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Hasta Hoy No Tengo Una Explicación

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Speaker 2: El molino llevaba diez años cerrado, cuando acepté el turno nocturno.

La puerta del sótano tenía una sola cerradura y solo

había una llave en servicio, la misma que yo guardaba

en el bolsillo desde que empezaba cada jornada. Por eso

todavía recuerdo con claridad lo que sentí aquella noche cuando

bajé a encender la bomba de desagüe y encontré a

una mujer de espaldas arrodillada en el agua. Llevaba tres

meses trabajando ahí y conocía bien la rutina. Durante las

lluvias fuertes tenía que revisar el nivel del sótano porque

el agua se acumulaba rápido y la bomba evitaba que

alcanzara la instalación eléctrica. Aquella tormenta empezó antes de medianoche.

En uno de mis recorridos vi agua saliendo por debajo

de la puerta, así que regresé a la caseta. Tomé

la linterna, el radio y las llaves y volví al edificio.

La cerradura estaba intacta. Abrí, encendí la luz de la

escalera y empecé a bajar. El foco del fondo no funcionó.

Cuando llegué abajo, el agua ya me cubría los tobillos.

Avancé unos pasos, escuché movimientos cerca del tanque y levanté

la linterna. Entonces la vi. Durante mis rondas anteriores, había

pasado frente a esa misma entrada. Siempre encontraba el pasador

exterior libre, la puerta cerrada con llave y el área vacía.

El sótano tampoco tenía una segunda salida que yo conociera.

Por eso, antes de seguir bajando, miré de nuevo hacia

la cerradura y luego hacia el agua, tratando de ordenar

lo que estaba viendo. No escuché pasos arriba ni puertas

moviéndose en el edificio, y tampoco había nadie conmigo en

el turno. Aún con todo eso, seguí tratando a la

mujer como a una persona que necesitaba ayuda, porque en

ese momento eso era lo único razonable. Mi intención era sacarla,

encender la bomba y esperar a que bajara el nivel.

Estaba arrodillada junto al borde, completamente inmóvil, con el cabello

largo pegado a la espalda y un vestido claro empapado

hasta la parte baja. Mi primera idea fue que alguien

se había metido al molino para refugiarse de la lluvia,

pero esa explicación no encajaba con la puerta cerrada. Aún así,

le hablé con calma. Le pregunté quién era y le

dije que tenía que salir porque el nivel estaba subiendo,

pero no me respondió. Repetí la advertencia con más fuerza

y le pedí que se pusiera de pie. La mujer

movió la cabeza lentamente, sin volverse hacia mí, y empezó

a emitir un gemido agudo, áspero y continuo. El sonido

rebotaba en el concreto y me provocó un dolor fuerte

en los oídos. Retrocedí un paso, le pedí que se

calmara y mantuve la luz sobre ella. Apoyó una mano

en el tanque, luego la otra y se levantó. Seguía

dándome la espalda. El vestido estaba pegado al cuerpo por

el agua y llevaba zapatos viejos de tela. Le señalé

la escalera y le dije que saliéramos. Comenzó a caminar

hacia mí, arrastrando uno de los pies, sin responder a

ninguna de mis preguntas. Me aparté para dejarle paso, pero

cuando llegó a la escalera no pasó junto a mí.

Siguió de frente hacia donde yo estaba. retrocedí un peldaño

y le ordené que se detuviera pero no hizo caso

dio otro paso levantó la cara y por primera vez

pude verla de frente tenía el rostro muy pálido los

ojos abiertos y la piel de las mejillas y la

frente levantada en varias zonas la luz de la linterna

le dio directamente y no parpadeó el gemido seguía saliendo

de su garganta aunque apenas movía la boca Volví a

retroceder y apreté el radio para pedir apoyo, pero solo

escuché estática. Lo intenté otra vez sin resultado. Ella siguió

subiendo ahora más rápido mientras el zapato que arrastraba golpeaba

cada escalón. Dejé de hablarle y subí hacia la salida.

Llegué al patio, me giré y la vi a pocos

metros todavía avanzando. Durante un segundo pensé en seguir retrocediendo

y dejar la puerta abierta, pero levantó una mano hacia

mí y continuó acercándose. Cerré de golpe, puse el pasador

y aseguré la barra. Casi de inmediato comenzaron los golpes

desde el otro lado. Al principio fueron separados, luego llegaron

varios seguidos, fuertes y desordenados. Me alejé de la entrada,

saqué el teléfono y llamé a emergencias. Expliqué que había

una mujer atrapada en un sótano inundado que avanzaba hacia

mí sin detenerse y que yo había salido porque no

sabía qué pretendía hacer. Me indicaron que no volviera a

entrar mientras existiera riesgo y que enviarían ayuda. Después llamé

al dueño del molino. Me contestó tras varios tonos. Le

dije que había encontrado a una mujer dentro del cuarto

de bombas. No alcancé a describirla. Antes de que pudiera

añadir nada, me preguntó si llevaba un vestido claro y largo.

Me quedé en silencio y los golpes seguían detrás de

la puerta. Le pregunté cómo sabía eso, pero no me respondió.

Solo me dijo que no abriera, que esperara afuera y

que los bomberos ya iban en camino. Le aclaré que

el agua estaba subiendo y que había una persona ahí dentro.

Me repitió la instrucción y volví a preguntarle por el vestido.

Guardó silencio unos segundos. Dijo que iba hacia el molino

y terminó la llamada. Ahí fue cuando empecé a preocuparme

por algo distinto. Yo no le había dicho la edad

de la mujer, no había descrito su cara y tampoco

había mencionado la ropa. Solo le informé que había encontrado

a alguien en el sótano. Sin embargo, él conocía un

detalle que no tenía forma de saber por mi llamada.

Mientras trataba de entenderlo, los golpes empezaron a perder fuerza.

Después escuché un llanto bajo, entrecortado. Me acerqué unos metros

y le grité que la ayuda estaba en camino, pero

igual no me contestó. El llanto siguió un poco más

y al mirar hacia la base de la puerta, vi

agua saliendo por debajo. Entonces recordé que nunca había encendido

la bomba. La llave del tablero seguía conmigo. Llamé otra

vez a emergencias y avisé que el nivel continuaba subiendo.

Me insistieron en que permaneciera afuera. Aún así, avancé hacia

la puerta y pensé en retirar la barra, pero antes

de tocarla, tres golpes fuertes sacudieron el metal, así que

me detuve. El llanto volvió, cada vez más débil, hasta

apagarse por completo, y después solo escuché el agua. Regresé

a la caseta y me quedé junto a la ventana

desde donde podía ver la entrada del sótano. La corriente

siguió saliendo durante buena parte de la madrugada. No escuché

más golpes ni volvió el llanto. Llamé una vez más

para confirmar que la ayuda seguía en camino y esperé

sin apartar la vista del edificio. No quería acercarme otra

vez sin los bomberos, pero tampoco podía dejar de pensar

en la llamada al dueño. Repasé exactamente lo que le

había dicho y no encontré ninguna frase que explicara cómo

había adivinado la ropa de aquella mujer. Durante las horas

siguientes escuché la lluvia. el agua corriendo por el patio

y el ruido del techo de la caseta. Cada cierto

tiempo miraba la puerta para comprobar que la barra siguiera

en su sitio. No se movió. Al final de la noche,

cuando la lluvia empezó a bajar y el cielo comenzó

a aclararse, seguía esperando que alguien apareciera por el camino

de la entrada. Para entonces, la puerta llevaba horas cerrada

y nadie había salido. Lo que ya no podía explicar

era cómo había entrado aquella mujer, ni por qué el

dueño sabía exactamente qué llevaba puesto. Me quedé esperando ahí

hasta que amaneció por completo frente al molino. Al amanecer

llegaron los bomberos y poco después apareció el dueño del molino.

Yo seguía en la caseta cuando vi entrar los vehículos

por el portón. Salí, les indiqué dónde estaba la mujer

y les dije que llevaba horas sin escucharla. Uno de

los bomberos me preguntó si el sótano tenía otra salida.

Le respondí que no, que solo se podía entrar por

esa puerta. El pasador seguía puesto y la barra continuaba

en su sitio, exactamente donde los había dejado. Ellos se acercaron,

retiraron ambos seguros y me pidieron que permaneciera atrás mientras abrían.

Yo esperaba que el agua saliera en cuanto movieran la puerta,

porque durante la madrugada la había visto correr por debajo

del metal. No salió nada, Uno iluminó las escaleras y

empezó a bajar y el otro entró detrás. Me quedé

arriba con el dueño hasta que escuché una voz desde

el fondo. El cuarto estaba vacío. Bajé varios escalones y

lo primero que noté fue el concreto seco. Seguí hasta

el piso y comprobé que no había charcos, humedad en

las paredes ni agua alrededor del tanque y la bomba

seguía apagada. Metí la mano en el bolsillo y saqué

la llave del tablero que no había usado en toda

la noche. Los bomberos me preguntaron en dónde había estado

la mujer. Señalé el costado del tanque y el punto

donde la vi levantarse. Revisaron las tuberías, el espacio de

mantenimiento y los rincones del cuarto. No encontraron a nadie

ni descubrieron otra salida. Me acerqué mientras uno de ellos

alumbraba el interior del tanque. En el fondo había lodo y,

junto a una esquina, sobresalía un pedazo de tela. Trajeron

un gancho, lo sujetaron y comenzaron a levantarlo. Primero salió

una manga, luego el resto de la prenda. Era un

vestido viejo, deteriorado y cubierto de barro fresco. Antes de

sacarlo por completo, uno de ellos sostuvo la tela sobre

el tanque para que escurriera. El barro cayó de nuevo

al fondo y dejó visibles varias costuras oscuras en el

cuello y las mangas. Yo no necesité acercarme más para reconocerlo.

Había visto esas mismas partes cuando la mujer subió detrás

de mí por la escalera. El bombero colocó la prenda

sobre una lona, tomó fotografías y pidió una bolsa para conservarla.

Nadie la tocó con las manos. El dueño observó todo

desde la entrada y evitó acercarse mientras terminaban de asegurarla.

Yo seguí ahí, sin decir nada. Lo reconocí en cuanto

lo vi. Tenía el mismo largo, las mismas mangas y

el mismo cuello. Miré al dueño y él bajó la vista.

Uno de los bomberos le preguntó si sabía de dónde

había salido esa ropa, pero contestó que no. Entonces le

pregunté cómo había sabido lo del vestido durante nuestra llamada

y solo guardó silencio. Volví a plantearle lo mismo. Esta

vez sin rodeos, yo solo le había dicho que encontré

a una mujer en el sótano y antes de escuchar

cualquier descripción, él preguntó si llevaba un vestido claro y largo.

Me pidió que saliéramos al patio. Afuera le dije que

necesitaba una explicación. Respondió que años atrás hubo una inundación

fuerte en esa zona cuando todavía había vivienda cerca del canal.

El agua subió durante la noche y murieron varias personas,

entre ellas una mujer y sus hijos. No me dio

nombres ni fechas. Le pregunté qué relación tenía esa inundación

con el molino. Dijo que años después, algunos empleados del

turno nocturno empezaron a escuchar el llanto de una mujer

cerca del cuarto de bombas durante las tormentas. Quise saber

si alguien la había visto. Tardó en responder y finalmente

admitió que sí. Dos trabajadores, en años distintos, habían reportado

a una mujer cerca del sótano. Ambos mencionaron un vestido

claro y largo, por eso conocía ese detalle. Le pregunté

por qué nunca me habló de esos reportes cuando acepté

el puesto. Me contestó que eran historias viejas, que nadie

había demostrado la entrada de una persona al edificio y

que nunca habían encontrado una prueba física. señalé la puerta

abierta y le recordé que los bomberos acababan de sacar

una prenda del tanque no tuvo respuesta uno de los

bomberos salió con el vestido dentro de una bolsa todavía

llevaba lodo adherido a la tela el dueño lo observó

y volvió la cara le pregunté si reconocía la prenda

y dijo que no dejé la conversación y bajé otra

vez acompañado por uno de los bomberos porque quería revisar

el lugar antes de marcharme Recorrí el mismo espacio donde

había estado durante la noche. El piso continuaba seco y

no había huellas. Me detuve frente a la bomba y

pregunté si toda aquella agua podía haber desaparecido sin que

el equipo funcionara. El bombero dijo que necesitaba revisar el

sistema completo antes de responder y confirmó que la bomba

estaba apagada. Miré el tanque. El vestido ya no estaba dentro,

solo quedaba el lodo del fondo. tampoco encontramos nada que

explicara por dónde había entrado o salido aquella mujer. Subí

y regresé a la caseta. El dueño vino detrás de

mí y me dijo que me fuera a casa, descansara

y habláramos después. Abrí el cajón donde guardaban los documentos

del personal y saqué una hoja de baja voluntaria. La

puse sobre el escritorio. Él entendió lo que iba a

hacer y me pidió que no tomara una decisión en

ese momento. Le respondí que no iba a cubrir otro

turno en ese lugar. Llené la hoja, puse mi nombre,

firmé y dejé las llaves junto al documento. Antes de salir,

le pregunté qué había ocurrido con los dos trabajadores que

aseguraron haber visto a la mujer. Me dijo que ya

no trabajaban para la empresa. Quise saber por qué se

habían ido. Guardó silencio. Le pregunté si habían renunciado después

de verla, pero no me respondió y solo miró las

llaves sobre la mesa. salí de la caseta y caminé

hacia el portón los bomberos seguían trabajando junto al sótano

y la bolsa con el vestido estaba en el patio

uno de ellos se acercó antes de que me fuera

y me pidió mis datos para completar el reporte se

los di y aclaré que la llave del tablero había

permanecido conmigo durante todo el turno por lo que la

bomba no había sido encendida anotó la información y regresó

con su compañero yo miré una última vez hacia la

bolsa El lodo seguía húmedo y se había acumulado en

la parte inferior del plástico. El dueño permanecía cerca de

la oficina. No volvió a llamarme ni trató de convencerme

de regresar. Crucé el portón y dejé el molino esa

misma mañana. No volví a trabajar ahí, ni regresé por

mis cosas, porque todo lo que llevaba durante el turno

salió conmigo. Tampoco llamé al dueño para preguntar qué hicieron

con el vestido o qué significado tenían. lo último que

escuché de él fue el silencio que dejó cuando quise

saber por qué los otros dos empleados se habían ido,

eso fue suficiente para mí, había pasado toda la noche

siguiendo un procedimiento de seguridad, había pedido ayuda y había

entregado las llaves, mi trabajo terminaba ahí, firmé la renuncia

por una razón concreta, el dueño conocía el vestido antes

de que yo se lo describiera, Y después admitió que

otros trabajadores habían visto a una mujer vestida de la

misma forma. Cuando dejé las llaves sobre la mesa, ya

sabía que no iba a volver a entrar a ese sótano.

Salí por el portón, escuché cerrarse la reja detrás de

mí y seguí caminando sin mirar otra vez hacia el edificio.

Esa noche nunca se me olvida y espero no volver

a pasar por algo así en mi vida. El llanto

de la mujer era desgarrador y muy feo. es algo

que no le deseo a nadie. Si te gustó este video,

te recomiendo ir a ver Turno Nocturno en la Bodega,

Noche de la Llorona, y también El Velador que encontró

a la Llorona dentro de la bodega.

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