qué parte
de Gabriel Luján quedó en cada cuerpo. Nunca lo supe.
Jacinta tampoco pudo explicarlo. El informe oficial no mencionó nada
de lo ocurrido aquella noche. El capitán Gabriel Luján quedó
registrado como muerto durante una operación en la Sierra Norte
de Puebla. Unas semanas después fui a ver a Sofía.
Le entregué el anillo de su padre. Le conté lo
que había ocurrido en la cumbre. Le dije que Gabriel
Luján había muerto protegiendo a sus hombres. Sofía sostuvo el
anillo entre sus dedos durante unos segundos. Después me miró. Entonces,¿
por qué sigue viniendo a verme? Me dijo. Pensé que
no había entendido. ¿Quién? Le pregunté. Mi papá. Sofía señaló
la ventana de su cuarto. A veces viene en la noche.
Me acerqué a mirar. Debajo de la ventana había huellas
de un animal grande. En el marco de madera encontré
tres marcas. Dos juntas, una separada. No le dije nada.
Pasaron varios años. Dejé el ejército. Nunca volví a la cumbre.
Tampoco regresé a San Bartolo. Durante mucho tiempo traté de
convencerme de que todo había terminado aquella mañana. Hasta hace
tres meses recibí un paquete sin remitente. Dentro estaba el
radio militar de Luján. También estaba el hilo rojo. También
estaba el hilo rojo. Lo reconocí de inmediato. pero solo
tenía dos nudos. A las 2.13 de esa madrugada me
despertó un ruido. Era estática. El radio se había encendido.
No tenía batería. Me acerqué. Entonces escuché la voz de Luján. Base, cumbre.
Solicito relevo. El radio se apagó. Desde entonces encuentro huellas
alrededor de mi casa. Parecen de coyote. excepto por algunas.
Esas terminan en algo parecido a un talón humano. Mi
perro dejó de ladrar después de las once. Ayer, por
la mañana, desperté con el hilo rojo alrededor de la
muñeca izquierda. No recuerdo habermelo puesto. Solo recuerdo que tenía
dos nudos, pero esta mañana apareció el tercero.