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Aquella Madrugada En La Morgue: Entendí Por Qué Los Muertos Tienen Miedo

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Speaker 2: El hombre de la mesa 3 llevaba varias horas muerto

cuando se sentó frente a mí y comenzó a hablar

de mi hija. Tenía el pecho destrozado, los ojos arrancados

y dos cuencas completamente negras. Yo mismo había recibido su

cuerpo aquella tarde, había revisado sus documentos y ayudado a

colocarlo sobre la plancha metálica. Sin embargo, a las 2

y 45 de la madrugada, Aquel fallecido conocía mi nombre,

sabía dónde vivía mi familia y se reía mientras revelaba

cosas que jamás le había contado a nadie. Lo que

más recuerdo de aquella noche fue el momento en que

alguien abrió la puerta de la morgue porque el muerto

dejó de burlarse de mí y comenzó a suplicar que

no se lo llevaran. Trabajé durante tres años en la

morgue central de la ciudad, donde me encargaba de recibir cuerpos,

registrar pertenencias, ayudar con los traslados y limpiar las instalaciones.

Había visto víctimas de accidentes y personas encontradas varios días

después de fallecer. Al principio me costaba acostumbrarme, especialmente por

el olor a formol y las condiciones en que llegaban

algunos cadáveres, pero necesitaba conservar aquel empleo. Tenía esposa, una

hija pequeña y varios gastos que cubrir, así que aprendí

a cumplir mis obligaciones sin detenerme demasiado en lo que veía.

Durante todo ese tiempo nunca presencié nada fuera de lo normal,

hasta aquella guardia que terminó obligándome a abandonar mi trabajo.

El hombre había ingresado por la tarde después de sufrir

un accidente automovilístico. Según el reporte, perdió el control de

su vehículo y chocó contra un camión de carga. Los

paramédicos confirmaron su fallecimiento antes de trasladarlo, y el médico

forense verificó su estado al recibirlo. Tenía varias costillas fracturadas,

una abertura profunda en el pecho y el rostro gravemente dañado.

Había perdido ambos ojos durante el impacto. Mi compañero y

yo completamos el registro. Acomodamos el cuerpo sobre la mesa

número 3 y lo cubrimos con una sábana. Más tarde,

él tuvo que retirarse por una emergencia familiar, y el

supervisor me pidió que terminara los documentos pendientes, así que

me quedé solo en la sala de preparación. Estaba sentado

frente al escritorio, cuando escuché un golpe sobre una superficie metálica.

Levanté la vista y observé que la sábana de la

mesa 3 se movía. Me acerqué pensando que algo se

había deslizado, pero antes de llegar, vi que el cuerpo

comenzaba a levantarse. La tela cayó hacia un costado y

el fallecido quedó sentado, con las piernas extendidas y la

herida del pecho completamente expuesta. Su cabeza permaneció inclinada durante

unos segundos, hasta que comenzó a levantarla lentamente. Cuando dirigió

el rostro hacia mí, pude observar las dos cavidades negras

donde antes estaban sus ojos. Retrocedí, pero él giró la

cabeza siguiendo mi movimiento, aunque no tenía manera de verme.

El hombro derecho comenzó a levantarse mientras el izquierdo descendía. Después,

su cuello giró bruscamente y escuché varios huesos crujir. Su

cuerpo se doblaba hacia los lados, con movimientos violentos que

aumentaban cada vez que intentaba incorporarse. De pronto abrió la

boca y comenzó a reírse. Escuché dos voces distintas saliendo

de su garganta, una profunda y otra aguda, mezcladas en

una carcajada que llenó la habitación. Busqué el teléfono para

llamar a seguridad, pero antes de marcar, escuché mi nombre completo.

Me quedé mirando al cadáver y entonces empezó a mencionar

una discusión que había tenido con mi esposa, repitiendo exactamente

las palabras que le dije aquella noche dentro de nuestra habitación.

Después habló de un dinero que había tomado años atrás

y nunca devolví. Conocía la cantidad y el lugar en

donde lo escondí, detalles que había mantenido en secreto desde entonces.

Le pregunté cómo sabía todo aquello, pero respondió con otra

carcajada mientras sus dientes golpeaban unos contra otros. Luego mencionó

a mi hija, dijo su nombre completo, la escuela donde

estudiaba y la hora en que mi esposa acostumbraba recogerla.

Sentí que las piernas me temblaban y le exigí que

dejara de hablar de mi familia. El muerto inclinó la

cabeza y volvió a repetir el nombre de la niña,

disfrutando de mi reacción. mientras continuaba retorciéndose sobre el metal.

Corrí hacia la salida y presioné el mecanismo de apertura,

pero la puerta permaneció cerrada. Tiré de la manija varias

veces hasta que sentí dolor en las manos. Entonces noté

que la temperatura estaba aumentando. La morgue siempre se mantenía fría,

pero el aire comenzó a calentarse tanto que tuve que

quitarme la bata. Me ardía la garganta cada vez que

respiraba y el sudor me corría por la cara. Miré

el indicador del sistema de refrigeración y comprobé que los

grados seguían subiendo. Regresé al escritorio para utilizar el teléfono,

aunque la línea había dejado de funcionar. También presioné el

botón de emergencia sin conseguir que se activara la alarma.

Mientras buscaba otra manera de pedir ayuda, escuché un golpe

fuerte detrás de mí. El fallecido estaba intentando bajar de

la mesa. movía las piernas con dificultad, y una de

ellas terminó doblándose bajo su propio peso, hasta que cayó

de rodillas sobre el suelo. Pensé que volvería a reírse,

pero su comportamiento había cambiado. Giró la cabeza hacia la

entrada y comenzó a emitir sonidos desesperados, mientras se arrastraba

hacia atrás apoyándose en los brazos. Entonces, escuché pasos provenientes

del pasillo. Me acerqué a la puerta, convencido de que

algún empleado había llegado para ayudarme. pero el cadáver levantó

ambas manos y comenzó a suplicar que le concedieran más tiempo.

La manija giró lentamente y la puerta se abrió. Un

hombre alto, vestido con un traje negro perfectamente ajustado, apareció

en la entrada. El muerto intentó esconderse debajo de la mesa,

arrastrándose a pesar de sus heridas, mientras repetía que todavía

podía cumplir lo prometido. Yo permanecí junto a la pared,

observando al desconocido y esperando que me explicara qué estaba sucediendo.

Sin embargo, aquel hombre ni siquiera me miró. Cerró la

puerta detrás de él y dirigió toda su atención al cadáver,

que seguía suplicando con las mismas dos voces que minutos

antes se habían reído de mí. Fue entonces cuando comprendí

que aquel visitante no había llegado para ayudarme. El hombre

del traje permaneció junto a la entrada, mientras observaba al

cadáver que intentaba esconderse debajo de la mesa. Era alto,

vestía con elegancia y llevaba el cabello bien peinado. Tenía

los ojos completamente rojos, una sonrisa que dejaba al descubierto

demasiados dientes y unas uñas negras y afiladas que sobresalían

de las mangas. Cerró la puerta sin apresurarse y caminó

hacia el muerto, que comenzó a temblar al verlo acercarse.

Cuando estuvo frente a él, le recordó que había llegado

el momento de cumplir su acuerdo y que su muerte

no cambiaba lo que habían pactado. El cadáver levantó la

cabeza y comenzó a suplicar con aquella voz doble que

había escuchado minutos antes. Le pidió más tiempo. Aseguró que

todavía podía cumplir lo prometido y trató de justificar su

intento de escapar. El desconocido le respondió que había recibido

todo lo que pidió y que ahora debía entregar lo

que le pertenecía. Aproveché que estaba concentrado en el fallecido

para acercarme a la salida, pero antes de tocar la cerradura,

me ordenó permanecer quieto. Ni siquiera tuvo que mirarme. Retiré

la mano y regresé junto a la pared, mientras el

muerto intentaba arrastrarse hacia el otro extremo de la sala.

Una de sus piernas estaba fracturada y apenas podía avanzar.

Apoyaba las manos sobre el suelo dejando manchas de sangre

mientras trataba de alejarse. El visitante caminó detrás de él

y cuando consiguió alcanzarlo, lo sujetó por la garganta con

una sola mano. Vi que sus pies se separaban del

piso mientras el cuerpo se retorcía violentamente. Después lo levantó

hasta colocarlo nuevamente sobre la mesa 3. El golpe hizo

vibrar la plancha metálica y el cadáver comenzó a sacudirse,

moviendo los brazos y golpeando la superficie con los talones.

Su mandíbula se abría y cerraba mientras suplicaba que lo

dejaran marcharse. Yo permanecía junto a la pared, con la

camisa empapada de sudor y la garganta irritada por el calor.

Intenté preguntarle qué estaba ocurriendo y por qué había entrado

a la morgue, pero el hombre giró la cabeza y

me miró directamente. Sus ojos rojos permanecieron fijos en mi rostro,

mientras me explicaba que había venido a reclamar su propiedad.

Después me ordenó guardar silencio. Quise responder, pero levantó una

de sus manos y entendí que debía obedecer. El cadáver

aprovechó aquel momento para intentar incorporarse, aunque el visitante lo

sujetó del pecho y lo obligó a permanecer acostado. Entonces

extendió los dedos de su otra mano y comenzó a

introducir las uñas en el cuello del fallecido. La piel

se abrió y escuché un sonido de carne desgarrándose, seguido

de un grito que me hizo cubrirme los oídos. El

cuerpo se arqueó sobre la mesa y sus manos comenzaron

a golpear desesperadamente el brazo que lo sujetaba. El hombre

hundió los dedos hasta que las uñas desaparecieron dentro de

la herida y cerró el puño. Después empezó a tirar

lentamente hacia arriba, mientras el muerto sacudía la cabeza y

suplicaba que se detuviera. Nunca pude distinguir qué... estaba sujetando.

Sus dedos permanecían cerrados alrededor de algo invisible, pero cada

vez que tiraba, el cadáver reaccionaba con movimientos más violentos.

Sus piernas se extendieron, la espalda se separó de la

plancha y varios huesos crujieron mientras intentaba liberarse. La voz

grave que salía de su garganta comenzó a pedir perdón

y aseguró que estaba dispuesto a entregar cualquier otra cosa.

El visitante no respondió. Continuó tirando hasta que el cuerpo

se levantó parcialmente de la mesa y dejó escapar un

último grito. Después cayó sobre el metal y permaneció completamente inmóvil.

El hombre retiró la mano del cuello y mantuvo los

dedos cerrados durante unos segundos. Observó aquello que acababa de

arrancar y después bajó el brazo. En ese momento comenzó

a salir humo de la herida que el cadáver tenía

en el pecho. Una pequeña llama apareció entre las costillas

y se extendió rápidamente hacia el cuello y los brazos.

El olor a carne quemada llenó la habitación. Intenté acercarme

al extintor, pero el visitante me ordenó que permaneciera en

donde estaba. Las llamas continuaron consumiendo el cuerpo hasta dejarlo

completamente negro. con varias zonas abiertas y algunos huesos expuestos.

Cuando el fuego desapareció, el hombre se acomodó las mangas

del traje y comenzó a caminar hacia mí. Le pedí

que me dejara vivir y le expliqué que solamente trabajaba

en aquel lugar, que desconocía cualquier acuerdo con el fallecido

y que tenía una familia esperándome en casa. Me escuchó

sin interrumpirme y después volvió a sonreír, mostrando aquellas filas

de dientes afilados. Me dijo que el muerto era suyo

y que había venido personalmente a recoger lo que le pertenecía.

Luego me ordenó callarme y limpiar aquel desastre si quería

ver amanecer. Su voz sonaba más grave y cada palabra

iba acompañada de un segundo tono que me hizo temblar.

Le aseguré que no contaría nada, pero se acercó hasta

quedar frente a mí y levantó una mano. Sus uñas

permanecieron a pocos centímetros de mi garganta. mientras mencionaba el

nombre completo de mi esposa. Después dijo en dónde vivíamos,

cómo se llamaba mi hija y a qué escuela asistía.

Me advirtió que iría personalmente a visitarlas si revelaba una

sola palabra sobre lo sucedido. Le supliqué que no les

hiciera daño y prometí guardar silencio, aunque él se limitó

a recordarme que conocía nuestra dirección y que no debía

poner a prueba su advertencia. Finalmente se apartó y caminó

hacia la puerta, que abrió sin ninguna dificultad. Antes de

salir volvió a mirarme con aquella sonrisa, y después desapareció

por el pasillo. Permanecí inmóvil, escuchando, hasta que dejé de

percibir cualquier movimiento. Miré hacia la mesa 3 y comprobé

que el cadáver seguía completamente calcinado. Sabía que debía limpiar

la sala, pero tenía demasiado miedo de acercarme a los restos.

Me escondí debajo del escritorio, recogí las piernas contra el

pecho y traté de controlar la respiración mientras la temperatura

comenzaba a descender. Pensé en mi esposa y en mi hija,

que estaban en casa sin saber lo ocurrido. Quise llamarlas,

pero temía que aquel hombre regresara al escucharme hablar. Permanecí escondido,

mirando hacia la puerta y prestando atención a cada ruido

del pasillo. No me atreví a levantarme ni a tocar

el teléfono. Me quedé debajo del escritorio, temblando. hasta que

escuché llegar al personal del turno de la mañana. Escuché

varias voces en el pasillo y reconocí la de Ramiro,

mi compañero de trabajo. Venía acompañado de otro empleado, y

ambos conversaban mientras se acercaban a la sala. Cuando abrieron

la puerta, dejaron de hablar. Desde debajo del escritorio alcancé

a ver que se detenían frente a la mesa 3,

en donde permanecían los restos calcinados del hombre que habíamos

recibido aquella tarde. Ramiro preguntó qué había ocurrido y su

compañero se acercó para examinar el cuerpo, pero ninguno encontró

una explicación. Comenzaron a llamarme y permanecí escondido hasta que

escuché sus pasos junto al escritorio. Ramiro se agachó, me

encontró temblando contra la pared y me preguntó si estaba herido.

Le pedí que me ayudara a salir de ahí. Tenía

las piernas entumecidas después de tantas horas encogido y apenas

conseguía mantenerme de pie. Me acompañó hasta el pasillo en

donde pude sentarme y beber un poco de agua. Quiso

saber si había ocurrido un incendio y por qué no

había solicitado ayuda. Le respondí que desconocía la causa de

las quemaduras, aunque él siguió preguntando porque recordaba las condiciones

en que habíamos recibido al fallecido. Antes de que pudiera

insistir nuevamente, llegó el supervisor y entró a revisar la sala.

Examinó los restos, observó las manchas del suelo, y ordenó

que nadie tocara nada hasta documentar lo sucedido. Después me

llevó a su oficina para preguntarme qué había hecho durante

la guardia. Le expliqué que había terminado los registros pendientes

y que permanecí solo tras la salida de mi compañero.

Quiso saber si alguien había entrado, si había utilizado sustancias

inflamables o si algún equipo presentó una falla. Evité mencionar

al visitante y aseguré que desconocía el origen del fuego.

El supervisor insistió en que debía informar cualquier irregularidad, especialmente

porque un cadáver había terminado completamente quemado dentro de una

instalación preparada para conservar cuerpos. Me preguntó varias veces si

estaba ocultando información, pero mantuve mi respuesta. Finalmente, al observar

mi estado, autorizó que recibiera atención médica. La enfermera comprobó

que tenía la presión elevada, estaba deshidratado y seguía temblando.

Me recomendó descansar y acudir nuevamente al médico si los

síntomas continuaban. Cuando terminé la revisión, fui a las oficinas

administrativas y solicité mi renuncia. La empleada intentó convencerme de

pedir unos días de permiso antes de tomar una decisión definitiva,

pero le expliqué que ya no podía continuar trabajando ahí.

Firmé los documentos, entregué mi identificación y recogí mis pertenencias.

Antes de abandonar el edificio, miré hacia el pasillo que

conducía a la sala de preparación. Todavía podía escuchar aquella

risa y los gritos del fallecido cuando el hombre del

traje comenzó a arrancarle algo del cuello. Regresé a casa

y mi esposa notó inmediatamente que me encontraba mal. Me

preguntó por qué había vuelto tan temprano y le expliqué

que había dejado el empleo. Se preocupó porque dependíamos de

mi salario para cubrir los gastos familiares, así que quiso

saber si había discutido con el supervisor o cometido algún error,

pero le respondí que ya no soportaba trabajar entre cadáveres

y que necesitaba buscar otra ocupación. Conocía las dificultades de

mis guardias y sabía que últimamente regresaba agotado, pero aquella

decisión la tomó por sorpresa. Continuó preguntándome durante un rato,

hasta que le pedí descansar. No tuve valor para contarle

lo sucedido. Aquella noche apenas dormí. Me levanté varias veces

para revisar las cerraduras y comprobar que mi esposa y

mi hija estuvieran bien. Cada ruido del exterior me hacía

acercarme a la ventana, convencido de que alguien podía estar

esperando frente a nuestra casa. Durante las semanas siguientes continué

despertándome a mitad de la noche, con la garganta seca

y las manos temblorosas. Mi esposa empezó a preocuparse por

mi comportamiento, especialmente cuando notó que evitaba salir después de oscurecer.

Le expliqué que algunas experiencias de la morgue seguían afectándome

y que necesitaba tiempo para recuperarme. Aceptó mi respuesta, aunque

nunca dejó de preguntarme si había sucedido algo más. Busqué

trabajo durante varias semanas, hasta que conseguí un puesto en

una tienda de abarrotes. El sueldo era menor, pero necesitaba

mantener a mi familia y acepté sin pensarlo demasiado. Desde

entonces recibo mercancía, acomodo productos y atiendo clientes. Termino mi

jornada y regreso directamente a casa, donde procuro pasar tiempo

con mi esposa y mi hija. No he vuelto a

entrar en una morgue. ni he intentado averiguar qué hicieron

con los restos del hombre de la mesa 3. Tampoco

he buscado información sobre su pasado, porque cualquier investigación podría

llevarme a responder preguntas que no estoy dispuesto a contestar.

Ramiro intentó comunicarse conmigo varias veces después de mi renuncia.

Al principio preguntaba por mi salud, pero después comenzó a

insistir en que necesitaba saber qué había sucedido realmente durante

aquella guardia. Dejé de responder sus llamadas y, finalmente, perdió

el contacto conmigo. Mi antiguo supervisor tampoco recibió ninguna explicación adicional.

Hasta donde sé, nadie consiguió establecer cómo se produjo aquel incendio.

Han pasado varios meses y mi familia continúa desconociendo la

verdadera razón por la que abandoné un empleo que había

conservado durante tres años. Mi esposa todavía cree que el

trabajo terminó afectándome demasiado, mientras yo sigo evitando cualquier conversación

relacionada con aquella noche. Hay detalles que nunca he conseguido olvidar.

Todavía recuerdo la voz del fallecido cuando mencionó a mi hija,

y la facilidad con la que reveló secretos personales que

nadie conocía. También recuerdo el cambio en su comportamiento cuando

vio entrar al visitante, sus súplicas desesperadas y los movimientos

de su cuerpo mientras aquellas uñas le atravesaban el cuello.

Presencié cómo le arrancaron algo invisible, y cómo terminó completamente

calcinado sobre la plancha metálica. Nunca comprendí qué había dentro

de aquel cadáver, ni qué clase de acuerdo había hecho.

Tampoco necesito averiguarlo, porque escuché claramente la advertencia que recibí

antes de que aquel hombre abandonara la sala. Desde entonces

no he contado lo ocurrido a nadie en persona, ni

siquiera a mi esposa. Estoy dejando este testimonio de forma anónima,

porque todavía tengo miedo de que descubran mi identidad. No

mencionaré la ciudad, la ubicación de la morgue ni ningún

dato que permita encontrarme. Ahora trabajo lejos de los muertos

y trato de llevar una vida normal, aunque sigo durmiendo

pocas horas y revisando que mi familia esté a salvo.

Aquella madrugada, el diablo vino a reclamar algo que le

pertenecía y me permitió seguir vivo con una condición, guardar silencio.

Sé lo que vi y recuerdo perfectamente su amenaza. quién

escribió estas palabras, estoy seguro de que vendrá a buscar

a mi familia y cumplirá su promesa. A las tres

y doce de la madrugada, escuché unas uñas largas raspando

el suelo de la morgue. Cuando me acerqué a la

sala de autopsias, encontré a una anciana encima de una mesa,

con las manos metidas en el abdomen abierto de un cadáver.

Tenía sangre alrededor de la boca y estaba masticando algo

que acababa de sacar del cuerpo. En cuanto me descubrió,

soltó un chillido, saltó al suelo y corrió hacia mí

a cuatro patas. Aquella noche terminé en urgencias, con muchas

puntadas en el brazo derecho, aunque nunca les conté a

los médicos quién me había provocado las heridas. Han pasado

cinco años y todavía conservo las cicatrices. En aquel tiempo,

trabajaba como auxiliar en el departamento de patología de un

hospital público. Llevaba varios años haciendo turnos nocturnos y conocía

bien mis responsabilidades. Recibía los cadáveres, preparaba el instrumental, limpiaba

las mesas y ayudaba a dejar los cuerpos listos para

su traslado. Normalmente compartía el turno con otro empleado, pero

aquella semana mi compañero había solicitado permiso por un problema familiar.

Mi supervisor me explicó que no tenían a nadie disponible

para reemplazarlo y me pidió que trabajara solo durante esos días.

Acepté porque estaba acostumbrado al lugar y nunca había tenido

un incidente grave. El departamento permanecía cerrado al público durante

la noche y solamente entraba personal autorizado. Aquella madrugada había

quedado un cadáver en la sala de autopsias, perteneciente a

un hombre que había fallecido en un accidente. El médico

forense terminó su trabajo y yo me encargué de preparar

el cuerpo mientras llegaban a recogerlo. Recuerdo perfectamente que tenía

la incisión abdominal cerrada y que lo dejé cubierto con

una sábana blanca. Después limpié el instrumental, revisé que todo

quedara en orden y regresé a mi oficina para terminar

unos registros pendientes. Hasta ese momento no había ocurrido nada

fuera de lo habitual. Estaba sentado frente al escritorio, Cuando

escuché un arrastre procedente del pasillo, dejé el bolígrafo y

presté atención, pero el ruido se interrumpió antes de que

pudiera identificarlo. Pensé que algún gato había entrado por la

zona de servicio, porque anteriormente habíamos encontrado animales cerca del edificio.

Continué trabajando hasta que volví a escucharlo, pero esta vez

durante varios segundos. Eran raspaduras cortas, seguidas de un movimiento

más prolongado sobre las baldosas. Me levanté, abrí la puerta

y pregunté si había alguien en el departamento, pero nadie respondió,

aunque poco después escuché otro ruido que venía directamente de

la sala de autopsias. Tomé una linterna del escritorio y

salí a revisar. El pasillo estaba iluminado y no encontré

a nadie mientras avanzaba. Al acercarme a la sala, escuché

un golpe respiración fuerte y varios movimientos sobre el suelo.

Me detuve antes de llegar a la entrada y pregunté

nuevamente si había alguien dentro, pero tampoco recibí respuesta. En

ese momento pensé que alguna persona había conseguido entrar sin autorización,

así que continué caminando hasta alcanzar el marco de la puerta.

Desde ahí podía observar las mesas y una parte del suelo.

Lo primero que vi fue la sábana blanca tirada junto

a la segunda mesa. Reconocí que pertenecía al cadáver que

había preparado y levanté la vista para comprobar qué había sucedido.

Entonces descubrí a una mujer anciana agachada encima del cuerpo.

Era extremadamente delgada, tenía la espalda encorvada y llevaba ropa vieja,

rota y cubierta de suciedad. Su cabello gris le caía

sobre la cara y mantenía los pies descalzos apoyados en

el borde metálico. Estaba inclinada sobre el abdomen del fallecido,

moviendo los brazos mientras mantenía la cabeza muy cerca de

la incisión. Me quedé inmóvil al descubrir que el abdomen

estaba abierto nuevamente. Yo había dejado aquella herida cerrada, pero

ahora tenía los bordes separados y había sangre sobre la mesa.

La anciana introducía los dedos en el interior del cuerpo.

y removía su contenido con movimientos rápidos. Cuando retiró una mano,

pude observar que tenía las uñas largas, amarillentas y curvadas

hacia abajo. Estaban manchadas hasta las puntas, y sobresalían varios

centímetros de sus dedos. La mujer sostuvo algo ensangrentado, se

lo llevó a la boca y comenzó a masticarlo, sin

dejar de utilizar la otra mano para escarbar. Sentí náuseas

y tuve que apoyarme contra el marco para mantener el equilibrio.

Había trabajado con cadáveres durante años, pero nunca había presenciado

una situación semejante. La mujer continuaba masticando mientras retiraba pequeños

restos de su boca con los dedos. Tenía sangre fresca

en los labios, la barbilla manchada y parte de la

ropa pegada al pecho. No sabía quién era ni cómo

había conseguido entrar al departamento. Lo único que tenía claro

era que estaba manipulando el cuerpo de un fallecido y

que debía detenerla. aunque me encontraba solo y no llevaba

nada con qué defenderme. Le pregunté quién era y qué

estaba haciendo ahí. La anciana dejó de mover la mandíbula,

pero mantuvo una mano dentro del abdomen. Volví a hablarle,

pero esta vez con mayor firmeza y le ordené que

bajara de la mesa. Entonces levantó lentamente la cabeza hasta

mirarme directamente. Tenía los ojos muy abiertos, la cara profundamente

arrugada y varios dientes oscuros. Permaneció observándome, mientras retiraba la

mano que todavía mantenía dentro del cadáver. Después apoyó ambas

palmas sobre el metal y extendió los dedos. Sus uñas

golpearon la superficie, produciendo el mismo sonido que me había

llevado hasta aquella sala. La mujer abrió la boca y

me mostró una sonrisa que le deformó el rostro. Todavía

tenía sangre entre los dientes y una pequeña cantidad le

bajaba por la barbilla. Di un paso hacia atrás porque

comenzó a mover el cuerpo hacia el borde de la

mesa sin apartar los ojos de mí. Flexionó las piernas,

apoyó con fuerza los brazos y adelantó la cabeza. Entonces

soltó un chillido tan agudo que tuve que cubrirme un oído.

Antes de que pudiera alejarme de la entrada, se impulsó

con ambas manos y saltó directamente hacia el suelo. La

anciana cayó sobre las manos y los pies, con las

rodillas dobladas y la espalda encorvada. El golpe se escuchó

en toda la sala, pero no se detuvo a recuperarse.

Levantó la cabeza y comenzó a avanzar hacia mí, apoyando

primero una mano y luego la otra, con una rapidez

que no esperaba de alguien tan delgado. Le ordené que

se quedara donde estaba, pero siguió acercándose, y entonces reconocí

el ruido que había oído desde la oficina. Sus uñas

golpeaban las baldosas y se arrastraban cada vez que movía

los dedos. Retrocedí hasta el pasillo sin dejar de mirarla,

y en cuanto aceleró el paso, me di la vuelta

para correr. Alcancé a escucharla detrás de mí durante todo

el trayecto. No se levantó para perseguirme. Avanzaba a cuatro patas,

golpeando el suelo con las manos. Corrí hacia mi oficina,

entré y traté de cerrar la puerta de inmediato, pero

la mujer llegó antes de que pudiera hacerlo. Chocó contra

la madera y me empujó hacia atrás. Recuperé el equilibrio

y apoyé el hombro izquierdo para resistir el siguiente golpe.

Logré acercar la puerta al marco hasta dejar una abertura estrecha,

aunque ella metió la mano por ese espacio y empezó

a buscar dónde sujetarse. Vi sus dedos moverse a pocos

centímetros de mi cuerpo y empujé con más fuerza. La

anciana hizo presión desde el pasillo. Sentía los golpes de

su cuerpo contra la puerta y escuchaba cómo resbalaban sus

pies al intentar avanzar. Le grité que se apartara, pero

volvió a empujar hasta que la madera se abrió unos centímetros.

Quise cambiar de posición para cerrarla con el hombro. y

en ese momento me alcanzó el antebrazo derecho. Sus dedos

se cerraron sobre la manga, las uñas atravesaron la tela

y se clavaron en mi piel. Grité por el dolor

y tiré del brazo para soltarme, pero ella no aflojó.

Al contrario, me jaló hacia la abertura. obligándome a apoyar

una mano contra el marco para no caer. Intenté separarle

los dedos con la mano izquierda, pero tenía las uñas

hundidas y cada movimiento me lastimaba más. Cuando tiré con fuerza,

sentí que me desgarraba la piel desde la mitad del

antebrazo hacia la muñeca. La sangre apareció de inmediato, corrió

por mi mano y manchó la puerta. La mujer seguía

tirando mientras empujaba con el hombro desde afuera. Perdí fuerza

por un instante y la abertura creció lo suficiente para

que asomara la cabeza. Le vi los dientes manchados y

la boca abierta. Trató de acercarla a mi brazo, así

que me aparté con un movimiento brusco, aunque al hacerlo,

las uñas terminaron de abrirme los cortes. Conseguí liberarme y

retrocedí hasta golpear el escritorio con la cadera. La mano

derecha me temblaba. Tenía la manga rota y apenas podía

cerrar los dedos. La anciana volvió a empujar la puerta,

esta vez sin encontrar resistencia, y metió un hombro dentro

de la oficina. Busqué algo con que detenerla. Sobre el

escritorio había un frasco pesado de vidrio que contenía formol,

apartado mientras organizaba unos materiales. Lo agarré con la izquierda

sujetándolo por el cuello, mientras ella estiraba una mano hacia

mi ropa. Estaba tan cerca que podía ver la sangre

seca debajo de sus uñas, pero levanté el recipiente antes

de que lograra tocarme. Se lo estrellé directamente en la cara.

Sentí el golpe en el brazo y escuché cómo se

rompía el vidrio contra su frente. El líquido se derramó

junto a la entrada y varios fragmentos cayeron al suelo.

La anciana soltó un chillido, retiró la mano y retrocedió

cubriéndose el rostro. Le salía sangre de la frente y

la nariz y pronunciaba palabras que no llegué a entender.

Tenía una voz ronca, entrecortada por los gritos. No esperé

a que se recuperara. Empujé la puerta hasta cerrarla. Giré

el seguro y arrastré un archivero para bloquearla. Hice casi

toda la fuerza con el brazo izquierdo, porque el derecho

me dolía incluso al mantenerlo quieto. Apenas terminé de colocar

el mueble, recibí otro golpe desde el pasillo. La anciana

había regresado a la puerta. Golpeó varias veces y comenzó

a raspar la parte inferior con las uñas. Me alejé

del acceso, tomé el teléfono del escritorio e intenté llamar

a seguridad, pero la línea estaba sin servicio. Marqué otra

vez mientras observaba el seguro y el archivero atento a

cualquier movimiento. Los golpes continuaron un momento y después se detuvieron.

Escuché sus manos alejarse por el pasillo, cada vez más lejos,

hasta entrar de nuevo en la sala de autopsias. Permanecí

junto al teléfono sin atreverme a mover el mueble. Oí

un golpe metálico y después un estruendo de vidrio. El

ruido venía de las ventanas superiores de la sala. Siguieron

varios cristales cayendo sobre el suelo y poco después un

golpe afuera en dirección al patio de servicio. Escuché movimientos

sobre el pavimento que fueron alejándose hasta desaparecer. Pensé que

había escapado por una de aquellas ventanas, pero no abrí

para comprobarlo. No sabía si seguía en el patio ni

si podía regresar. Así que esperé un poco más, con

la mirada fija en la puerta y el teléfono todavía

en la mano. Ningún otro ruido llegó desde el pasillo.

Entonces miré mi brazo. La sangre había empapado la manga

y goteaba desde los dedos hasta el suelo. Me acerqué

al escritorio, dejé el teléfono y presioné las heridas con

la mano izquierda. Sentí una punzada que me hizo doblarme.

pero mantuve la presión mientras buscaba el botiquín. Conseguí sacar

varias gazas y me senté porque comenzaba a marearme. Las

primeras se mancharon enseguida. Las cambié, volví a apretarlas contra

el antebrazo y miré hacia la puerta cerrada. Mi supervisor

no llegaría hasta la mañana y por el momento estaba solo,

herido y sin poder pedir ayuda. Seguí presionando las gazas

contra el antebrazo mientras buscaba una venda dentro del botiquín.

La sangre había atravesado la manga y me bajaba hasta

los dedos, así que corté la tela que rodeaba las

heridas para poder cubrirlas mejor. Tenía cuatro cortes, dos de

ellos profundos, y me dolían incluso cuando mantenía el brazo inmóvil.

Sujeté las gazas con la venda y apreté la zona

con la mano izquierda. Me costaba respirar con normalidad después

del esfuerzo y el dolor, pero conseguí levantarme para revisar

si el teléfono había recuperado la línea. Intenté comunicarme otra

vez con seguridad y no obtuve respuesta. Saqué mi celular,

busqué señal cerca de la ventana de la oficina y

marqué el número del hospital, pero la llamada se interrumpió

antes de que contestaran. Quise salir a buscar ayuda, pero

la única ruta que conocía pasaba frente a la sala

de autopsias. No había escuchado a la anciana regresar, pero

tampoco podía asegurar que se hubiera marchado. Volví al escritorio,

guardé el teléfono en el bolsillo y decidí esperar al

personal de la mañana sin quitar la vista de la puerta.

El vendaje comenzó a humedecerse y tuve que presionarlo de nuevo.

Como no lograba controlar del todo la hemorragia, improvisé un

torniquete con una tira de tela por encima de las heridas.

Lo hice por desesperación, sin saber si me perjudicaría. Al

poco rato, sentí hormigueo en la mano y aflojé la tela.

manteniendo las gazas apretadas contra los cortes. Me senté en

el suelo porque estaba mareado y ya no tenía fuerzas

para sostenerme mucho tiempo. Cada vez que escuchaba un ruido afuera,

levantaba la cabeza, atento a cualquier movimiento del picaporte. No

volví a oír las uñas. Permanecí encerrado, cambiando las gazas

cuando podía y tratando de no quedarme dormido. El dolor

aumentaba al mover los dedos y la venda se había

manchado por completo. En algunos momentos creí escuchar pasos, pero

ninguno se acercó a mi oficina. Seguía sin saber si

la mujer estaba fuera del edificio o si podía entrar

de nuevo. Me apoyé contra la pared, dejé el brazo

sobre las piernas y esperé, revisando de vez en cuando

que el seguro continuara puesto. Cuando escuché abrirse la entrada

del departamento, Reconocí la voz de mi supervisor. Caminó por

el pasillo, intentó abrir mi oficina y encontró el archivero

bloqueando la puerta. Me preguntó qué ocurría y le respondí

que estaba herido. Aparté el mueble con la mano izquierda

y conseguí dejarlo pasar. En cuanto vio mi uniforme y

las manchas del suelo, se acercó para revisar el vendaje.

Quiso saber qué me había pasado. Pero antes de responder,

miré hacia el pasillo y recordé lo que tendría que

explicarle si decía la verdad. Le conté que había resbalado

mientras recogía instrumental y que me corté con un bisturí

viejo con señales de óxido al intentar sostenerme durante la caída.

Mi supervisor examinó la manga rota y preguntó por qué

tenía varios cortes. Le dije que no recordaba bien cómo

había apoyado el brazo. También vio los fragmentos del frasco

junto a la entrada. Así que añadí que lo había

golpeado cuando perdí el equilibrio. Me escuchó sin interrumpirme, pero

siguió observando las heridas. Yo apenas podía mantenerme de pie

y le pedí que llamara a urgencias. Mientras solicitaba ayuda,

fue a revisar la sala de autopsias. Regresó y me

informó que una de las ventanas superiores estaba rota. Había

cristales en el suelo y el cadáver seguía descubierto sobre

la mesa. Me preguntó si alguien había entrado durante mi turno.

Sentí ganas de contarle lo de la anciana, pero pensé

en la forma en que había corrido detrás de mí

y en lo difícil que sería explicar aquello. Temía que

me consideraran incapaz de distinguir lo ocurrido y terminaran enviándome

a una evaluación psiquiátrica. Respondí que no había visto a

ningún extraño y mantuve mi versión del accidente. El personal

médico llegó poco después y me trasladó a urgencias. Ahí

retiraron la venda, limpiaron la sangre y examinaron los cortes.

El médico me preguntó qué instrumento me había lesionado y

repetí lo del bisturí. Señaló que las heridas tenían direcciones

diferentes y quiso saber cómo había caído, pero le contesté

que todo ocurrió muy rápido. También mencioné que había trabajado

con un cadáver antes de lastimarme, para que revisaran el

posible contacto con material biológico. Me hicieron las comprobaciones necesarias

y comenzaron a cerrar las lesiones, después de limpiar cuidadosamente

la zona. Recibí muchas puntadas en el antebrazo derecho. Me

dejaron en observación por la pérdida de sangre y las

molestias que presentaba, y después me indicaron los cuidados que

debía seguir. Durante la recuperación, tuve que regresar a revisión

y limitar los movimientos de la mano. Las heridas fueron cerrando,

aunque tardé semanas en recuperar la fuerza suficiente para usar

el brazo con normalidad. No regresé a aquella morgue. Cuando

estuve en condiciones de hacerlo, presenté mi renuncia, y mantuve

la misma explicación cada vez que mi supervisor volvió a

preguntarme por el incidente. Han pasado cinco años. Todavía conservo

cuatro cicatrices en el ante derecho. Dos son profundas y

una llega casi hasta la muñeca. A veces me duele

al hacer fuerza y cuando alguien pregunta qué me sucedió,

digo que fue un accidente de trabajo. Nunca averigué quién

era aquella mujer ni dónde terminó después de escapar por

la ventana. Tampoco he vuelto a pisar un hospital o

una morgue de noche. Sé que el cadáver quedó sobre

la mesa y que la anciana salió viva de aquella sala.

Las marcas de sus uñas siguen en mi brazo y

no necesito volver a verla para recordar lo que me hizo.

Todavía recuerdo lo que ocurrió aquella madrugada del 14 de

octubre en la morgue del estado. La policía rural nos

había entregado un animal enorme que encontraron muerto en el

monte y después de revisarlo, el forense ordenó guardarlo en

el frigorífico general. Me quedé solo mientras el doctor salía

a resolver unos documentos y a las 3 y 33

de la madrugada escuché varios golpes dentro de la cámara fría,

seguidos por el ruido de unas uñas raspando el metal.

Cuando abrí la puerta, encontré una gaveta de acero, completamente

doblada y algo moviéndose debajo de ella. Era el mismo

animal que habíamos guardado horas antes, pero estaba respirando y

tenía los ojos abiertos. Yo llevaba siete años trabajando como

auxiliar nocturno en aquella morgue. Me encargaba de recibir los cadáveres,

registrar sus ingresos, acomodarlos en los refrigeradores y mantener limpia

el área de conservación. También ayudaba con los cuerpos que

nadie reclamaba y que, después de cumplir los trámites correspondientes,

terminaban en la fosa común. Durante ese tiempo había visto

personas fallecidas por accidentes, muertes naturales y enfermedades, además de

restos encontrados después de varios días a la intemperie. Estaba

acostumbrado a trabajar con cadáveres en diferentes condiciones y sabía

cuándo debía avisar al médico responsable. Aquella noche, sin embargo,

recibimos algo que ninguno de nosotros había visto antes. Los

policías llegaron acompañados por un hombre que conducía una camioneta.

Traían un bulto grande cubierto con una lona y pidieron

hablar con el forense de guardia. El doctor Salcedo salió

conmigo para recibirlos, mientras uno de los agentes explicaba que

habían encontrado los restos cerca de un camino rural. Un

campesino que cuidaba ganado descubrió el cuerpo junto a una

zona de monte y llamó a las autoridades porque tenía

características que no reconocía. Los agentes tampoco pudieron identificarlo y

decidieron trasladarlo para que fuera examinado. Según el policía, varios

habitantes se habían acercado durante el levantamiento, pero ninguno quiso

ayudar a moverlo. Entre todos, bajamos el bulto y lo

colocamos sobre una camilla. Cuando retiramos la lona, vimos un

animal negro del tamaño de un ternero, con el pelaje

espeso y lleno de tierra. Tenía cuatro extremidades gruesas, unas

uñas largas y una cabeza de perro muy grande. Los

colmillos sobresalían de la mandíbula, incluso con el hocico cerrado,

y alrededor de la boca había restos de sangre seca.

El doctor comenzó a revisarlo, mientras yo sostenía una lámpara.

Al levantar una de las patas delanteras, descubrimos que tenía

cinco dedos separados, uno de ellos colocado más arriba que

los demás. Salcedo examinó esa extremidad y después continuó con

el resto del cuerpo. Durante la revisión, uno de los

policías mencionó que un campesino había llamado Nahual a aquella

criatura y les había advertido que no la tocaran. El

agente explicó que escucharon varias historias sobre animales extraños en

esa región, aunque nadie pudo proporcionar información concreta. Salcedo les

pidió que anotaran lo sucedido en el informe y siguió trabajando.

Revisó las pupilas, comprobó que el cuerpo estaba frío y

verificó la ausencia de respiración y latidos perceptibles. Las extremidades

presentaban rigidez y el animal permaneció inmóvil durante todo el examen.

El doctor decidió conservarlo hasta que otro especialista pudiera ayudar

a determinar de qué se trataba. Mientras terminábamos de acomodarlo,

descubrí una cicatriz alrededor del cuello. La marca recorría buena

parte de la piel y tenía pequeñas zonas sin pelo.

Se lo mostré al forense, quien la revisó y tomó

una fotografía. También observamos varias heridas cerca del hocico y

tierra endurecida entre los dientes. Cuando intentamos levantar el cuerpo

para trasladarlo, tuvimos dificultades por su peso. Recuerdo que sostuve

una de las patas delanteras y sentí resistencia al estirarla.

El doctor me explicó que la rigidez podía dificultar esos movimientos,

así que la acomodamos con cuidado y continuamos hasta llegar

a la cámara frigorífica. Guardamos los restos en la gaveta

inferior número 9. una bandeja de acero inoxidable que utilizábamos

para cuerpos pesados. Tuve que acomodar las extremidades para que

entraran completamente, y después empujé la estructura hasta el fondo.

Comprobé que hubiera quedado bien colocada antes de salir. Salcedo

cerró la cámara y me informó que debía acudir a

las oficinas administrativas para completar la documentación del hallazgo. También

intentaría localizar a otro médico que pudiera revisar el cuerpo

durante la mañana. Me encargó mantener cerrado el frigorífico y

avisarle si surgía algún problema. Le confirmé que estaría pendiente

y regresé a mis labores. Después de que se marchó,

terminé los registros que tenía pendientes y limpié el área

de descarga. El vigilante permanecía en la caseta exterior, de

modo que yo era el único trabajador dentro de la

zona de conservación. Cuando acabé, regresé a la oficina, preparé

café y revisé algunos formatos. Llevaba un rato sentado cuando

escuché un golpe metálico. procedente del frigorífico general. Me levanté

y permanecí escuchando, hasta que se produjo otro impacto acompañado

por un raspado prolongado. Al principio creí que alguna bandeja

había quedado mal asegurada, pero el sonido volvió a repetirse,

y esta vez pude identificar que algo estaba rozando el

metal desde el interior. Salí de la oficina y caminé

hasta la puerta de la cámara fría. Mientras me acercaba,

escuché tres golpes seguidos, Después, un arrastre fuerte que terminó

junto a la entrada. Pensé que alguna persona había logrado

meterse al edificio y estaba escondida entre los refrigeradores. En

otras ocasiones, habíamos encontrado gente ajena al personal cerca del

acceso de descarga. Por eso, decidí revisar antes de llamar

al vigilante. Tomé una linterna, comprobé que el cerrojo seguía

colocado y miré el reloj del pasillo. Marcaba las 3

y 33 de la madrugada. Retiré el seguro, abrí la

puerta pesada y encendí la luz interior. La gaveta número

nueve estaba doblada hacia abajo y uno de sus soportes

había cedido. Había marcas profundas en el cemento y una

sustancia espesa cerca de la bandeja. Entonces, escuché una respiración

fuerte que venía desde la parte inferior de los refrigeradores.

Dirigí la linterna hacia ese lugar y distinguí al animal negro,

agachado sobre sus cuatro patas, con la cabeza inclinada y

el hocico entreabierto. Reconocí la cicatriz que tenía alrededor del cuello.

y los colmillos que habíamos revisado durante su ingreso. Permanecí

junto a la puerta mientras la criatura levantaba lentamente la cabeza.

Sus ojos eran de un rojo intenso y me observó

sin apartar la mirada. Luego adelantó una de sus patas

y clavó las uñas en el cemento. Me quedé inmóvil

junto a la entrada, mirando al animal que tenía enfrente.

Estaba agachado a pocos metros de mí, con el lomo

encorvado y las cuatro patas apoyadas sobre el cemento. Tenía

el pelo negro, espeso y sucio. Los colmillos sobresalían de

su mandíbula y una saliva pesada le escurría por el hocico.

Sus ojos eran de un rojo intenso y seguían fijos

en mí, incluso cuando aparté un poco la linterna. Recuerdo

que miré la gaveta destrozada y después volví a observarlo,

tratando de entender cómo había conseguido salir de aquella bandeja.

La criatura levantó la cabeza, abrió ligeramente la boca y

comenzó a olfatear en mi dirección. Retrocedí despacio, manteniendo una

mano cerca de la puerta. Durante unos segundos pensé que

podía tratarse de un animal enfermo, pero la fuerza necesaria

para doblar aquella estructura me hizo descartar esa explicación. Le

hablé en voz baja para mantenerlo tranquilo mientras intentaba salir.

Al escucharme, adelantó una de sus patas delanteras y apoyó

las uñas contra el piso, dejando cuatro marcas profundas. En

esa extremidad distinguí los cinco dedos que habíamos visto durante

la revisión. Cuatro tocaban el suelo y el quinto permanecía levantado,

con una uña larga y curvada. Cuando moví la mano

hacia la manija, giró la cabeza y siguió el movimiento.

Tenía la salida muy cerca. pero necesitaba cerrar la pesada

puerta antes de que pudiera alcanzarme. Seguí retrocediendo sin darle

la espalda, mientras la criatura avanzaba lentamente y dejaba pequeñas

manchas de saliva sobre el cemento. Entonces levantó la parte

delantera del cuerpo, apoyándose sobre sus patas traseras. y abrió

el hocico hasta mostrarme todos los dientes. Emitió un chillido

grave que terminó en una serie de sonidos roncos, semejantes

a una risa humana. Me quedé mirándolo, con la mano

apoyada en el marco, hasta que volvió a bajar las patas.

Intenté girarme hacia el pasillo, y en ese momento saltó

directamente contra mí. El golpe me dio en el pecho

y me lanzó de espaldas contra el suelo. La linterna

salió despedida y chocó con una de las gavetas, mientras

el animal caía encima de mis piernas. Levanté los brazos

para protegerme la cara y traté de empujarlo, pero tenía

demasiado peso. Su hocico quedó a pocos centímetros de mi

cuello y pude sentir su respiración sobre la piel. Intenté

apartarle la cabeza con ambas manos sin conseguir moverlo lo

suficiente para levantarme. Entonces apoyó una de sus patas delanteras

sobre mi muslo izquierdo y clavó las uñas con tanta

fuerza que me atravesaron el pantalón de trabajo. Sentí tres

punzadas profundas y después un tirón que me hizo gritar.

Las garras comenzaron a deslizarse hacia la rodilla cuando intenté

retirar la pierna, abriendo tres cortes largos en la carne.

La sangre empezó a empapar la tela, y el dolor

aumentó cuando la criatura volvió a cargar su peso sobre

el muslo. Tenía la boca abierta y continuaba acercando el

hocico hacia mi cara, mientras yo trataba de mantenerlo apartado

con los brazos. Conseguí doblar la pierna derecha y le

di una patada con la bota industrial en un costado

de la mandíbula. El golpe le hizo girar la cabeza,

pero todavía mantenía las uñas clavadas. Aproveché que había apartado

el hocico para darle otra patada. pero esta vez directamente

debajo de la mandíbula. El animal retrocedió y retiró la

pata de mi muslo, permitiéndome moverme hacia la salida. Me

impulsé con los codos y comencé a arrastrarme por el cemento,

dejando sangre detrás de mí. La pierna izquierda me dolía

demasiado para apoyarla y apenas podía mantenerla estirada. Escuché las

uñas golpeando el piso a mi espalda y avancé con

todas mis fuerzas hasta alcanzar el marco. Conseguí sacar el

cuerpo al pasillo exterior. Agarré la manija con ambas manos

y tiré de la puerta antes de que la criatura

volviera a saltar. El animal chocó contra el acero cuando

estaba terminando de cerrarla. Sentí el golpe en los brazos

y tuve que apoyar el hombro para evitar que la

hoja se abriera nuevamente. Empujé hasta conseguir que encajara en

el marco y bajé el cerrojo de seguridad. Apenas me aparté,

comenzó a golpear desde adentro con una fuerza que hacía

vibrar la pared. Escuché varios impactos seguidos, y después el

raspado de sus uñas contra el metal. Permanecí en el

suelo observando el seguro, porque cada golpe sacudía la puerta

y temía que terminara rompiéndola. El cerrojo resistió, aunque la

criatura continuó golpeando mientras yo intentaba incorporarme. Me apoyé contra

la pared para levantarme, pero la pierna izquierda cedió en

cuanto intenté cargar mi peso sobre ella. Volví a caer

y revisé los cortes. El pantalón estaba abierto desde el

muslo hacia la rodilla y la sangre seguía saliendo de

las tres heridas. Saqué el teléfono del bolsillo y llamé

al doctor Salcedo. Le expliqué que el animal había salido

de su gaveta, me había atacado y permanecía encerrado en

la cámara frigorífica. También le dije que estaba perdiendo mucha

sangre y necesitaba una ambulancia. Me pidió que mantuviera cerrado

el acceso y buscar un lugar seguro, mientras él solicitaba

ayuda y regresaba a las instalaciones. Comencé a arrastrarme hacia

la oficina del frente, utilizando los brazos y la pierna

derecha para avanzar. Tenía que detenerme varias veces porque el

dolor aumentaba con cada movimiento. Cuando finalmente llegué, me sujeté

del escritorio y conseguí sentarme en el suelo, apoyando la

espalda contra la pared. Me quité el cinturón y lo

apreté alrededor del muslo por encima de las heridas para

intentar contener la hemorragia. Después llamé a emergencias, expliqué lo

ocurrido y proporcioné la dirección de la morgue. La operadora

me indicó que permaneciera consciente y evitara moverme. Mientras hablaba,

todavía alcanzaba a escuchar los golpes que venían del frigorífico.

Poco después, los impactos comenzaron a espaciarse. Escuché un último

raspado prolongado contra la puerta y luego dejaron de producirse ruidos.

Desde donde estaba podía ver una parte del pasillo, pero

el acceso a la cámara quedaba fuera de mi vista.

Seguí presionando la pierna con una toalla que encontré en

la oficina, tratando de controlar la sangre mientras esperaba la ayuda.

Empecé a sentir mareos y tuve que apoyar la cabeza

contra la pared para mantenerme sentado. quise llamar al vigilante,

pero apenas podía sostener el teléfono. Recuerdo que permanecí mirando

hacia la entrada, escuchando los motores de refrigeración y esperando

cualquier movimiento detrás de aquella puerta, pero no volví a

escuchar los golpes. Y hasta que llegaron a buscarme, tampoco

supe qué había pasado con el animal. Cuando el Dr.

Salcedo regresó con los paramédicos, Había pasado aproximadamente una hora

desde el ataque. Yo seguía sentado en el suelo de

la oficina, con el cinturón apretado alrededor del muslo y

una toalla empapada de sangre. El pasillo había quedado manchado

desde la entrada del frigorífico hasta donde me encontraba. Uno

de los paramédicos comenzó a revisar mis heridas, mientras el

otro me tomaba la presión y comprobaba mi estado. Les

expliqué que apenas podía mover la pierna izquierda y que

había perdido mucha sangre. Salcedo se acercó para examinarme y

me preguntó qué había ocurrido después de que hablamos por teléfono.

Le conté que había conseguido encerrar al animal después de

golpearlo dos veces con la bota y que desde entonces

permanecía dentro de la cámara. También le expliqué que la

gaveta número 9 estaba completamente doblada y que sus uñas

habían dejado marcas profundas en el cemento. El doctor observó

los tres cortes de mi muslo y se quedó unos

segundos revisándolos, hasta que uno de los paramédicos le indicó

que necesitaban trasladarme al hospital. Mientras preparaban la camilla, escuchamos

que llegaban más personas al edificio. Era el vigilante acompañado

por dos policías que habían acudido después de recibir el aviso.

Salcedo les explicó la situación y señaló la puerta del frigorífico.

Uno de los agentes revisó el cerrojo y encontró varias

marcas alrededor del marco, además de una deformación en la lámina.

Me preguntó si alguien había abierto después del ataque y

le confirmé que yo mismo había cerrado el acceso sin

volver a acercarme. El vigilante aseguró que tampoco había visto

entrar a nadie durante su recorrido. Los policías nos pidieron

que permaneciéramos apartados mientras revisaban el interior. Desde la camilla

alcancé a ver que uno retiraba el seguro y el

otro se preparaba para abrir la puerta pesada. Cuando entraron,

iluminaron primero el pasillo de refrigeración y después avanzaron hacia

las gavetas. Escuché que uno preguntaba en dónde habíamos colocado

los restos, y Salcedo respondió que estaban en la bandeja

inferior número 9. Los agentes comenzaron a revisar, pero enseguida

dejaron de hablar. Uno salió y le informó al doctor

que el animal ya no estaba. Salcedo entró para comprobarlo,

mientras yo seguía esperando el traslado. Minutos después regresó y

confirmó que la gaveta continuaba destrozada, con uno de los

soportes desprendido y varias marcas de uñas sobre el cemento.

También habían encontrado pelo negro y restos de sangre cerca

de la bandeja. Los policías revisaron los espacios entre los refrigeradores,

las rejillas de ventilación y las demás gavetas, pero no

localizaron al animal. Tampoco encontraron una abertura por donde pudiera

haber salido. La cámara tenía una sola puerta de acceso

y el cerrojo seguía colocado cuando llegaron. Le pregunté al

doctor qué explicación tenía para aquello, pero me respondió que

primero necesitaban revisar las fotografías y el registro de ingreso.

Antes de que los paramédicos me sacaran del edificio, le

comuniqué que no volvería a trabajar ahí. Me llevaron a

la ambulancia y durante el traslado le avisé por teléfono

al responsable administrativo que renunciaba al puesto. Apenas podía concentrarme

por el dolor, pero tenía clara mi decisión. En el

hospital limpiaron las heridas y comprobaron que uno de los

cortes había afectado parte del músculo. Necesitaron 22 puntadas para

cerrar los tres surcos que me dejaron las garras. También

recibí tratamiento por la pérdida de sangre y atención preventiva

por el riesgo de infección y rabia. Permanecí hospitalizado varios

días sin poder apoyar la pierna izquierda y necesitando ayuda

para levantarme. Cuando estuve en condiciones de hablar con mis

antiguos compañeros, pregunté qué había sucedido con la investigación. Uno

de ellos me informó que la morgue había registrado el incidente,

como el ataque de un perro callejero posiblemente rabioso que

había entrado por el área de descarga. Aquella versión contradecía

lo ocurrido durante la recepción, porque los propios policías rurales

habían llevado al animal y nosotros lo guardamos en una

gaveta después de examinarlo. Pedí que revisaran las fotografías tomadas

esa noche, pero me respondieron que estaban integradas en el expediente.

Nunca me permitieron verlas, ni recibí una explicación sobre la

bandeja doblada. Pasé varios meses en recuperación y tuve que

asistir a rehabilitación para volver a caminar. Las heridas cerraron,

pero quedaron tres cicatrices profundas y perdí parte de la

fuerza en la pierna izquierda. Al principio necesitaba muletas para

desplazarme y después conseguí caminar sin ellas, aunque nunca recuperé

el movimiento por completo. Todavía siento dolor cuando permanezco mucho

tiempo de pie y hay días en que la pierna

se me inflama. Los médicos me explicaron que algunas secuelas

serían permanentes. Tuve que buscar otra manera de ganarme la

vida y abandonar las actividades que exigían cargar peso o

caminar durante muchas horas. Tiempo después volví a comunicarme con

el Dr. Salcedo para preguntarle si habían encontrado al animal.

Me confirmó que las autoridades no consiguieron localizarlo y que

el reporte seguía mencionando a un perro callejero. También me

aseguró que habían fotografiado los daños del frigorífico, aunque desconocía

qué habían hecho con esas pruebas. Fue nuestra última conversación

sobre el asunto. Desde entonces evito acercarme a los pueblos

apartados y a las zonas de monte. Recuerdo perfectamente que

aquella criatura me olfateó antes de clavarme las garras y

volvió a acercar el hocico a la sangre mientras intentaba escapar.

Han pasado varios años y sigo caminando con una cojera permanente.

Conservo los documentos del hospital, las fotografías de mis heridas

y el pantalón que llevaba aquella madrugada. Nunca pude demostrar

qué clase de animal recibimos, pero tampoco encontraron una explicación

para su desaparición. La policía cerró el incidente con la

versión de un perro rabioso, mientras yo terminé con 22

puntadas y una pierna que jamás volvió a funcionar igual.

Lo que más me preocupa es que aquella criatura pudo

morderme el cuello cuando me tenía en el suelo. Sin embargo,

concentró el ataque en mi pierna. Consiguió escapar de una

cámara cerrada y nunca volvieron a encontrarla. Yo sobreviví una vez,

pero si algún día vuelve a cruzarse en mi camino,

ya no podré correr para salvarme. Si te gustó este video,

te recomiendo ir a ver el video prohibido del guardia

nocturno en la morgue. Y también internaron a una bruja

en el hospital.

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