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Me Dio Una Última Oportunidad Para Decir Que Sí


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Speaker 2: Mi abuelo no me dejó una casa ni dinero en

su testamento. Me dejó una quemadura en forma de cruz

invertida en la palma derecha, que empezó a sangrar exactamente

a la medianoche de su funeral. Esa misma noche, mi

madre me rompió dos costillas y, con una voz que

no era suya, me exigió firmar un contrato con mi

propia sangre. Han pasado once años y todavía conservo la cicatriz,

además de cinco marcas negras alrededor del cuello. Tenía 19

años cuando murió mi abuelo Ernesto. Era dueño de propiedades

y negocios, pero nadie en la familia conocía el origen

de su fortuna. Mi madre evitaba preguntarle, y él se

enfurecía cuando alguien mencionaba sus primeros años. Después del entierro,

su abogado me entregó un sobre con instrucciones de abrirlo

en casa. Encontré una fotografía de mi madre embarazada y

un documento con mi nombre completo. Debajo figuraba mi fecha

de nacimiento, aunque el papel llevaba una firma de varios

meses antes. Al reverso, mi abuelo había escrito que permaneciera

despierto aquella noche y que no permitiera que nadie tocara

mi mano derecha. Recordé entonces ciertas conductas de sus últimos años.

Durante las comidas se quedaba observándome y en ocasiones me

pedía que extendiera las manos. Nunca explicaba por qué. Mi

madre atribuía esas actitudes a la edad, aunque él seguía

administrando sus empresas y recordaba cada asunto pendiente. Todavía recordaba

una visita suya pocos días antes de morir. Me había

pedido que nunca firmara papeles sin leerlos, incluso si alguien

de la familia insistía. Cuando le pregunté a qué se refería,

se limitó a mirarme la mano derecha y cambió de conversación.

Guardé el sobre, sin imaginar que aquella advertencia iba dirigida

a algo que ya estaba decidido desde antes. Al regresar

del funeral, mi madre se acostó y yo permanecí en

mi habitación. Cerca de medianoche sentí un ardor en la palma.

Encendí la luz y vi una línea roja en el centro.

Aparecieron otros trazos hasta formar una cruz invertida. La piel

se abrió y empezó a sangrar. Corrí al baño, dejé

correr el agua sobre la herida e intenté limpiarla. Los

bordes se oscurecieron, una parte de la carne adquirió un

tono gris y el dolor aumentó hasta impedirme cerrar los dedos.

Busqué una venda en el botiquín. Mientras intentaba cubrirme, escuché

mi nombre pronunciado en voz baja. Revisé el teléfono y

lo apagué, pero el sonido volvió a repetirse, pero esta

vez junto a una orden de pagar lo que se debía.

Acerqué la mano al oído y oí aquellas palabras con

mayor claridad. Llamé a emergencias. Expliqué que tenía una herida

que empeoraba rápidamente y seguí las preguntas de la operadora. Entonces,

escuché pasos en el pasillo. Mi madre se detuvo frente

al baño y me pidió que abriera. Le respondí que

necesitaba ir al hospital. Su voz era más grave de

lo habitual, pero abrí porque esperaba que me ayudara. Estaba inmóvil,

con la mirada fija en mi mano. Cuando levantó la cabeza,

sus ojos comenzaron a perder el color hasta quedar completamente blancos.

Retrocedí e intenté cerrar la puerta, pero ella la detuvo.

Me agarró de la camisa y me arrastró hasta mi habitación.

Me lanzó contra la pared y sentí un dolor seco

en el costado. Caí al suelo sin conseguir respirar profundamente.

El teléfono quedó en el baño, con la llamada todavía conectada.

Mi madre cerró la puerta del dormitorio, se arrodilló y

me sujetó la mandíbula. Habló con una voz masculina, profunda,

que salió de su boca mientras sus ojos seguían blancos.

Dijo que mi abuelo había muerto dejando una deuda y

que yo era el responsable de pagarla. Le pregunté quién

estaba hablando y qué había hecho con mi madre. Me

respondió que conocía a Ernesto desde que era joven y

que había sido él quien le permitió recuperar todo lo

que había perdido. me contó que mi abuelo se había

endeudado después de la quiebra de su primer negocio. Nadie

quiso prestarle dinero y terminó pidiendo ayuda al diablo. A

cambio de riqueza, protección y años de vida, prometió entregar

a un descendiente. Mi nombre quedó elegido antes de mi nacimiento.

Comprendí entonces por qué aparecía escrito en un documento firmado

cuando mi madre todavía estaba embarazada. La voz afirmó que

el contrato de Ernesto había concluido con su muerte. y

que ahora necesitaba mi firma para establecer uno nuevo. Intenté incorporarme,

pero mi madre me empujó y apoyó una rodilla sobre

mi pecho. El dolor en las costillas me hizo gritar.

Sujetó mi mano derecha y vi que una de sus

uñas crecía hasta terminar en una punta negra. Me apretó

los dedos y la hundió en el centro de la cruz.

El dolor se extendió por el brazo. Traté de apartarme,

golpeé el suelo con la mano libre y le pedí

que parara. pero ella mantuvo la uña dentro de la

herida mientras escuchaba mi respuesta. La voz ofreció dinero, protección

y oportunidades, además de una vida larga para mi madre.

Pregunté cuál sería el precio y me contestó que conocería

las condiciones completas después de firmar y que llegado el

momento tendría que cumplirlas. Le dije que mi abuelo había

hecho aquella promesa sin mi consentimiento y que no pensaba continuarla.

Mi madre retiró la uña. La sangre volvió a salir

de la herida, pero apenas pude mirarla, porque ella empezó

a estrangularse con ambas manos. Sus dedos apretaron el cuello

hasta que los labios se le pusieron azules. Cayó de

rodillas y después de lado, sin conseguir respirar. Traté de

separarle las manos, pero no pude vencer la fuerza de

sus dedos. La voz volvió a salir de su boca

para advertirme que si no firmaba con mi sangre, consumiría

el alma de mi madre delante de mí. Después quedó inmóvil.

Busqué su pulso y percibí latidos muy débiles. La acomodé

boca arriba y traté de ayudarla, aunque cada movimiento me

provocaba dolor en el costado. La cruz seguía abierta y

la sangre manchaba mi mano. Pensé en tomar cualquier cosa

y escribir mi nombre para que la dejara respirar, pero

recordé lo que había escuchado. Mi abuelo había disfrutado sus

privilegios sabiendo que yo tendría que pagar. Si aceptaba unas

condiciones que se negaban a explicarme, podía condenar a otra persona.

Así que me incliné junto a mi madre y dije

que podían quedarse con todas las propiedades de Ernesto, pero

no con mi firma. Repetí que yo no había pedido

aquella riqueza. Mi madre abrió los ojos blancos y me

agarró del cuello con una mano helada. Me levantó parcialmente

del suelo y me apretó hasta impedirme respirar. Sentí sus

dedos clavados en la piel, mientras cinco manchas negras aparecían

donde me sujetaba. Alcancé a repetir que no firmaría, y

la voz respondió que tenía derecho a rechazar el contrato,

pero que la deuda seguiría pendiente. Aseguró que podía esperar

toda mi vida, y que volvería cuando encontrara algo que

yo necesitara. lo suficiente para aceptar sus condiciones. Me soltó.

Mi madre cayó al suelo, convulsionó y finalmente recuperó la respiración,

y sus ojos volvieron a su color natural. Al ver

la sangre, comenzó a llorar y me preguntó qué había pasado.

Llegamos al hospital en ambulancia. Los médicos confirmaron dos costillas

fracturadas y lesiones en mi garganta. También atendieron a mi

madre por las señales de asfixia. La policía nos interrogó

y revisó la casa, pero no encontró a ningún intruso.

La herida de mi palma cerró y dejó la cruz invertida,

pero las cinco marcas del cuello nunca desaparecieron. Después del hospital,

mi madre y yo intentamos recuperar nuestras costumbres. Ella dormía

poco y algunas mañanas despertaba llorando. Recordaba mis gritos, la

presión de sus propias manos contra su cuello y una

voz que le ordenaba permanecer quieta. Me aseguró que había

estado consciente durante parte del ataque, aunque no pudo mover

un dedo para detenerlo. Evitamos hablar del tema durante las comidas,

porque la cicatriz de mi palma comenzaba a arder cada

vez que mencionábamos el contrato. Aún así, ella revisaba mis

heridas cuando creía que estaba dormido, y algunas veces la

encontré sentada frente a mi habitación. Consulté a varios médicos

por las manchas negras del cuello y la marca de

la mano. Me hicieron estudios, tomaron fotografías y me preguntaron

por productos químicos, temaduras y agresiones anteriores, pero no encontraron

una causa para la coloración de la piel. Mientras buscábamos respuestas,

revisé los documentos que habían quedado de mi abuelo. Confirmé

que sus negocios crecieron después de una quiebra de la

que casi nadie hablaba. Mi madre recordó entonces un cuaderno

que había visto de adolescente en su despacho, lleno de nombres,

cantidades y fechas. En una página figuraba una referencia a

su primer hijo, escrita antes de que quedara embarazada. Mi

abuelo le arrebató el cuaderno cuando lo descubrió en sus manos.

La primera visita ocurrió poco después de que regresáramos a casa.

Desperté a las tres de la madrugada con un dolor

ardiente en la palma. Encendí la lámpara y vi la

cruz enrojecida. Enseguida escuché pasos pesados que avanzaban por el pasillo.

Se detuvieron frente a mi cuarto y dieron tres golpes.

Pensé que era mi madre, pero al llamarla no contestó nadie.

Me acerqué sin abrir y escuché una respiración lenta del

otro lado. Entonces marqué su número. Respondió desde su cama,

todavía adormilada, y aseguró que no había salido. Le pedí

que cerrara con llave, mientras la manija de mi puerta

comenzaba a girar. Me aparté y permanecí junto a la

cama hasta que los pasos se alejaron. Cuando amaneció, revisamos ventanas,

cerraduras y accesos, pero todo seguía asegurado. Nos mudamos porque

mi madre ya temía quedarse sola ahí. Durante unos días descansamos,

hasta que escuché otra vez el mismo recorrido por el pasillo.

Aquella noche, la voz masculina que había utilizado el cuerpo

de mi madre me preguntó desde afuera si ya estaba

dispuesto a firmar. Le respondí que no. y me informó

que podía esperar toda mi vida y que volvería cuando quisiera.

Los tres golpes llegaron después de esas palabras, y finalmente

escuché que se retiraba. Fue la última vez que conversé

con él durante mucho tiempo. Dejé de acercarme a la

entrada y comencé a grabar con el teléfono. Después instalé

una cámara, pero las imágenes mostraban un corredor vacío, incluso

cuando el micrófono registraba pisadas y golpes. Una mañana descubrí

cinco manchas oscuras en la madera a la altura de

la cerradura. La grabación no mostraba cuándo habían aparecido. Contraté

guardias para revisar el interior de la casa y uno

de ellos escuchó los golpes mientras hablaba conmigo por teléfono.

Subió a revisar y tampoco encontró a nadie. Decidí vivir

separado de mi madre. Había recuperado parte de su tranquilidad

y no quería exponerla a otra posesión. Nos veíamos durante

el día y hablábamos por teléfono antes de dormir. A

ella le costó aceptar la distancia, pero terminó comprendiendo mi decisión.

Las visitas continuaron dondequiera que yo pasara la noche. Me

alojé en hoteles y casas de conocidos. Cambié cerraduras y

pedí habitaciones en pisos distintos. Pero en todos esos lugares

escuché los mismos pasos. Una vez llamé a recepción mientras

golpeaban mi puerta. Un empleado llegó al pasillo, revisó el

lugar y aseguró que estaba vacío, pero yo había oído

los golpes hasta segundos antes de que apareciera. También busqué

ayuda fuera del hospital. Enseñé las grabaciones a personas que

estudiaban sucesos extraños y hablé con religiosos que accedieron a escucharme.

Algunos creían que alguien me perseguía, otros propusieron ceremonias y oraciones.

Pero nada modificó las visitas ni consiguió borrar la cicatriz.

Dejé de gastar dinero en soluciones que nunca daban resultados.

Aprendí a cerrar la puerta, dejar el teléfono cargado y

esperar a que los sonidos terminaran. Y nunca volví a

contestar las preguntas que llegaban desde el pasillo. Si hablaba,

aquella voz prolongaba su estancia. Y yo ya había comprobado

lo que podía hacerle a una persona. Cumplí 30 años

sin aceptar ninguna propiedad de mi abuelo. Trabajo, pago mis

cuentas y visito a mi madre cuando puedo. Ella ha

conseguido vivir tranquila y apenas habla de Ernesto. Yo sigo

teniendo la cruz en la palma derecha y las cinco

marcas de los dedos sobre el cuello. Cuando alguien pregunta

por ellas, explico que sufrí una agresión años atrás. Durante

el día puedo ocuparme de mis asuntos y por la

noche reviso la cerradura y dejo una cámara encendida. aunque

rara vez necesito mirar la pantalla para reconocer quién se

ha detenido afuera. Las visitas nunca tuvieron una frecuencia fija,

pero siempre empezaban con el mismo dolor. Algunas veces los

pasos terminaban frente a mi puerta y después se alejaban.

En otras ocasiones escuchaba mi nombre, una oferta de dinero

o una petición para que abriera. También utilizó la voz

de mi abuelo. Conservé los audios para comprobar que no

estaba confundiendo los sonidos con los de la casa. A

lo largo de los años, varias personas escucharon golpes estando conmigo,

aunque ninguna vio a alguien en el pasillo. Eso bastó

para que dejara de intentar convencer a todos de lo

que me ocurría. Hace unas semanas, la visita cambió. La

quemadura me despertó y escuché los pasos detenerse, pero esta

vez no hubo golpes. La voz del diablo me informó

que seguía esperando mi firma y que los once años

transcurridos no habían reducido la deuda. Me dijo que ya

conocía mi resistencia al dolor y que amenazarme directamente no

había servido. Luego mencionó algo que me obligó a escucharlo,

una enfermedad grave de alguien a quien yo quisiera, una

situación en la que los médicos agotaran sus opciones y

yo tuviera que contemplar su sufrimiento sin poder ayudar. Me

aseguró que cuando llegara ese día, me ofrecería salvar a

esa persona a cambio del mismo contrato. Le respondí que

no confiaba en sus promesas. Recordó que aquella primera noche

yo había estado dispuesto a considerar la firma, mientras mi

madre dejaba de respirar. Insistió en que podía esperar hasta

que yo fuera viejo, sin hacerme daño ni acercarse a

mi familia. Después explicó que no necesitaba provocar ninguna enfermedad.

Bastaba con aguardar a que la vida me pusiera frente

a una pérdida que no aceptara. Se marchó sin tocar

la puerta y escuché sus pasos hasta que desapareció. Desde

aquella visita anoté sus palabras en un cuaderno y guardé

una copia junto a las grabaciones para no olvidar nunca

lo que ofreció. Desde entonces sigo con mi rutina. No

he vuelto a responderle ni he buscado otra oferta. Aquella

conversación me dejó una preocupación concreta. Desconozco qué condiciones exigiría

si alguna vez volviera a pedirle ayuda. Y recuerdo que

se negó a explicarlas antes de recibir mi sangre. Mi

abuelo firmó para salir de la pobreza y me dejó

las consecuencias de su decisión. Yo rechacé el acuerdo, pero

eso no ha impedido que regrese durante 11 años. Lo

que más temo ya no es encontrarlo detrás de la puerta.

Es que un día alguien a quien amo necesite ayuda.

Y yo recuerde que al otro lado, el diablo sigue

esperando una respuesta. Si te gustó este video, te recomiendo

ir a ver Mi abuelo hizo un pacto con el

diablo y yo soy la deuda que falta. Y también,

Pacto con el diablo, el precio de la avaricia.

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