Mi Última Noche Como Guardia: El Informe Que Nadie Quiso Firmar
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Speaker 2: Cuidar un taller de locomotoras viejo es caminar entre toneladas
de metal frío. A las 3 y 15 de la mañana,
escuché el golpe seco de un martillo contra el acero
desde la fosa de mantenimiento, debajo de uno de los
vagones oxidados. Esa noche, yo era el único guardia dentro
del taller, y según el registro, todos los trabajadores ya
habían salido. Así que, cuando el golpe volvió a sonar
unos segundos después... Dejé de pensar que alguna pieza se
había soltado. Esperé un poco. Escuché otro impacto en el
mismo lugar y entendí que alguien estaba trabajando debajo del vagón.
Revisé la hoja de acceso otra vez. Confirmé que no
quedaba nadie autorizado. Tomé la lámpara y salí de la caseta.
Mi primera idea fue sencilla. Algún mecánico se había quedado
sin avisar o alguien había registrado mal su salida. Mientras
avanzaba hacia la vía, los golpes continuaron con el mismo ritmo.
Llegué a la fosa, me quedé arriba y apunté la
lámpara hacia abajo. Primero vi unas botas, después un overol
azul y al final a un hombre alto frente a
una de las ruedas del vagón. Sostenía un mazo de
hierro con las dos manos, lo levantaba, golpeaba la rueda
y esperaba unos segundos antes de repetir. No lo reconocí.
Yo conocía a la gente que solía quedarse después del
turno y aquel hombre no era uno de ellos. Pensé
que podía pertenecer a otra cuadrilla, pero de cualquier forma
tenía que haberse registrado antes de entrar. Tampoco iba a
bajar mientras siguiera con el mazo en las manos, de
modo que me quedé arriba y le pregunté quién era,
pero no respondió. Lo primero que me llamó la atención
fue el overall, completamente limpio. En esa fosa todo terminaba
manchado de grasa o polvo, incluso después de unos minutos,
y él no tenía una sola marca visible. Le pedí
que dejara la herramienta y me mostrara su identificación. Siguió
frente a la rueda sin responder ni voltear. Le repetí
que no había nadie autorizado para trabajar a esa hora
y que necesitaba saber su nombre. Entonces bajó el mazo
y se quedó quieto. Yo seguía apuntándolo con la lámpara,
esperando que sacara un gafete o dijera algo, pero no
hizo ninguna de las dos cosas. Volví a preguntarle quién era.
Esta vez soltó la herramienta. El hierro cayó al piso
de la fosa con un golpe fuerte y después el
hombre levantó la cabeza. Su cara no tenía nada fuera
de lo común, pero lo que me hizo detenerme fueron
los ojos. Cuando la luz le dio de frente, los
dos reflejaron un brillo verde. Pensé que podía llevar lentes,
aunque no tenía nada en la cara. Bajé la lámpara
y volví a apuntarle, pero el reflejo apareció otra vez.
No era un destello breve, permanecía mientras la luz le
daba directamente. En ese momento no pensé en algo sobrenatural.
Pensé que podía estar drogado, alterado o tener algún problema
y que lo mejor era mantener distancia. Le pedí una
vez más que se identificara, pero no contestó ni hizo
ningún gesto. Giró el cuerpo y caminó hacia la escalera.
Le ordené que se quedara abajo. Puso una mano en
el pasamanos y apoyó un pie en el primer escalón.
Le advertí que no subiera y que iba a pedir apoyo,
pero siguió avanzando. Retrocedí un paso y él subió otro.
Volví a darle la orden, esta vez más fuerte, pero
no me respondió. Hasta entonces se había movido despacio y
de repente agarró el pasamanos con las dos manos y
empezó a subir mucho más rápido. Las botas golpearon el
metal una detrás de otra y entendí que venía directo
hacia mí. Me di vuelta y corrí. Escuché los últimos
golpes en la escalera, Y unos segundos después, el sonido cambió.
Ya estaba arriba. Saqué el radio mientras corría e intenté comunicarme,
pero nadie respondió. Volví a llamar sin detenerme y solo
escuché estática. No miré hacia atrás hasta que pasé uno
de los vagones. Y cuando lo hice, el hombre estaba
en el andén, detrás de mí. No corría, avanzaba rápido
y mantenía la vista fija en mí. Yo seguí corriendo,
pero la distancia no aumentaba. y eso me hizo acelerar.
Levanté la lámpara y se la apunté a la cara
una vez más, y sus ojos devolvieron el mismo brillo verde.
A esas alturas ya no quería saber quién era ni
qué hacía en la fosa, solo quería llegar a la
caseta antes que él. Seguí corriendo sin volver a hablarle.
No tenía sentido enfrentarme con alguien que no obedecía ninguna orden,
que había estado dentro del taller sin registrarse y que
podía llevar otra herramienta encima Mientras avanzaba, apreté varias veces
el botón del radio, pero seguía sin respuesta. La caseta
estaba adelante y sabía que podía asegurar la puerta desde dentro,
y esa era mi única ventaja. Llegué, entré y cerré.
Puse el seguro, aseguré los candados y me quedé unos
segundos con la espalda contra la puerta, tratando de escuchar.
Tenía la respiración agitada por la carrera, así que la
contuve para distinguir cualquier ruido afuera. Al principio no oí nada.
Pensé que podía haberse detenido antes de llegar o haberse
quedado entre los vagones. Saqué el celular y revisé la señal,
pero no tenía servicio dentro del taller. Me acerqué a
la ventana para intentarlo otra vez y levanté el teléfono
buscando cobertura, pero no alcancé a marcar. Afuera sonó una
pisada y después otra, pero más cerca de la puerta.
Bajé el teléfono y me quedé inmóvil escuchando. El hombre
ya había llegado a la caseta. La primera pisada sonó
frente a la ventana y la siguiente cerca de la puerta.
Apagué la lámpara y me aparté del vidrio, dejando la
caseta a oscuras. Revisé el celular, pero seguía sin servicio,
así que lo levanté unos segundos junto a la ventana.
mientras trataba de ubicarlo por el ruido afuera quedó todo
en silencio no sabía si estaba frente a la entrada
o junto a la pared y no quise asomarme para
comprobarlo poco después volvieron las pisadas empezó a rodear la
caseta pasaba frente a la puerta seguía por un costado
y regresaba por el otro no tocaba no movía la
manija y tampoco decía nada solo daba vueltas alrededor Tenía
el teléfono en una mano y el radio en la otra.
Cambié de canal, pedí apoyo y reporté que había una
persona sin identificar dentro del taller. La respuesta fue estática.
Probé otra frecuencia y no conseguí contacto. Entonces bajé el
volumen y me quedé atento. Las pisadas siguieron unos segundos
más hasta que se detuvieron justo debajo de la ventana.
yo permanecí lejos del vidrio entonces oí un roce lento
sobre la lámina exterior primero corto y después más largo
no vi que lo produjo y no intenté averiguarlo me
limité a retroceder hacia el otro lado de la caseta
y a mantener la vista en la puerta el celular
recuperó una barra de cobertura le marqué al encargado del
turno la llamada empezó a salir y se cortó antes
de conectar volví a intentarlo y pasó lo mismo Mientras
miraba la pantalla, el roce apareció otra vez junto a
la ventana, más cerca que antes. Levanté la cabeza y esperé.
No hubo voz ni golpe, solo ese contacto sobre el
metal y luego tres pasos hacia la entrada. Se detuvo
frente a la puerta. Yo miré el seguro y los candados,
esperando que moviera la manija o empujara desde afuera. Durante
varios segundos no ocurrió nada y pensé que quizá se
había apartado. pero no tuve tiempo de comprobarlo. El golpe
llegó de frente y hundió la puerta hacia adentro. El
metal tronó, los candados aguantaron y yo retrocedí hasta la pared.
No vi con qué golpeó, solo vi la lámina doblarse
en el centro. Me quedé inmóvil esperando otro impacto, pero
no llegó y tampoco volvió a tocar la entrada. Solo
escuché una risa demoníaca y burlona. Contuve la respiración para
distinguir cualquier movimiento del otro lado, pero ya no había pasos,
roces ni voces. El silencio fue inmediato. Mientras daba vueltas
alrededor de la caseta, yo podía seguir su posición por
el ruido, pero después del golpe y de la risa,
dejé de saber en dónde estaba. Me mantuve alejado de
la puerta y volví a revisar el teléfono. La cobertura
había desaparecido. No me acerqué a la ventana para buscarla.
porque unos minutos antes se había detenido justo ahí. Probé
el radio varias veces con el volumen bajo y nadie respondió.
A esa hora no había personal dentro del taller y
el relevo no llegaría hasta la mañana, así que decidí
no salir. Seguía buscando una explicación concreta. Podía haberse metido
antes de mi turno, esconderse entre los vagones o haber
encontrado una entrada que yo no hubiera visto. También podía
estar drogado o alterado, pero... ninguna de esas posibilidades cambiaba
lo que tenía que hacer la puerta estaba cerrada y
yo iba a mantenerla así me senté en el piso
fuera de la línea de la ventana con la lámpara
apagada y el radio a un lado cada cierto tiempo
me levantaba para escuchar pero afuera ya no había movimiento
El celular recuperaba cobertura durante unos segundos y volvía a perderla,
así que intenté otras llamadas sin éxito. En una ocasión
percibí un ruido lejos de la caseta, pero no pude
identificarlo y no me moví. No quería abrir por curiosidad
ni salir a revisar. Después del golpe y de la risa,
cualquier cosa que ocurriera afuera podía esperar hasta que llegara
más gente. Con el paso del tiempo, empezó a entrar
claridad por la ventana. Ya podía distinguir mejor la puerta
deformada y parte del interior de la caseta, pero seguí
esperando hasta que oí un vehículo en el patio, luego
voces conocidas. Me acerqué al vidrio y vi a dos
compañeros del turno de la mañana entrando al taller. Les
grité que se detuvieran y les pregunté si habían visto
a alguien afuera. Dijeron que no. Antes de abrir, les
pedí que revisaran alrededor de la caseta. Uno pasó por
un costado, mientras el otro se quedó frente a la entrada.
Rodearon el lugar, miraron hacia los vagones y regresaron sin
encontrar a nadie. Entonces quité el primer candado, después el
segundo y traté de abrir, pero la puerta se había
doblado con el golpe y quedó atorada contra el marco,
así que tuve que empujarla varias veces hasta conseguir moverla.
Salí todavía con la lámpara en la mano. Uno de
los guardias me preguntó qué había pasado, pero antes de
contestarle miré la puerta desde afuera. La abolladura era más
profunda de lo que había visto desde dentro, y en
el centro había una marca que no había notado durante
la noche. Me acerqué un poco más y la forma
era clara. Una palma y cinco dedos impresos sobre la pintura,
pero no había grasa ni lodo alrededor. La superficie estaba
oscurecida exactamente en la zona de la marca y la
pintura se había levantado en algunos puntos. Ninguno de los
tres tocó la puerta al principio. Nos quedamos mirándola en silencio,
tratando de entender qué podía haber dejado una impresión así,
después de un solo golpe. Era la marca completa de
una mano humana y la pintura alrededor estaba quemada. Me
acerqué a la puerta sin tocar la marca. Los otros
dos guardias hicieron lo mismo. y durante unos segundos ninguno
dijo nada. Se distinguían la palma y los cinco dedos,
mientras la pintura alrededor estaba oscurecida y levantada en algunos puntos.
Uno de ellos me preguntó si había visto al intruso
golpear con la mano. Le dije que no, que yo
estaba apartado cuando ocurrió, y solo había escuchado el impacto
antes de ver la puerta hundida desde dentro, y que
después vino la risa demoníaca. Revisamos la superficie sin acercar
las manos y después miramos alrededor de la caseta, buscando
algo que pudiera explicar la marca. Uno de mis compañeros
caminó hacia la ventana y se detuvo. Me llamó para
que fuera hasta ahí. Debajo había dos impresiones profundas en
el suelo, colocadas una junto a la otra y orientadas
hacia la pared. Me agaché para verlas mejor. No eran
huellas de botas y tampoco correspondían a las patas de
un perro. cada una estaba dividida al frente con dos
partes bien marcadas eran huellas de pezuña revisamos el terreno
alrededor primero junto a la caseta y después unos metros
hacia el patio pero no encontramos una línea que llegara
hasta ese punto ni marcas que continuaran en otra dirección
solo estaban esas dos debajo de la ventana recordé en
donde se habían detenido las pisadas durante la noche y
era ese mismo lugar También había escuchado el roce sobre
la lámina desde ahí, aunque en ese momento no comenté
nada y preferí seguir revisando. Uno de los guardias me
preguntó otra vez cómo era el sujeto. Le dije que
era alto, llevaba un overall azul completamente limpio y no
tenía identificación visible. No añadí nada más. Los tres fuimos
hacia el vagón porque quería comprobar si el mazo seguía
dentro de la fosa. No quise ir delante ni quedarme atrás.
Caminamos juntos hasta la vía y cuando llegamos alumbramos hacia abajo.
El mazo seguía en el piso donde lo había visto caer.
Uno de mis compañeros bajó mientras nosotros permanecíamos arriba. Revisó
alrededor de la rueda el fondo de la fosa y
el acceso de la escalera, pero no encontró a nadie.
Tampoco vio ropa, herramientas ni pertenencias. que indicaran que algún
trabajador hubiera estado instalado ahí durante horas. Después levantó el
mazo para revisarlo y volvió a dejarlo en el suelo.
Ver la herramienta ahí me quitó una duda, que había
empezado a aparecer mientras estaba encerrado. Yo podía equivocarme con
un sonido o confundir una distancia en medio de la tensión,
pero ese mazo estaba en el mismo sitio en donde
lo había visto caer. La puerta seguía hundida, la mano
estaba marcada sobre la pintura, y debajo de la ventana
habíamos encontrado aquellas dos impresiones. Eran cosas concretas, y visibles
para los tres. Regresamos a la caseta y revisamos la
hoja de acceso. Todos los trabajadores figuraban como retirados, y
nadie tenía autorización para permanecer dentro durante mi turno. Cuando
llegó el encargado, le contamos lo ocurrido y le mostramos
primero la puerta, después las huellas y al final, la fosa.
Pensó que podía tratarse de un intruso que había entrado
a robar, así que revisó si faltaban herramientas, equipo o piezas,
pero no encontró ninguna ausencia. También revisamos las entradas. No
había puertas forzadas, candados rotos ni daños visibles. Eso no
descartaba que alguien hubiera encontrado otra forma de entrar, pero
tampoco encontramos un punto claro por donde hubiera pasado. El
encargado tomó fotografías de la caseta y del suelo. Luego
me pidió que hiciera un reporte por escrito antes de irme.
Me senté y anoté únicamente lo que podía afirmar. escribí
que había localizado a un hombre sin identificar dentro de
la fosa que le pedí su credencial que no respondió
y que avanzó hacia la escalera también anoté que corría
hasta la caseta cerré la puerta y más tarde escuché
un golpe desde afuera y justo después una risa burlona
al final incluí la marca de la mano y las
dos huellas encontradas durante la mañana No escribí que había
visto al diablo, ni intenté explicar qué era aquel hombre.
No tenía forma de probarlo, y tampoco quería convertir el
reporte en algo que pudiera tomarse como una exageración. Cuando terminé,
el encargado me preguntó si iba a presentarme al siguiente turno.
Le dije que no. Primero pensó que necesitaba descansar, y
luego me ofreció moverme a otra zona durante unos días,
pero volví a negarme. Entregué el radio, las llaves y
el resto del equipo. Ya había tomado la decisión antes
de sentarme a escribir. Antes de salir, pasé una última
vez frente a la caseta. La puerta seguía hundida y
la marca permanecía en el centro. Fui hasta la ventana
y miré las dos huellas desde arriba. Seguían ahí, separadas
del resto del terreno, sin un rastro que explicara de
dónde venían o hacia dónde habían continuado. Me fui esa
mañana y no regresé. Tiempo después, hablé con uno de
los hombres que seguía trabajando en el taller. Me dijo
que habían cambiado la puerta y que todo continuó funcionando
con normalidad. También me confirmó que nunca identificaron al intruso.
No le pregunté más. Con los años, he repasado muchas
veces aquella madrugada y siempre termino en los mismos hechos.
Vi a un hombre trabajando dentro de una fosa cuando
el taller debía estar vacío. le pedí que se identificara
y no me respondió sus ojos reflejaron un brillo verde
cuando les dio la luz después subió hacia mí me
siguió hasta la caseta y golpeó la puerta desde afuera
para después reírse de manera burlona con un sonido que
sólo puedo describir como demoníaco a la mañana siguiente quedaron
una mano quemada sobre el metal y dos huellas de
pezuña debajo de la ventana entregué el uniforme ese mismo
día y nunca volví a trabajar en esa zona industrial.
En las fábricas de aceite que llevan años fuera de operación,
uno termina acostumbrándose al olor de la grasa vieja que
se queda en la ropa. Yo pensaba que eso era
lo peor del turno nocturno, hasta que una noche abrí
el tablero eléctrico principal. y encontré dentro un nido hecho
con cabello humano, amarrado con alambre negro y lleno de
dientes de leche. Yo trabajaba como guardia nocturno en una
aceitera que llevaba varios años sin producir, aunque la empresa
todavía conservaba el lugar y mantenía personal durante el día.
Entraban algunos trabajadores de mantenimiento, gente de oficina y Verónica,
la encargada de limpieza. Por la noche nos quedábamos tres guardias,
cada uno cubriendo una zona distinta. Aquella vez yo estaba
haciendo mi recorrido cuando las luces del patio comenzaron a fallar.
No era raro que hubiera problemas eléctricos, así que fui
al tablero principal pensando en un contacto flojo. Abrí el registro,
metí la linterna y vi cables, polvo y suciedad. Detrás
del cableado había algo atorado. Al principio lo tomé por basura,
pero cuando acerqué la luz vi que estaba hecho de
mechones oscuros. Habían enrollado el pelo hasta formar un bulto pequeño,
sujeto con alambre negro. En el centro había pedazos de tela,
botones y varios dientes pequeños. Los miré de cerca y
reconocí dientes de leche. Me quedé quieto unos segundos porque
no entendía qué hacía aquello. Dentro de un tablero que
solo abría personal de la planta. Fui por unas pinzas
y regresé. No quería meter la mano entre los cables
ni tocar el objeto directamente. Lo saqué con cuidado y
al moverlo uno de los mechones se soltó. Era largo,
negro y grueso, con una franja más clara cerca de
una de las puntas. Pensé en Verónica. Ella llevaba el
pelo casi hasta la cintura, y desde hacía poco tenía
una sección teñida de un tono más claro. No podía
afirmar que fuera suyo, pero el detalle se me quedó
en la cabeza. Guardé todo en una bolsa para enseñárselo
al supervisor y revisé la falla de las luces. Encontré
el problema, lo corregí y cerré el tablero. Lo que
sí tenía claro era que alguien había abierto ese registro
para meter aquello dentro, por el lugar donde estaba, pues
no podía haber terminado ahí por accidente. Después caminé hacia
la oficina en donde guardábamos la bitácora, para dejar anotada
la falla y el hallazgo. Antes de llegar, escuché un
sonido dentro del edificio administrativo. Me detuve y presté atención.
Volvió a escucharse. Venía del segundo piso y sonaba unas
tijeras cortando algo duro. Llamé por radio al guardia de
la entrada y le pregunté si había dejado pasar a alguien.
Me dijo que no. El tercer compañero estaba revisando otra
parte de la planta, así que les avisé que iba
a subir y que estuvieran pendientes. En ese piso estaba
el archivo de personal, donde todavía se guardaban expedientes de
empleados actuales y antiguos, Entré al edificio, crucé la planta
baja y subí. Al acercarme al pasillo, el sonido se
distinguía mejor. Venía del archivo. La puerta estaba casi cerrada
y había luz adentro. Apagué mi linterna antes de acercarme.
A pocos pasos de la puerta, escuché otra cosa. Alguien
estaba masticando. Me acerqué lo suficiente para mirar por la
abertura y vi a Verónica sentada en el piso, rodeada
de carpetas. La reconocí primero por el pelo y luego
por la ropa de trabajo. Tenía unas tijeras grandes de
jardinero y estaba cortando documentos. Al principio pensé que podía
estar retirando papelería vieja, pero enseguida vi que seleccionaba partes concretas.
Abría una carpeta, revisaba las hojas y cortaba en donde
aparecían nombres, fotografías, copias de identificaciones y datos personales. algunos
fragmentos los dejaba en el suelo y otros los guardaba
en una bolsa negra. No había nadie con ella. Seguí
observando desde el pasillo. Entonces tomó un pedazo de una credencial,
se lo llevó a la boca, lo mordió varias veces
y lo escupió sobre una hoja. Era el mismo plástico
blanco con franja azul de las credenciales que usábamos los empleados.
Retrocedí y llamé a mis compañeros. Les dije que Verónica
estaba dentro del archivo que estaba destruyendo expedientes y que
llevaba unas tijeras grandes. El guardia de la entrada me
preguntó si estaba seguro de que era ella y le
respondí que sí. Mientras hablábamos, el sonido se detuvo. Guardé
el radio, me acerqué otra vez y miré por la abertura.
Verónica seguía en el piso, pero ahora tenía la cabeza
girada hacia la puerta, pero no podía verle toda la cara.
permaneció quieta unos segundos y después volvió a mover las
carpetas decidí no entrar las tijeras tenían hojas largas y
yo estaba solo y mis compañeros ya venían hacia el
edificio así que me quedé a unos metros atento a
la puerta volvía a asomarme cuando escuché papeles moverse junto
a ella había fotografías recortadas varios mechones atados y pequeños
objetos de uso personal Miré la bolsa transparente que llevaba
conmigo y después el pelo de Verónica. El color, el
grosor y la franja clara coincidían, aunque seguía sin tener
forma de saber de dónde había salido lo que encontré
en el tablero. En ese momento dejó las carpetas, se
apoyó en el suelo y se levantó. La puerta se
abrió de golpe. Verónica salió al pasillo con las tijeras
en una mano y la bolsa negra en la otra.
Nos quedamos frente a frente, tenía restos de plástico pegados
en los labios y una mancha azul cerca de la
boca no dijo nada y yo tampoco me acerqué hasta
ese momento siempre la había visto limpiando oficinas entrando a
la caseta por agua o hablando con los empleados durante
el día esa noche estaba a pocos metros de mí
con documentos ajenos dentro de una bolsa y unas tijeras
de jardinero todavía cerradas en la mano le pedí que
dejara las tijeras en el suelo y se quedara donde
estaba Verónica no respondió. Mantuvo la bolsa negra en una
mano y las tijeras en la otra, sin apartar la
vista de mí. Yo conservé la distancia porque no sabía
qué iba a hacer y no tenía intención de acercarme
mientras siguiera sosteniendo esa herramienta. Volví a decirle que soltara
las tijeras, pero en ese momento escuchamos a uno de
mis compañeros subiendo por las escaleras. Verónica giró la cabeza
hacia el ruido. Miró después hacia la salida de emergencia
y se echó a correr. Le grité que se detuviera,
pero llegó a la puerta, la abrió y bajó antes
de que pudiéramos cerrarle el paso. Mi compañero apareció en
el pasillo cuando ella ya estaba fuera y los dos
fuimos detrás manteniendo distancia. El tercer guardia venía desde otra
zona de la planta y alcanzó a verla cuando cruzó
el patio. Verónica siguió hasta salir del terreno, llegó a
la calle y corrió hacia la avenida. durante unos segundos
todavía pudimos verla luego se perdió entre los vehículos y
dejamos de seguirla llevaba las tijeras ya habíamos pedido apoyo
y ninguno de nosotros iba a salir detrás de ella
sin saber hasta dónde podía llegar regresamos al edificio y
dejamos la salida vigilada la bolsa negra había quedado en
el pasillo mientras dentro del archivo seguían las carpetas abiertas
hojas cortadas y fotografías tiradas alrededor del lugar en donde
Verónica había estado sentada. Uno de mis compañeros se acercó
lo suficiente para leer la etiqueta de una carpeta y
encontró su nombre. Revisamos las demás sin moverlas más de
lo necesario. Otra pertenecía al tercer guardia, y debajo de
varios papeles estaba la mía. No había expedientes abiertos del
personal de mantenimiento, tampoco del supervisor ni de los trabajadores
que entraban durante el día. Las tres carpetas que había
separado correspondían a los tres guardias del turno nocturno ahí
quedó claro que no había escogido esos documentos por casualidad
llamamos al supervisor le contamos lo ocurrido y nos ordenó
dejar todo como estaba hasta que llegara la policía cuando
llegaron los agentes revisaron el archivo aseguraron la bolsa negra
y comenzaron a levantar los objetos que verónica había dejado
también les entregué la bolsa con lo que yo había
sacado del tablero eléctrico expliqué en dónde lo encontré y
mencioné que el cabello tenía características similares al de verónica
pero también dejé claro que yo no podía asegurar que
fuera suyo uno de los agentes me pidió que identificara
mi expediente la carpeta estaba cortada por un costado y
faltaban algunas hojas adentro todavía estaban varios documentos que había
entregado al ingresar a la empresa Mi nombre completo, una
copia de mi identificación, números de contacto, una dirección y
los datos de familiares para emergencias. Encima de esos papeles
estaba mi fotografía de empleado. Los dos ojos estaban quemados
con un cigarro. Eran dos marcas redondas, una sobre cada ojo,
hechas directamente sobre la imagen. Me quedé mirando la foto
unos segundos y después revisé el resto de la carpeta.
En el expediente de uno de mis compañeros faltaba parte
de la copia de su identificación y en el del
otro habían recortado datos personales. Dentro de la bolsa que
Verónica soltó encontraron fragmentos de esos mismos documentos, fotografías separadas
de sus hojas y varios recortes doblados. Los agentes siguieron
trabajando dentro del archivo mientras nosotros permanecíamos afuera y después
nos llamaron por separado para tomar nuestra declaración. George lo
que había visto y nada más. Expliqué que había escuchado
actividad en el segundo piso, que encontré a Verónica dentro
del archivo cortando expedientes, que llevaba unas tijeras de jardinero,
que estaba retirando fotografías, identificaciones y datos personales, y que
después escapó por la salida de emergencia. También informé del
objeto hallado en el tablero. No intenté darle un significado
a los dientes, al cabello o a los demás elementos,
porque no sabía para qué servían, y tampoco tenía pruebas
para afirmar que se tratara de algún trabajo de brujería.
Lo que sí estaba frente a nosotros... Eran tres expedientes seleccionados,
documentos mutilados y una bolsa con información, perteneciente a los
guardias que trabajábamos esa noche. Cuando terminaron de tomar nuestras declaraciones,
el supervisor confirmó que Verónica ya no tenía autorización para
entrar a la planta y que iban a cambiar las
cerraduras del archivo. Le pregunté si ella tenía permiso para
entrar ahí antes de esa noche y me respondió que no.
También pregunté si alguien sabía que ella tuviera una copia
de la llave, pero nadie pudo explicarlo. Eso me hizo
pensar en todo el tiempo que llevaba trabajando con nosotros.
Verónica entraba a las oficinas para limpiar, recogía papeles, vaciaba
botes de basura y podía permanecer cerca de los escritorios
sin llamar la atención. Había visto credenciales, nombres, fotografías y
documentos que nosotros dejábamos a la porque nunca habíamos tenido
un motivo para desconfiar de ella. Yo mismo la había
visto entrar y salir de áreas en donde se guardaba
información de empleados y jamás me había detenido a pensar
en cuánto podía aprender de nosotros con solo hacer su
trabajo diario. Cuando salí de la planta seguía pensando en
mi fotografía. no en las tijeras ni en el objeto
del tablero, sino en los dos ojos quemados y en
los fragmentos de mi expediente dentro de aquella bolsa. Pedí
que me avisaran en cuanto supieran si la policía había
localizado a Verónica, porque no sabía cuánto de mi información
había alcanzado a sacar antes de que yo la encontrara.
Al llegar a casa, guardé el uniforme, Revisé mis documentos
y llamé a uno de mis familiares porque su número
aparecía en la hoja de contacto de mi expediente. Le
dije que había ocurrido un problema en el trabajo y
que no diera información sobre mí a ninguna persona desconocida.
No entré en detalles. Esa noche dormí poco y mantuve
el teléfono cerca esperando alguna noticia. Al día siguiente me
llamó el supervisor y me pidió que regresara a la planta.
No me explicó todo por teléfono, solamente me dijo que
la policía había ido al domicilio registrado de Verónica y
que dentro de la propiedad habían encontrado pertenencias relacionadas con
trabajadores de la aceitera. Cuando escuché eso, dejé de pensar
en el archivo como un hecho aislado y entendí que
todavía faltaba saber cuánto tiempo llevaba reuniendo cosas de los empleados.
Volví a la planta al día siguiente. El supervisor estaba
con dos personas de la empresa y me explicó lo
que habían confirmado hasta ese momento. Verónica no había regresado
a trabajar y la policía todavía no la localizaba. En
la casa registrada a su nombre encontraron pertenencias de empleados
de la aceitera, entre ellas ropa, uniformes y objetos personales
que habían sido reportados como perdidos durante los meses anteriores.
Parte de esas cosas estaba guardada dentro de la vivienda
y otra parte apareció en un pozo. Algunas prendas tenían
nombres escritos, otras conservaban etiquetas de trabajo y varias pudieron
relacionarse con personas que seguían en la planta. Uno de
mis compañeros reconoció una chamarra que había perdido tiempo atrás.
También aparecieron uniformes que la empresa había dado por extraviados
y ropa de gente que ya no trabajaba con nosotros.
Pregunté si habían encontrado documentos y me dijeron que sí.
Había fotografías, copias de identificaciones, hojas con nombres, teléfonos y
otros datos de empleados. No me mostraron nada, tampoco me
dieron una lista completa, pero con eso me bastó para
entender que lo ocurrido en el archivo no había empezado
aquella noche. Verónica llevaba casi dos años entrando y saliendo
de la planta. Durante ese tiempo había tenido acceso diario
a oficinas, escritorios, casilleros y botes de basura. Podía recoger papeles,
mover pertenencias y permanecer cerca de documentos sin que nadie
le preguntara qué estaba haciendo. Yo mismo le había abierto
oficinas algunas veces, cuando llegaba temprano y todavía no estaba
el personal administrativo. Nunca me preocupó verla cerca de expedientes
o escritorios, porque su trabajo consistía en limpiar esas áreas.
Una copia de identificación podía quedarse olvidada, una fotografía podía
terminar entre papeles desechados y una dirección podía quedar escrita
en cualquier formulario. Ella tenía tiempo para ver todo eso
y también para llevarse algo sin que nadie lo notara
de inmediato. Pregunté si, entre las cosas encontradas, había algo mío.
El supervisor me respondió que todavía no lo sabían. No insistí,
porque ya sabía que Verónica había tenido mi expediente abierto
frente a ella y había guardado parte de mis documentos
en una bolsa. Eso era suficiente. El supervisor me explicó
que la empresa iba a cambiar cerraduras, revisar accesos y
limitar quién podía entrar al archivo. Escuché todo lo que
me dijo, pero ninguna de esas medidas cambiaba mi situación.
Mi carpeta contenía mi nombre completo, una dirección, teléfonos de familiares,
datos de contacto y una copia de mi identificación. Yo
no sabía qué parte de esa información había alcanzado a guardar.
Tampoco sabía si había fotografiado documentos antes de que yo
la sorprendiera. Además, había escogido las carpetas de los tres
guardias que trabajábamos de noche, no las de cualquier empleado.
Le pregunté directamente si ya la habían localizado. El supervisor
me dijo que no, y con esa respuesta tomé mi decisión.
Fui a la caseta, saqué mis cosas del casillero, entregué
el radio, las llaves y el equipo que tenía asignado.
Me ofrecieron tomar unos días antes de decidir si quería regresar,
pero no acepté. Firmé mi renuncia ese mismo día. Uno
de mis compañeros también estaba pensando en irse, y el
otro pidió que lo cambiaran de turno. Yo no quería
volver a pasar una noche en esa planta, sabiendo que
Verónica conocía nuestras rutinas, los accesos y la forma en
que nos repartíamos las zonas. Durante los días siguientes cambié
mi número de teléfono, avisé a mi familia y revisé
la información que todavía podía relacionarse con la dirección que
aparecía en mi expediente. No fui a buscar a Verónica
ni intenté acercarme a su casa. Tampoco pedí ver lo
que la policía había encontrado. Preferí mantenerme fuera de todo
lo que no fuera necesario. Tiempo después, supe que Verónica
nunca volvió a presentarse en la empresa. También me contaron que,
al revisar reportes antiguos, encontraron varias pérdidas menores que, en
su momento, nadie había relacionado entre sí. Prendas olvidadas en casilleros, fotografías,
copias de credenciales y otros objetos personales. Algunas cosas aparecieron,
otras no. Nadie podía asegurar que ella hubiera tomado cada
objeto reportado, pero el hallazgo en su casa hizo que
la empresa revisara incidentes que antes había tratado como simples extravíos.
Para mí, nada de eso cambió lo que había visto
aquella noche. Mi fotografía estaba dentro del expediente y tenía
los dos ojos quemados. Mis documentos habían sido cortados. Parte
de la información estaba dentro de la bolsa que Verónica
dejó al escapar. y las carpetas de mis compañeros también
habían sido abiertas. Nunca supe qué pasó al final con
la investigación, ni si lograron determinar quién había colocado el
nido dentro del tablero eléctrico. Tampoco tuve una explicación sobre
el cabello, los dientes, las fotografías y la ropa que
encontraron en su casa. No podía afirmar que todo perteneciera
a una práctica de brujería, porque nadie me dio una
prueba de eso. pero tampoco necesitaba una explicación para decidir
que no quería seguir trabajando ahí. Había suficientes hechos para
preocuparme sin añadir nada. Lo que más se me quedó
fue saber que Verónica había tenido tiempo de reunir cosas
de otros empleados sin levantar sospechas. Durante meses entró a
las mismas oficinas, pasó junto a nosotros y siguió trabajando
sin que nadie notara algo fuera de lo normal. Cuando
la encontré en el archivo, ya había separado nuestras carpetas,
había recortado documentos y estaba guardando información. Si yo no
hubiera subido en ese momento, podía haber salido de la
planta con todo dentro de aquella bolsa. Tal vez habríamos
descubierto la falta de los papeles días después, o quizá
nadie habría notado nada, hasta que alguien necesitara uno de
esos expedientes. Yo tuve la suerte de encontrarla antes de
que terminara, aunque eso también significó saber exactamente qué información
había tenido frente a ella. Nunca volví a trabajar en
esa aceitera. Con el tiempo, dejé de preguntar si habían
encontrado a Verónica, porque nadie me daba una respuesta distinta
Lo único que supe con certeza fue que no regresó
a la planta, y que en su casa habían encontrado
pertenencias de empleados, y aunque nadie me lo dijo tal cual,
yo sabía que era brujería. Nunca averigüé para qué quería
la ropa, las fotografías, el cabello o los documentos, ni
quién metió aquel objeto dentro del tablero. Tampoco quise seguir
buscando una explicación. Cuando renuncié, Verónica seguía desaparecida. y yo
no tenía forma de saber en dónde estaba. Ella, en cambio,
ya había tenido en sus manos mis documentos. Quizá tenía
ropa mía, y le había hecho algo a mi fotografía.
Yo no sé de brujería, pero sé que eso era.
No sé cuánto tiempo más pase antes de que algo
nos suceda, o en cuánto tiempo haga efecto lo que
nos haga con brujería. Entré a trabajar como guardia nocturno
en una plaza abandonada. El lugar ya no funcionaba como
centro comercial. Quedaban algunas bodegas rentadas, varias áreas cerradas, y
el sistema de cámaras seguía encendido, porque la empresa todavía
tenía que cuidar el inmueble. Mi turno era de noche
y casi siempre me tocaba estar solo. Al principio no
me pesó, ya había trabajado turnos largos, con poco movimiento
y mucho silencio. Mi trabajo era siempre el mismo, hacía rondines,
revisaba accesos, vigilaba las cámaras y anotaba cualquier novedad en
la bitácora. Las primeras noches fueron normales, el edificio estaba vacío,
había ruido de tuberías, láminas y cables, y no pasaba
nada fuera de rutina. Yo no llegué con miedo, era
una plaza cerrada, sola a esas horas. lo raro empezó
varios días después cada madrugada al revisar una cámara del
pasillo principal veía a una persona cruzar de un lado
al otro la imagen no era perfecta pero alcanzaba para
distinguir un cuerpo caminando con paso normal entraba por un
extremo del cuadro avanzaba unos segundos y salía por el
otro el problema empezaba justo ahí porque en cuanto salía
de esa cámara tenía que aparecer en la siguiente y
nunca aparecía La primera vez pensé en una falla del sistema,
cambié de cámara de inmediato y esperé verla pasar, pero
la pantalla siguiente estaba vacía. Revisé otra más, luego otra,
y no apareció en ninguna. Salí a hacer el recorrido,
revisé el pasillo completo, las puertas de servicio, las salidas
de emergencia y la parte que conectaba con la zona cerrada,
pero no encontré a nadie. No había accesos forzados, no
había movimiento y no había rastro de que alguien hubiera
estado ahí. Lo anoté en la bitácora y lo dejé así.
A la mañana siguiente se lo comenté al relevo. Me
dijo que esos equipos a veces se trababan, que seguro
había sido un salto de imagen y que no me
enganchara con eso. Yo también prefería una explicación simple. La
noche siguiente pasó lo mismo. Ya estaba atento a esa cámara.
La persona volvió a cruzar por el mismo punto, con
el mismo ritmo y en la misma dirección. En cuanto
salió del cuadro, cambié a la siguiente cámara, pero no
había nadie. Esta vez hice el recorrido más rápido y
no encontré a nadie. A partir de ahí, dejé de
tomarlo como algo aislado. Ya no era una imagen suelta,
era un patrón. Se repetía a la misma hora, en
la misma cámara y con el mismo recorrido. Entraba por
el mismo lado, Cruzaba el pasillo y salía igual. Después, nada,
no aparecía en ninguna otra toma y tampoco estaba en
el lugar cuando yo iba a revisar. Seguí registrando todo,
lo hice por orden y por cuidado. Sabía que, si
lo contaba mal, iba a sonar inventado. Empecé a anotar
la hora, la cámara, el recorrido que hacía la figura
y el resultado del rondín. También revisé si había una
puerta mal cerrada, un punto ciego o alguna ruta interna
que no estuviera cubierta por las cámaras. No encontré nada
que explicara cómo una persona podía cruzar ese tramo y
desaparecer sin quedar registrada en otro ángulo. Después empezaron los ruidos.
No se daban al mismo tiempo que la imagen, pero
sí dentro de la misma madrugada. Eran arranques cortos de maquinaria.
Se oía un motor entrar unos segundos y apagarse Una
noche se escuchó hacia el área de cines, otra hacia
la zona de comida y otra en el estacionamiento. Cada
vez que lo oía salía a revisar. Hacía el recorrido
con la lámpara y el radio. Llegaba al punto donde
había sonado el ruido y no encontraba nada. Los cuartos
seguían cerrados, los tableros se veían apagados y no había
rastro de actividad. Tampoco había personas. Lo único claro era
el sonido. Se escuchaba bien y cuando yo llegaba ya
no había nada que lo sostuviera. En ese momento dejé
de pensar en una simple falla técnica, no porque ya
tuviera otra respuesta, sino porque la explicación fácil ya no alcanzaba.
Una falla puede pasar una vez y puede repetirse otra,
pero aquello llevaba varias noches cumpliendo el mismo patrón. Primero
la imagen en la cámara, luego los recorridos vacíos y
después los ruidos de maquinaria en zonas sin uso. Llamé
al supervisor y reporté ambas cosas. Le dije que todas
las noches veía a una persona cruzar un pasillo y
que esa persona no aparecía en ninguna otra cámara. También
le dije que estaba escuchando arranques de maquinaria en áreas
sin operación. Me respondió que siguiera anotando todo y que
después revisarían el sistema. Pero nadie fue a revisar nada.
Esa semana empecé a llegar al turno con otro ánimo.
Ya no me sentaba frente a las cámaras con la
atención repartida. Esperaba el momento en que esa imagen iba
a aparecer otra vez. El edificio seguía normal. Nadie había
forzado accesos. Nadie robaba y nadie dejaba señales de haber entrado.
Todo estaba en orden y al mismo tiempo, cada madrugada
terminaba con más apuntes y menos explicación. Yo veía a
la persona en la cámara, pero no la encontraba al salir,
y escuchaba los motores, pero al llegar todo seguía apagado.
Nunca me topé con un intruso, nunca vi una puerta
abierta y nunca encontré una razón clara para lo que
estaba pasando. Pasaron varios turnos así, Hasta que una madrugada,
poco antes del cambio de guardia, encontré a un hombre
sentado afuera de la cabina. Traía un informe de seguridad
y una libreta en la mano. No lo oí llegar
y pensé que por fin habían mandado apoyo. Me vio,
me saludó y habló con naturalidad. Dijo que ya había
leído mis anotaciones y que estaba bien que dejara todo
por escrito. Luego dijo otra cosa, que no servía salir
corriendo detrás de lo que aparecía en las cámaras, porque
nunca se encontraba nada así. Le pregunté quién era y
me respondió, soy Salgado. Después añadió que ya llevaba tiempo
en ese lugar y que no me desesperara, porque al
principio a todos les pasaba lo mismo. Habló directo, con calma,
y por eso lo dejé entrar a la cabina y
le enseñé la bitácora. Esa fue la primera vez que
hablé con él. Salgado revisó la bitácora con calma, hoja
por hoja, sin saltarse nada. Se detuvo en cada anotación,
leyó las horas, los recorridos y los reportes de ruido.
Y al terminar me dijo que estaba bien escrita, que
no resumiera de más y que siguiera anotando todo igual.
Después señaló una de las notas donde yo había puesto
lo de la cámara del pasillo principal y me dijo
que esa imagen no era nueva. que ya se había
visto antes, y que el problema no era discutir si
se trataba de un intruso o de una falla, sino
aceptar que esa figura nunca completaba el recorrido. Yo le
pregunté cómo sabía eso. Me respondió que llevaba tiempo viendo
la misma secuencia, y que por eso me estaba diciendo
que dejara de correr detrás de la imagen apenas aparecía.
Dijo que así no iba a encontrar nada. porque cuando
uno salía de inmediato perdía de vista las cámaras. Me
habló directo, sin rodeos, y le creí. Seguimos frente a
los monitores. Al poco rato se escuchó otra vez uno
de esos arranques de maquinaria, corto y seco, desde una
parte alta del edificio. Yo tomé la lámpara, pero él
me dijo que esperara. El ruido duró unos segundos y
se cortó solo. Entonces me dijo que ahora sí fuéramos
a revisar. Salimos juntos, caminamos por el pasillo y subimos
a la zona, donde antes ya había escuchado algo parecido.
Revisamos puertas y accesos, pero no encontramos nada, pues todo
seguía cerrado sin movimiento. Lo que me llamó la atención
fue su forma de moverse. Revisaba bien, con seguridad, sin
dudar en los trayectos. En el camino le pregunté desde
cuándo trabajaba ahí. Me dijo que desde antes de que
la plaza quedara casi vacía. que había conocido el lugar
cuando todavía funcionaba y que se sabía los recorridos y
los puntos donde se escuchaban más cosas. También me dijo
que había momentos en los que convenía no apartarse de
las cámaras. A mí no me sonó raro. Cuando volvimos
a la cabina, seguí preguntándole cosas. Quise saber si alguna
vez había encontrado a la persona que se veía cruzar
en la pantalla. Me dijo que no. Luego añadió otra
cosa y esa frase se me quedó grabada. Dijo que
el problema empezaba cuando uno dejaba de verla solo en
las cámaras y la reconocía en persona. Se lo pregunté
de frente. Le dije si a él le había pasado.
Me respondió que sí, una vez, y que con eso
le había bastado. No me quiso explicar más. En ese
momento empecé a fijarme mejor en él. El uniforme que
llevaba no era exactamente igual al mío. Era del mismo tipo,
pero el logo se veía viejo. También noté que la
libreta que traía no era la que usábamos para reportes,
era una libreta simple. Le pregunté si el supervisor lo
había mandado, y me respondió que no exactamente, que le
habían dicho que yo ya llevaba varias noches viendo lo mismo,
y que por eso había venido. Esa respuesta me dejó
una duda, porque nadie me había avisado que llegaría apoyo,
pero en ese momento no desconfié. La imagen volvió a
aparecer en la cámara principal mientras seguíamos en la cabina.
Los dos la vimos entrar al cuadro, cruzar el pasillo
y salir por el otro lado. Salgado me dijo que
no apartara la vista, que pasáramos de inmediato a la
siguiente cámara. Lo hicimos, pero no apareció. Cambiamos otra vez
y tampoco. La secuencia se cortó en el mismo punto
de siempre. Yo me quedé mirando las pantallas unos segundos más.
esperando que surgiera por otro ángulo, pero no salió en ninguna.
Más tarde se escuchó otro ruido, esta vez desde el estacionamiento.
Tomé la lámpara y le dije que bajáramos. Él me
respondió que prefería quedarse en la cabina, que desde ahí
podía seguir las cámaras mejor. Le pedí entonces que se
quedara atento a las pantallas, mientras yo hacía la revisión.
Asintió y salí solo. Bajé al estacionamiento, revisé la zona
donde otras veces había escuchado esos arranques y recorrí el
área completa. No había nada encendido, no había puertas abiertas
y no había nadie moviéndose. El ruido ya había parado
cuando llegué. Aún así, revisé un poco más y después
subí de nuevo a la cabina. Salgado ya no estaba.
No lo vi salir, no escuché pasos y no oí
ninguna puerta. Lo llamé por su apellido y esperé respuestas.
Pero no contestó. Salí unos metros, revisé el corredor de
la cabina y miré hacia el lado de carga. Pero
no había nadie. Volví a entrar. Sobre el escritorio seguía
una taza con café a medio tomar. La bitácora estaba
abierta en la misma página de esa noche. Me acerqué
y vi una línea escrita con una letra que no
era la mía y no estaba antes. La leí dos veces.
Decía que no saliera de la cabina apenas apareciera la imagen,
y que si volvía a verlo en persona, no le hablara.
Me quedé mirando esa frase de pie sin tocar la libreta.
Pensé que Salgado la había escrito justo antes de irse,
pero si había salido de la cabina, yo debía haberlo oído.
Esa zona hacía notar cualquier paso. Sin embargo, todo estaba
en silencio. Solo estaba la taza, la bitácora abierta y
esa línea escrita ahí. Faltaba poco para el cambio de guardia.
Cerré la puerta y me quedé frente a los monitores.
Ya no hice otro recorrido. Preferí esperar al relevo y
reportarlo todo de frente. Mientras esperaba, revisé otra vez el
mosaico de cámaras. En una de ellas, la del acceso
al estacionamiento, vi a una persona detenida junto a la rampa.
No estaba cruzando un pasillo, ni entrando o saliendo de cuadro.
Estaba quieta, mirando hacia arriba. La calidad de la imagen
no dejaba ver bien la cara, pero la postura era clara.
Era la primera vez que la figura dejaba el patrón
de siempre y se quedaba inmóvil. Me quedé sentado, sin
apartar la vista de la pantalla, hasta que escuché llegar
al relevo. Cuando llegó el cambio de guardia, les dije
de inmediato que no se fueran a la rutina, que
primero me escucharan. Venían Vera que ya conocía ese servicio
y otro compañero más nuevo. Yo seguía dentro de la
cabina con la puerta cerrada viendo las cámaras. Abrí, los
dejé pasar y les mostré la bitácora, la taza de
café y la pantalla donde unos minutos antes había visto
a la figura detenida junto a la rampa del estacionamiento.
Empecé a contarles todo en orden sin brincarme nada porque
entendí que si me aceleraba o mezclaba las cosas. iban
a pensar que estaba exagerando. Les dije que otra vez
había visto a la persona cruzar el pasillo en la
cámara principal, que volvió a perderse al pasar a la siguiente,
y que después se escucharon los ruidos de maquinaria en
distintas partes del edificio. Luego les conté lo de Salgado,
que había llegado solo, que se sentó conmigo, que revisó
mis anotaciones, que hablamos del patrón de la cámara y
que después desapareció sin que yo lo oyera salir. Al
final les enseñé la línea escrita en la bitácora. Les
dije que yo no la había puesto y que había
aparecido mientras yo estaba abajo revisando el estacionamiento. En cuanto
mencioné el apellido, Vera dejó de mirarme como se mira
a alguien que solo está cerrando turno. No me interrumpió,
tampoco me dijo que me calmara al principio. Solo esperó
a que terminara y cuando acabé me preguntó cómo era
el hombre con el que había estado hablando. se lo
describí con lo que recordaba mayor que yo uniforme de
seguridad libreta vieja trato tranquilo y seguro al caminar por
la plaza cuando terminé Vera se quedó callado unos segundos
el otro guardia no dijo nada solo se quedó junto
a la puerta viendo la taza y la bitácora yo
le pregunté a Vera qué estaba pasando entonces me dijo
una frase que no he cambiado desde esa madrugada porque
no necesita adornos Me dijo que no había ningún guardia
activo llamado Salgado. Le respondí que se estaba equivocando, que
yo acababa de pasar parte del turno con él, que
habíamos revisado las cámaras juntos y que hasta le había
servido café. Vera negó con la cabeza y me aclaró
que sí había existido un guardia con ese apellido, pero
que llevaba años muerto. Al principio pensé que se refería
a otra empresa o a otro servicio. Se lo dije.
Volvió a negarlo y me explicó que ese hombre había
trabajado en esa misma plaza, en turno de noche, cuando
el lugar todavía no estaba tan vacío, y que murió
dentro del edificio. Lo encontraron durante un servicio, después de
que reportó por radio movimientos raros y ruidos en la
zona del sótano. Vera no me lo contó como rumor
ni como cuento, me lo dijo de frente con la
seguridad de alguien que ya conocía ese antecedente. yo seguía
sin aceptarlo, le repetí que eso no cuadraba, porque yo
lo había visto entrar a la cabina, hablar conmigo, revisar
la bitácora y acompañarme por parte del edificio, le enseñé
la taza de café, todavía con un poco en el fondo,
luego abrí la bitácora en la línea que había aparecido
mientras yo estaba abajo, y le dije que esa letra
no era mía, Vera tomó la libreta, leyó la frase
y me dijo que reconocía la letra. Después sacó el celular,
buscó una foto vieja de personal de seguridad y me
la mostró sin decir nada más. Ahí estaba el mismo
hombre que yo había visto esa madrugada. No uno parecido,
no alguien con rasgos cercanos. Era él. En ese momento
dejé de discutir por unos segundos. La foto, el apellido
y la nota escrita en la bitácora encajaban demasiado. Aún así,
yo necesitaba una última comprobación, algo que no dependiera solo
de lo que me estaban diciendo. Le pedí a Vera
que revisáramos las zonas por donde habíamos pasado Salgado y yo,
y también el sótano, porque era ahí donde se habían
escuchado varias veces los arranques de maquinaria. Los tres salimos
de la cabina y empezamos el recorrido, ya con la
luz de la mañana entrando por algunos accesos. Primero revisamos
el pasillo de la cámara principal. No había nadie, no
había puertas abiertas y no había señales recientes de entrada.
Luego subimos a la parte alta, donde antes habíamos escuchado
otro ruido, pero todo seguía cerrado. Después bajamos al estacionamiento
y desde ahí seguimos hasta la zona del sótano. Yo
iba detrás de ver a mirando a todos lados y
repasando en mi cabeza lo que había hablado con Salgado
unas horas antes. No era una sensación rara, era algo
más simple y más duro. Yo recordaba bien esa conversación,
recordaba cómo se sentó, cómo pasó las hojas de la
bitácora y cómo me dijo que no saliera corriendo detrás
de la imagen, En el sótano, cerca de un cuarto
donde otras noches se habían escuchado esos arranques, encontramos una
libreta vieja sobre una repisa. Vera la tomó, la abrió
y empezó a ojearla. Eran anotaciones de rondines y reportes
del servicio, de años atrás. La letra era la misma
que había aparecido en mi bitácora esa noche. En una
de las páginas había un reporte sobre una persona que
se veía cruzar una cámara. y se perdía al pasar
a la siguiente. Más adelante, en otra anotación, se mencionaban
ruidos de maquinaria en el mismo edificio. La fecha era
de varios años antes. Yo ya no necesitaba más pruebas,
pero ver esa libreta me quitó cualquier idea de seguir
buscando una explicación rápida. No resolvía lo que había pasado,
pero cerraba una parte concreta. El hombre con el que
yo había hablado tenía nombre. Tenía registro y había dejado
escrita la misma situación mucho antes de que me tocara
a mí. Le pregunté a Vera por qué nunca me
habían advertido nada. Me respondió que la empresa no tomaba
en serio ese tipo de reportes, mientras no hubiera daños,
robos o algo que pudiera meterse en un informe común.
Luego agregó que cuando el personal nuevo empezaba a ver
lo mismo, algunos pedían cambio y otros renunciaban. No dijo más.
Yo tampoco quise alargarlo. Esa misma mañana entregué la renuncia.
No lo hice por impulso. Ya llevaba varias noches trabajando,
bajo una situación que no podía controlar ni explicar. Y
esa madrugada entendí que tampoco tenía respaldo real de la empresa.
Antes de irme, hice mi último registro en la bitácora.
Dejé anotado lo necesario sin exagerar y sin recortar nada.
puse que durante el turno observé nuevamente la presencia en
cámara que escuché arranques de maquinaria en distintas áreas y
que mantuve conversación con un guardia identificado como Salgado y
que al llegar el relevo se me informó que ese
guardia llevaba años fallecido Vera leyó la anotación y no
me pidió que la cambiara desde entonces no he vuelto
a trabajar en una plaza abandonada tampoco he querido regresar
a ese lugar Cuando alguien me pregunta por qué dejé
ese empleo, cuento lo mismo que estoy contando ahora. Varias
noches seguidas, vi a una persona cruzar un pasillo en
una cámara y perderse antes de aparecer en la siguiente.
Escuché maquinaria encenderse en un edificio vacío y nunca encontré
nada al revisar. Y la única noche en que tuve compañía,
la única noche en que hablé con alguien que conocía
bien lo que estaba pasando. El cambio de guardia me
dijo que ese compañero llevaba que cierre eso ni la
busco lo único que mantengo es el orden de los
hechos porque así fue como ocurrieron primero fueron las cámaras
después los ruidos luego la conversación con salgado y al
final la confirmación de que ese hombre ya no seguía
vivo esa es la parte que no cambió con el
tiempo y por eso la sigo contando igual así lo
viví así lo anoté y así terminó mi trabajo en
ese lugar Si te gustó este video te recomiendo ir
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