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LO PEOR FUE ESCUCHARLA REÍR

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Speaker 2: Recuerdo bien esa etapa de mi vida, porque fue cuando

trabajé como guía en la zona montañosa del municipio de Arteaga.

No era un trabajo turístico, como los que se anuncian

en redes o agencias, era algo más simple. La gente llegaba,

preguntaba por caminos, por senderos, por cuevas, y yo los

acompañaba porque conocía el terreno desde joven. Había caminado esas

montañas muchas veces y sabía distinguir los lugares en donde

se podía entrar y en los que era mejor dejarlos

en paz. La cueva de la que hablo no era

un atractivo oficial, no tenía señalamientos ni rutas marcadas. La

gente del municipio la conocía, pero no hablaba mucho de ella.

Durante el día algunos entraban unos metros para ver el interior,

tomar fotos o refrescarse del calor. Y al caer la noche,

nadie del lugar se acercaba. No porque alguien lo prohibiera,

sino porque así se había aprendido con los años. Un

día llegó un grupo de turistas que pidió un recorrido nocturno.

No eran imprudentes ni estaban ebrios. Habían escuchado historias sobre

risas y cantos femeninos dentro de la cueva y querían

conocerla de noche. Me preguntaron si era posible entrar con

linternas y avanzar un poco Les aclaré desde el inicio

que solo los llevaría hasta la parte inicial, donde el

suelo es firme y el techo alto, pero no ofrecí

nada más. Aceptaron sin discutir y prepararon sus lámparas y

entramos cuando ya no quedaba luz natural suficiente para ver

el interior sin ayuda. Desde la entrada la cueva se

veía amplia, no era un túnel recto. Desde los primeros

metros se dividía en varios pasajes irregulares. El suelo descendía

en algunas partes y se elevaba en otras. Había zonas

donde el techo se cerraba un poco, y otras donde

se abría lo suficiente para caminar sin encorvarse. Avanzamos despacio.

Yo iba al frente marcando el paso. A cada tramo

les indicaba dónde pisar y dónde no. El sonido dentro

de la cueva no se comportaba como en otros lugares.

Las voces no regresaban claras. A veces parecían perderse y

otras parecían venir de lados distintos al que hablaba. No

era algo alarmante, era solo una característica del lugar. Después

de unos minutos comencé a escuchar cantos suaves. No eran

fuertes ni cercanos y no parecían venir de una sola dirección.

Se desplazaban dentro de la cueva como si viajaran por

los pasajes laterales. No se escuchaban palabras claras. Eran voces

femeninas sosteniendo un tono continuo, sin subir ni bajar demasiado.

El grupo se detuvo a escuchar. Yo les pedí que

continuáramos unos metros más y luego regresaríamos. No sentí miedo

en ese momento. Solo lo tomé como un sonido que

se amplificaba por la forma de la cueva. Sin embargo,

los cantos no se detenían. Se mantenían constantes, aunque no

aumentaban de volumen. llegamos al punto que había acordado, el

suelo seguía firme y el techo alto, y ahí decidí regresar,

no porque los sonidos fueran más intensos, sino porque ya

habíamos llegado hasta donde yo consideraba seguro, para una visita nocturna,

me di la vuelta y empecé a guiarlos de regreso,

fue entonces cuando noté que la orientación ya no era clara,

la luz exterior que antes se distinguía al fondo del pasaje,

No se veía igual. No estaba completamente ausente, pero tampoco

estaba donde esperaba. El camino parecía más largo. Las paredes

se veían similares entre sí, sin las marcas que yo

recordaba haber pasado minutos antes. Avanzamos en silencio y los

cantos seguían escuchándose, pero ahora parecían rodearnos. Se mantenían a

la misma distancia, como si se movieran al mismo ritmo

que nosotros. Me detuve para revisar el terreno. Alumbré hacia atrás,

hacia los lados y hacia el frente. El pasaje por

el que habíamos entrado no se veía igual. No había

señales de derrumbe ni de bloqueo reciente. Simplemente no reconocía

el trayecto. Intenté mantener la calma y continuar caminando. No

quise alarmar al grupo y les pedí que se mantuvieran

juntos y que siguieran mis indicaciones. A cada paso me

resultaba más difícil identificar las referencias conocidas. Y la cueva

parecía extenderse más de lo que recordaba, como si hubiéramos

avanzado mucho más de lo que realmente caminamos. Ahí entendí

que no estábamos donde creíamos, y no lo pensé como

algo sobrenatural en ese instante. Lo entendí como una pérdida

real de orientación, dentro de un sistema de pasajes que

no conocía por completo. Aún así, los cantos no se detenían.

y su presencia constante hacía imposible concentrarse solo en el terreno.

Decidí detener el avance y replantear la salida. En ese punto,

la cueva ya no se sentía como un espacio de paso.

El aire parecía más pesado y el sonido se quedaba

atrapado entre las paredes. Las linternas iluminaban lo mismo una

y otra vez, sin ofrecer una referencia clara de la salida.

Fue ahí cuando comprendí. que la situación ya no dependía

sólo de encontrar el camino correcto. La cueva había dejado

de comportarse como un lugar normal, y nosotros seguíamos dentro.

Los cantos se escuchaban desde distintos puntos de la cueva.

No aumentaban de volumen, pero sí de claridad, pues ya

no parecían un sonido que se dispersaba por los pasajes.

Se escuchaban definidos, como si cada voz tuviera un lugar

específico dentro del espacio. A los pocos minutos, las risas

comenzaron a mezclarse con ellos. Eran femeninas, constantes, sin ningún

intento de ocultarse. No sonaban nerviosas ni alteradas. Sonaban seguras,

como si siempre hubieran estado ahí. Al iluminar las paredes

con la linterna, noté movimiento. No fue un reflejo ni

una confusión provocada por la luz. Eran sombras humanas, desplazándose

con claridad sobre la piedra. Caminaban de un lado a otro.

Se detenían, se balanceaban con movimientos lentos, como si siguieran

un ritmo que solo ellas escuchaban. No corrían ni se

movían de forma brusca, y eso las hacía más inquietantes.

El grupo empezó a alterarse, pero les pedí que se

mantuvieran juntos y que no apuntaran las linternas en distintas

direcciones al mismo tiempo, porque el desorden solo hacía que

las sombras parecieran multiplicarse. Mientras avanzábamos con cuidado, las vi

salir de los pasajes laterales, pero no aparecieron todas al

mismo tiempo. Iban mostrando su presencia poco a poco, como

si no tuvieran prisa. Eran mujeres encorvadas, de complexión delgada.

Su forma de caminar no era rígida ni torpe. Se

desplazaban con seguridad, apoyando las manos en la piedra en

algunos tramos. Sus uñas eran largas y raspaban el suelo

y las paredes al avanzar. El sonido era claro, constante,

imposible de ignorar, y sus ojos eran rojos y se

distinguían incluso cuando no estaban directamente frente a la luz

de las linternas. No llevaban ropa reconocible, no estaban cubiertas

ni desnudas. Su piel se veía oscura y opaca, como

si la luz no se reflejara bien en ella. No

se acercaron de golpe, se movían alrededor del grupo, entrando

y saliendo de los pasajes. y el sonido de las

uñas arrastrándose, y las risas llenaban todo el espacio. Intenté

mantener el control. Les pedí que avanzáramos hacia donde creía

que estaba la salida. Caminamos unos metros, hasta llegar al

punto donde debía comenzar el trayecto de regreso. Alumbré de

frente y me encontré con una pared sólida. No había

señales de derrumbe reciente, ni rocas sueltas, ni tierra removida.

Era piedra continua y lisa. Me acerqué para revisar con cuidado.

Pasé la mano por la superficie buscando alguna grieta o irregularidad,

pero no había nada. El camino por el que habíamos

entrado simplemente ya no existía. No se trataba de una

confusión visual ni de un error común de orientación. El

pasaje había desaparecido. Las risas se escucharon más cerca y

aunque no subieron de volumen, se sentían más presentes. como

si el espacio entre ellas y nosotros se hubiera reducido.

Las brujas comenzaron a moverse de forma más cerrada alrededor

del grupo. No formaron un círculo exacto, se desplazaban de

un lado a otro, acercándose y alejándose, manteniendo siempre una

distancia que nos impedía avanzar con libertad. Una de ellas

pasó lo suficientemente cerca como para que pudiera ver su

rostro con claridad. No tenía rasgos exagerados ni deformes, pero

sus facciones no eran humanas. Sus ojos rojos no parpadeaban.

Su boca se abría apenas al reír, sin mostrar emoción alguna.

Eso no era un disfraz, no era un animal, y

ya no había duda de lo que estaba viendo. El

grupo empezó a entrar en pánico. Algunos retrocedieron sin mirar

y chocaron contra las paredes. Les pedí que se detuvieran

y respiraran, pues gritar no servía, ya que el sonido

no salía de la cueva. Se quedaba atrapado, rebotando de

forma irregular. Las brujas no nos atacaban y no tocaban

a nadie. No extendían las manos ni mostraban los dientes,

pero su sola presencia era suficiente para mantenernos inmóviles. Cada

vez que intentábamos avanzar por un pasaje distinto, aparecían dos

o tres más bloqueando el camino. Se desplazaban con calma,

como si no tuvieran prisa ni necesidad de apresurarse. Las

risas continuaban sin variar. No había burla evidente ni amenaza directa.

Era como si ese sonido formara parte del lugar, como

si la cueva misma respirara a través de ellas. El

ambiente se volvió pesado. No por el aire ni por

el cansancio, sino por la certeza de que no teníamos

control sobre la situación. Intenté buscar otra salida. Avancé con

cuidado hacia uno de los pasajes laterales y alumbré con

la linterna. El suelo era irregular, pero firme. Antes de

poder avanzar más, una de las brujas apareció frente a mí,

saliendo del pasaje, como si siempre hubiera estado ahí. No

extendió las manos ni hizo ningún gesto. Simplemente se quedó inmóvil,

bloqueando el paso. Retrocedí despacio. No sentí un empujón ni

una amenaza directa, pero la advertencia era clara. Ese no

era un camino permitido. El aire dentro de la cueva

comenzó a sentirse distinto. Era más denso, y cada respiración

costaba un poco más. Las linternas seguían funcionando, pero la

luz parecía perder fuerza al avanzar unos metros. iluminaban pero

no ofrecían claridad suficiente para orientarse las brujas seguían moviéndose

alrededor del grupo a veces desaparecían en los pasajes y

volvían a salir por otro punto pero nunca dejaban de

estar presentes su número no era claro y no podía

contarlas pues parecían ser las mismas pero también parecían más

en ese momento entendí que no se trataba de encontrar

una salida por nuestra cuenta La cueva no estaba cerrada

al azar. Estábamos dentro de un espacio controlado por ellas,

no mediante violencia, sino mediante dominio total del lugar. Me

detuve y observé. Las brujas comenzaron a desplazarse hacia un

pasaje más estrecho, uno que antes no había considerado como opción.

No lo señalaron ni hicieron gestos, simplemente se movieron en

esa dirección y dejaron libre ese camino. No sabía a

dónde llevaba ese pasaje, ni qué nos esperaba al final,

pero también entendí que no teníamos otra opción, pues el

encierro ya era completo. Y ahí comenzó la parte más

difícil de esa noche. Las brujas dejaron de rodearnos, de

la misma forma en que habían estado haciéndolo hasta ese momento.

No desaparecieron ni se alejaron por completo, simplemente cambiaron su posición.

Comenzaron a desplazarse con calma hacia un pasaje más estrecho,

uno que hasta entonces no había considerado como opción de salida.

No señalaron, no hablaron, no hicieron gestos, solo se movieron,

y con eso fue suficiente para entender que ese era

el único camino que nos permitirían tomar. Esperé unos segundos

antes de avanzar, Observé a mi alrededor para confirmar que

ningún otro pasaje quedaba libre. Todos los demás estaban ocupados

por ellas, quietas o en movimiento lento, sin bloquear de

forma directa, pero dejando claro que no había elección. Les

pedí al grupo que se mantuviera unido y que avanzáramos

sin correr, pues no había espacio para errores ni movimientos bruscos.

Entramos al pasaje estrecho, A diferencia del resto de la cueva,

el suelo era más firme y regular. No había piedras

sueltas ni desniveles marcados. El techo era bajo, lo suficiente

para obligarnos a avanzar inclinados en algunos tramos, pero no

al punto de arrastrarnos. El aire comenzó a cambiar. Ahora

era más ligero, y cada respiración se sentía menos pesada

que dentro del área principal. Las risas y los cantos

seguían escuchándose pero cada vez más lejos. No se apagaban

de golpe, se iban quedando atrás conforme avanzábamos. No sentí

que nos persiguieran, tampoco sentí que nos observaran desde ese punto.

Era como si ese pasaje no les perteneciera de la

misma manera que el resto de la cueva. Avanzamos durante

varios minutos. No podría decir con exactitud cuánto tiempo fue.

El pasaje se mantenía constante, sin bifurcaciones evidentes. Las linternas

iluminaban el camino con mayor claridad. Las paredes ya no

parecían absorber la luz, y el sonido de nuestras pisadas

se escuchaba más normal, sin el eco irregular que habíamos

tenido antes. En un punto comencé a percibir una corriente

de aire distinta. No era fuerte, pero era constante, y

sabía lo que eso significaba. Seguí avanzando hasta que la

luz de una de las linternas alcanzó a reflejar algo

distinto en la distancia. No era piedra. Era una abertura.

Salimos por una abertura distinta a la entrada original. No

fue un túnel amplio ni una salida evidente. Era un

espacio irregular entre rocas que daba al exterior. Al salir,

la oscuridad del monte nos envolvió de inmediato, pero el

aire era diferente. Reconocí el entorno general. Sabía que estábamos

fuera de la cueva. Sin embargo, no reconocí el punto exacto.

estábamos a varios metros del lugar donde habíamos comenzado el

recorrido cuando el último del grupo salió los cantos se

detuvieron de inmediato no hubo un eco final ni una

risa que se prolongara el sonido simplemente terminó y la

cueva quedó en silencio nos alejamos unos metros más antes

de detenernos nadie habló durante varios segundos revisé que todos

estuvieran completos y sin lesiones estaban alterados cansados pero ilesos.

Las linternas seguían funcionando y no había marcas en el

suelo ni señales visibles de algo que pudiera explicar lo

ocurrido de forma sencilla. Decidí llevarlos de regreso por un

camino distinto al de la ida. No quise acercarme de

nuevo a la entrada original. Caminamos hasta llegar a una

zona más abierta y segura. Ahí nos detuvimos. Les expliqué

que el recorrido había terminado. y que no volveríamos a

entrar a ninguna cueva esa noche, después de ese día

dejé de hacer recorridos nocturnos, no fue una decisión impulsiva

ni tomada por miedo inmediato, fue una decisión clara, entendí

que ese lugar no funciona como otros espacios naturales, no

cambia con el tiempo, no se desgasta, y no se

vuelve más seguro por conocerlo más, nunca volví a entrar

a esa cueva, ni siquiera de día, No sentí la

necesidad de comprobar nada ni de buscar explicaciones adicionales. Lo

que ocurrió fue suficiente. Seguí caminando por otras zonas de

la sierra. Seguí guiando a personas por senderos distintos. Pero

ese lugar quedó fuera de mis rutas. Con el tiempo

supe que otras personas siguieron escuchando risas por las noches.

No siempre y no de forma constante. Pero lo suficiente

para que la gente del municipio Mantuviera la misma costumbre

de siempre, evitar ese sitio cuando cae la noche. Nunca

volví a hablar del tema con los turistas que estuvieron

ahí conmigo. Cada quien siguió su camino. Yo seguí con

mi vida. Tuve pesadillas posteriores relacionadas con lo ocurrido. En

esas pesadillas sí nos atacaban. Y volví a recordar a

esas brujas en la cueva. Sentí como si algo me

hubiera seguido fuera de la cueva. Lo único que cambió

fue mi forma de entender ciertos lugares. Hay espacios que

no están hechos para ser recorridos en cualquier momento, no

porque sean peligrosos de forma evidente, sino porque funcionan bajo

reglas que no siempre se pueden ver. Hasta hoy, cuando

alguien menciona esa cueva, no siento curiosidad ni ganas de volver.

Lo que necesitaba saber ya lo aprendí esa noche. Hay

lugares donde no se entra para conocerlos, sino para aprender

a mantenerse afuera. Y ahí terminó todo. Y ya no

supe más sobre las brujas de la cueva de Arteaga.

Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver

Turno Nocturno en la Bodega, Noche de la Llorona, y

también el velador que encontró a la llorona dentro de

la bodega.

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