NUNCA OLVIDÉ ESA CARRETERA
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Speaker 2: Me llamo Rubén Beltrán y todavía me acuerdo de esa
madrugada en Coahuila, con una claridad que no se me
ha quitado. Para entonces llevaba más de 20 años manejando trailer.
Conocía carreteras solas, accidentes y tramos donde convenía pasar con
otro operador cerca. Ese viaje debía ser sencillo. Había dejado
una carga, iba con la caja vacía rumbo a Monclova
y el camión venía trabajando bien. Salí de madrugada con
café en la cabina, el radio encendido y la cabeza
puesta en llegar sin detenerme en despoblado. El tramo no
tenía mucho movimiento, era carretera abierta con monte a los
lados y pocas luces. Yo lo había recorrido antes, por
eso sabía en dónde venían las curvas largas. No iba rápido,
la unidad venía ligera y eso obliga a manejar con cuidado.
porque cualquier corrección brusca se siente en todo el remolque.
Miraba al frente, revisaba los espejos y mantenía la distancia.
En el radio se escuchaban voces sueltas de otros traileros.
Uno avisó que más adelante tuviéramos cuidado, porque en esa
zona se habían visto luces raras. Nadie se rió. Otro
operador confirmó que varios habían reportado bolas de fuego cerca
del monte. Yo escuché, apreté un poco el volante y seguí.
En carretera uno oye muchas historias, unas nacen del miedo,
otras de los accidentes, y otras de gente que usa
cualquier cosa para detener camiones. Yo solo quería cruzar ese
tramo sin problemas. La primera luz apareció del lado izquierdo,
venía alta, por encima del monte, y cruzó hacia la carretera,
con una velocidad que no correspondía a ningún vehículo. era anaranjada,
redonda y fuerte, pasó frente al trailer y se perdió
del lado derecho, bajé un poco la velocidad, revisé los
espejos y mantuve la unidad centrada, no había faros detrás,
tampoco venía alguien de frente, la carretera estaba vacía y
el motor seguía parejo, tomé el radio y avisé lo
que acababa de ver, pregunté si alguien traía esa luz
a la vista, Hubo silencio durante unos segundos. Luego contestó
el nabo, un operador que ya había escuchado en otros viajes.
Su voz entró limpia por la bocina. No te pares, Rubén.
Cierra bien las puertas y sigue hasta donde haya luz.
Me quedé frío al oír mi nombre, pero recordé que
otros compañeros me conocían por el canal. Pregunté qué era eso.
El nabo respondió sin rodeos. En ese tramo se aparecen
Les dicen brujas, si te hablan, no les contestes, y
si te piden que pares, tú sigue. No alcancé a responder.
La luz volvió a salir, ahora, del lado derecho, a
la altura de la cabina. Iba junto a mí, pegada
al camino, avanzando a la misma velocidad que el tráiler.
Dejaba un reflejo anaranjado en la puerta y en el espejo,
pero no alumbraba el pavimento. Aceleré un poco para dejarla atrás,
pero la luz se mantuvo junto al camión. Aflojé el
acelerador y siguió ahí, pareja, firme, sin perder distancia. Entonces
llegó el primer golpe. Sonó en la caja, del lado derecho,
seco y fuerte. Después vinieron otros dos golpes más cerca
de la cabina. No había ramas, no había piedras en
el camino y no había otro vehículo pegado a mí.
El sonido pasó de la lámina al escalón y del
escalón a la puerta del pasajero. Me enderecé en el asiento,
puse las dos manos en el volante y dejé la
vista al frente. El miedo me subió al pecho, pero
no solté la línea del carril. El nabo volvió a hablar.«¿
Sigues en marcha?» Le respondí que sí, que algo venía
golpeando del lado derecho. Me soltó la indicación rápido.« No abras,
no bajes el vidrio y no frenes de golpe». Si
ves algo en la puerta, no le respondas. Eso fue todo.
La forma en que lo dijo me confirmó que no
estaba jugando. Conocía el tono de un operador cuando exagera
una historia, y esa vez no había burla, había urgencia.
Miré hacia la puerta del pasajero sin girar la cabeza
por completo. Primero vi una mano en el marco de
la ventana. Era una mano vieja, delgada, con uñas largas
y oscuras. Los dedos estaban doblados contra la goma, agarrados
con fuerza. Después apareció la cara. Era una anciana, con
el cabello gris pegado al vidrio por el aire, la
piel marcada y los ojos fijos en mí. Iba sostenida
de la puerta mientras el trailer avanzaba. Sus pies rozaban
el escalón y la luz anaranjada ardía detrás de ella.
golpeó el vidrio con los nudillos y la cabina vibró
movió la boca y su voz entró entre el motor
y el aire detente Rubén detente traes una falla bajé
la mirada al tablero por un instante pero todo venía
normal así que volví al frente y seguí ella golpeó
otra vez más fuerte y repitió mi nombre no contesté
cerré la mano sobre el volante y me pegué más
al respaldo para no acercarme a la puerta Un golpe
sonó del lado del conductor, pero no volteé de inmediato.
Miré primero la línea blanca, luego el espejo. Después moví
apenas los ojos hacia mi ventana. Otra anciana venía pegada
a la cabina, con las uñas metidas en la goma
y la cara a unos centímetros de la mía. Tenía
la boca abierta y los dientes visibles. Su mano raspaba
la pintura con movimientos cortos. Abre Rubén, detente, necesitas revisar.
La voz salía baja y firme. Las dos quedaron una
de cada lado, hablando al mismo tiempo, golpeando las puertas
y repitiendo la misma orden. Yo no respondí, no frené
y no quise mirarles los ojos más de lo necesario.
Me concentré en el frente, en el peso de la
unidad y en mantener el tráiler dentro del carril. Recordé
los consejos de carretera, no bajar en despoblado, no abrir
por voces y no detenerse por luces raras. Esa vez
dejaron de ser consejos. Eran la diferencia entre seguir vivo
o quedar parado en la oscuridad, con dos brujas viejas
agarradas de mi cabina. La del lado del conductor venía
tan cerca que podía ver sus dedos apretados contra el marco.
Las uñas estaban largas, sucias, dobladas hacia la punta, y
al rozar la goma dejaban un sonido áspero dentro de
la cabina. Su cara estaba pegada al vidrio, La boca
se movía, pero el ruido del motor y del aire
me partía las palabras. La del pasajero golpeaba más fuerte.
Cada golpe me entraba por el volante y por el pecho.
Yo no podía reaccionar con fuerza, pues un jalón maldado
podía sacarme del carril. Seguí derecho, con la mirada en
la línea blanca, respirando por la nariz sin responder. Las
dos hablaban al mismo tiempo. Decían mi nombre. Me ordenaban
que me detuviera y repetían que el camión traía una
falla y que debía bajar a revisar. Una de ellas dijo, Rubén, abre,
te vas a matar si sigues. La voz se escuchó clara.
Nadie afuera debía saber mi nombre y eso me heló
las manos, pero no solté el volante. Tomé el radio
sin mirar el micrófono. Le dije al nabo que traía
dos mujeres pegadas a las puertas que estaban hablando y
que no se soltaban. Él respondió, sigue, no abras nada,
busca luz. Otro operador entró al canal y dijo que
venía atrás, que no me alcanzaba, y me pidió que
mantuviera la unidad en marcha. Yo le contesté que iba
a seguir. La anciana del pasajero empezó a jalar la manija.
El seguro estaba puesto, pero la manija se movió. Después
escuché el seguro brincar por dentro, arriba y abajo, con
un golpe seco en cada movimiento. Estiré la mano derecha
y lo bajé con fuerza. Ella respondió golpeando el vidrio
con la palma. Luego arrastró las uñas por la ventana.
El sonido fue largo y fino. Me dieron ganas de
taparme los oídos, pero las dos manos tenían que quedarse
en el volante. La del conductor pegó la boca al vidrio.
Ahora sí entendí cada palabra.« Detente, Rubén. La curva te
va a sacar. Yo te estoy avisando». Lo dijo sin
gritar mientras sus dedos se hundían en la goma. Miré
al frente y vi la curva, pero no frené de golpe.
Solté un poco el acelerador, bajé la velocidad con cuidado
y dejé que el remolque se acomodara. La caja dio
un jalón leve hacia la derecha, pero lo corregí con
movimientos cortos. En medio de la curva apareció otra bola
de fuego. Cruzó frente al cofre de derecha a izquierda
y quedó un momento delante del parabrisas. No cubría todo,
pero sí me quitaba vista del camino. Me guié por
la línea del acotamiento y por el borde del carril.
Las brujas golpearon las puertas al mismo tiempo. La del
conductor metió las uñas en la goma y arrancó un pedazo.
Entró aire frío por la ranura. La del pasajero jaló
otra vez la manija. No pensé en enfrentarlas, ni en
detenerme para ver qué eran. Pensé en mantener la unidad recta.
en llegar a lámparas y en no abrir una puerta tomada.
desde afuera. El camino no tenía espacio seguro para bajar.
A la derecha estaba el monte, a la izquierda venía
el carril contrario y yo llevaba una caja larga detrás.
Una parada ahí me dejaba encerrado sin ayuda y con
las dos pegadas a la cabina. Las voces cambiaron. Dejaron
de explicar la falla y solo repetían, párate. Una lo
decía desde mi ventana, la otra desde el lado del pasajero.
Los golpes subieron de fuerza. La cabina empezó a oler
a tierra húmeda y pelo quemado. El olor entró por
la ranura rota y me hizo arder los ojos. Tosí
una vez y seguí mirando al frente. El nabo volvió
por el radio. Más adelante hay una bajada a Rubén.
No te avientes al freno o pásala derecho. Entré en
la bajada con el cuerpo rígido. El tráiler tomó velocidad.
Quité el pie del acelerador y sostuve el volante. La
bruja del pasajero se movió hacia el espejo y lo golpeó.
Y el espejo vibró. La del conductor jaló el marco
de la ventana con las dos manos. La goma tronó.
El vidrio aguantó. Pero en una esquina apareció una línea quebrada.
Al final de la bajada venía un puente angosto. Lo
vi tarde, porque la bola de fuego seguía delante del parabrisas.
No la seguí con los ojos. Miré la entrada del puente.
Acomodé el camión al centro y entré sin acelerar. A
la mitad sentí un golpe fuerte en el lado derecho
de la caja. El remolque se cargó hacia el barandal
y el volante me jaló las manos, pero no lo solté.
Lo corregí poco a poco. La bruja del conductor golpeó
el vidrio con la frente. La esquina estrellada se abrió
un poco más. Dos uñas entraron por la ranura y
alcanzaron la manga de mi camisa. Ahí sentí el tirón
en el brazo. Jalé hacia el centro de la cabina.
La tela se rasgó y algo me cortó cerca del antebrazo.
No miré la herida, pero la sangre me calentó la piel.
Del otro lado, la del pasajero seguía golpeando y jalando
la manija. Pasé el puente con la llanta derecha pisando
parte del acotamiento. El camión brincó, la caja se acomodó
y logré recuperar el carril. Entonces vi una luz fija
más adelante. No era fuego, no se movía y no
cambiaba de lugar. Era una lámpara de un paradero. Avisé
por radio que iba a meterme ahí y el operador
de atrás respondió que ya veía mis luces y que
no apagara el motor. Me pidió que entrara despacio, sin
abrir la puerta. Cuando las brujas notaron la luz, dejaron
de hablar durante unos segundos y luego golpearon con más rabia.
La del pasajero volvió a jalar la manija. La del
conductor metió los dedos por la ranura y buscó otra
vez mi brazo. Yo me hice hacia el centro, mantuve
el volante firme y preparé la entrada. Ya no pensaba
en lo que eran. Solo pensaba en llegar a esa
lámpara con el trailer completo y las puertas cerradas. Recuerdo
la entrada al paradero del lado derecho, angosta, con grava
suelta y dos lámparas encendidas. Venía saliendo del puente con
la caja todavía moviéndose detrás de mí y tuve que
bajar la velocidad sin clavar el freno. Las dos ancianas
seguían pegadas a las puertas. La del pasajero golpeaba el
vidrio con la frente. La del conductor metía las uñas
por la ranura de la ventana y jalaba la goma rota.
Ya no hablaban con calma. Ya no mencionaban la falla
del camión. Solo repetían que me detuviera antes de llegar
a la luz. Puse la direccional por costumbre y abrí
la vuelta despacio. La unidad entró a la grava con
un brinco fuerte. La caja se cargó hacia un lado
y tuve que corregir con el volante apretado entre las manos.
Frené poco a poco, solté, avancé unos metros más y
quedé debajo de una lámpara. Dejé el motor encendido, puse
el freno de estacionamiento y mantuve las luces altas prendidas.
Me quedé sentado con el cinturón puesto, mirando al frente
y escuchando los golpes en las puertas. La luz del
poste les pegó directo, la del conductor tenía la cara hundida.
el cabello gris pegado a la frente y las uñas
enterradas en el marco. La del pasajero seguía con una
mano en la manija y la otra contra el vidrio.
Las dos respiraban fuerte, con la boca abierta y ya
no repetían mi nombre. En los dedos de la que
venía de mi lado había un pedazo de tela de
mi camisa atorado entre las uñas. Yo sentía el corte
en el antebrazo, pero no aparté la vista de ellas.
El otro trailer entró detrás de mí. Lo escuché primero
por el motor y Luego vi el reflejo de sus
luces en los espejos dañados. El operador se quedó dentro
de su cabina y habló por radio. Me preguntó si
podía moverme, si estaba herido y si la seguía viendo.
Le respondí que sí, que estaban pegadas a las puertas.
Me dijo que iba a acercarse un poco más, sin bajar,
y que mantuviera las manos lejos de las manijas. Sus
faros iluminaron primero el lado izquierdo. La anciana del conductor
volteó hacia esa luz, soltó el marco y cayó a
la grava con las manos por delante. Apoyó las rodillas,
levantó la cabeza y corrió hacia el monte. La del
pasajero golpeó una última vez la puerta, soltó la manija
y cayó también. Se arrastró unos metros, después se levantó
y la siguió. Las bolas de fuego subieron detrás de ellas,
pasaron por encima de la maleza y se apagaron lejos
de la carretera. No abrí la puerta en ese momento.
Me quedé adentro con el motor encendido y el radio
en la mano. El operador de atrás me habló varias
veces hasta que pude contestarle completo. Me dijo que ya
no veía nada alrededor, pero que esperáramos a que llegaran
más camiones. Los minutos se hicieron largos. Yo miraba la
puerta del pasajero, luego la mía y luego el frente.
El ruido del motor me ayudaba a mantenerme despierto y
a no pensar en bajar solo. Cuando llegaron otros dos operadores,
ya clareaba. Bajamos juntos y nadie caminó hacia el monte.
Primero revisamos la cabina. La puerta del conductor tenía surcos
en la pintura, la goma de la ventana estaba rota
y el vidrio seguía estrellado en una esquina. Mi manga
estaba rasgada y el corte del brazo sangraba poco. La
puerta del pasajero tenía marcas en la manija, en el
marco y en la orilla del vidrio. y el espejo
derecho estaba flojo. La caja traía golpes en la lámina,
sobre todo del lado donde escuché los primeros impactos. Después
revisamos llantas, líneas, seguros y frenos. Todo estaba en condiciones
para seguir. No había una falla que me obligara a
detenerme en la carretera. El camión había respondido bien durante
todo el tramo. Las voces insistieron en que bajara a revisar,
pero la unidad estaba completa. Ese dato se me quedó grabado,
porque si yo abría la puerta en la oscuridad, me
habría bajado por obedecerlas, no por una falla real. En
la grava encontramos marcas de manos cerca de las puertas.
Había demasiadas pisadas nuestras y marcas de llantas, así que
nadie pudo separar unas de otras. Uno de los operadores
alumbró hacia el monte, vio la maleza movida en una
parte y dejó de avanzar. Otro dijo que, años atrás,
habían encontrado a un chofer fuera de su cabina, golpeado
y perdido, después de detenerse por una luz. No explicó
más y tampoco hizo falta. Todos entendimos por qué nadie
quería caminar hacia ese lado. Revisé el celular cuando me
calmé un poco. Había grabado parte del camino porque lo
traía apuntando al frente. En el video aparecen las luces
cruzando la carretera y se oyen los golpes contra la cabina.
Las brujas no salen, venían a los lados. El audio
trae ruido de motor, pero se escucha una voz de
mujer diciendo que me detuviera, y en una parte se
oye mi nombre. No era una prueba completa, pero era
lo único que tenía. Cuando tuve señal, llamé a mi patrón.
Le dije que el trailer tenía daños, que podía moverlo.
pero que no iba a seguir solo. Después llamé a
mi esposa y le dije que había tenido un problema
en carretera y que estaba vivo. Ella me oyó la
voz quebrada y me pidió que respirara antes de volver
a manejar. Yo tenía la boca seca, las manos tensas
y el brazo ardiendo, pero todavía me faltaba llegar a Monclova.
Salimos en grupo. Yo manejé en medio, con un tráiler
adelante y otro detrás. Cada vez que revisaba los espejos,
esperaba ver otra mano en la ventana. Al llegar a
la pensión, apagué el motor. Bajé despacio y me senté
junto a la llanta delantera. Las piernas me temblaban y
me quedé ahí hasta que pude levantarme. Ese día reporté
los daños. En el papel quedó escrito que la unidad
traía golpes, rayones, daño en ventana y espejo. Nadie escribió
que dos brujas se pegaron a las puertas, y yo
tampoco lo exigí. Guardé el video, la camisa rota y
las fotos de la cabina. Desde entonces no cruzo ese
tramo solo de madrugada. Si me toca pasar, espero otro
camión o lo hago de día. Sé lo que vi,
lo que escuché y sé que me pidieron detenerme hasta
el último momento. No lo hice y por eso sigo aquí.
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Una bruja en mi tráiler. Y también Lady Raite y
se convirtió en bruja dentro de mi tráiler.