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La Misión Terminó Antes De Que Lo Entendiéramos

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Speaker 2: El manual de la Sedena te enseña a enfrentarte a

hombres armados, pero nunca te prepara para ver a tu

compañero morir, bajo los colmillos de una criatura que acaba

de recibir una ráfaga de ametralladora. Yo presencié la muerte

del sargento Torres, y todavía recuerdo el sonido de su

chaleco cuando aquella cosa lo mordió. Lo más difícil de

explicar fue que minutos antes del ataque, reconocí el rostro

del animal. Era el sargento Carranza, un militar con quien

había servido durante años, que llevaba tres semanas desaparecido. Lo

vimos salir de entre los árboles con el uniforme destrozado,

y cuando intentamos acercarnos para ayudarlo, sus huesos comenzaron a

romperse delante de nosotros. Me llamo Ramiro. Fui cabo de

infantería y pasé buena parte de mi servicio participando en

operaciones en la sierra de Michoacán. Conocí a los caminos

utilizados por los grupos armados y había pasado muchas noches

vigilando zonas donde cualquier movimiento podía anunciar un enfrentamiento. Estaba

acostumbrado a trabajar bajo presión y a seguir las órdenes

de mis superiores, incluso en situaciones peligrosas. Sin embargo, lo

que ocurrió en noviembre de 2018 terminó con mi carrera militar.

y me dejó lesiones que nunca sanaron por completo. Durante

años guardé silencio sobre aquella operación, principalmente porque mi declaración

fue cuestionada y ninguno de los informes que conocí explicó

lo que habíamos encontrado. Nos enviaron a una zona cercana

a Aguililla, donde se habían reportado movimientos de hombres armados

por una brecha utilizada para transportar mercancía ilegal. Nuestra tarea

consistía en vigilar ese paso e informar cualquier actividad sospechosa,

mientras el resto de la unidad permanecía en posiciones de apoyo.

El sargento Torres quedó al mando de nuestro puesto de escucha.

Tenía casi 20 años de servicio, conocía bien aquella región

y sabía mantener el control durante los enfrentamientos. Yo había

trabajado con él en otras operaciones y confiaba en sus decisiones.

Por eso, seguí sus instrucciones cuando nos ordenaron instalarnos en

una parte boscosa, desde donde podíamos observar el camino sin exponernos.

Llegamos a nuestra posición después de caminar por el monte,

y revisamos el equipo antes de comenzar la vigilancia. Torres

llevaba una ametralladora ligera, mientras yo tenía mi fusil y

el material asignado para aquella operación. Durante las primeras horas,

escuchamos animales entre la vegetación y el motor de un

vehículo que circuló a cierta distancia. Comunicamos esas observaciones al

grupo principal y continuamos atentos al camino. Todo cambió cuando

la radio comenzó a transmitir una respiración fuerte, acompañada de

pequeños golpes que llegaban directamente por el altavoz. Torres tomó

el aparato y solicitó la identificación de quien estaba transmitiendo,

pero nadie respondió. La respiración continuó durante varios segundos. Se

escuchaba el aire entrando con dificultad y una exhalación prolongada

que terminaba en un sonido ronco. Después empezó a acelerarse

hasta convertirse en un jadeo canino. Torres volvió a pedir

identificación y recibió un gruñido. Cambió a la frecuencia prevista

para comunicarnos con el grupo de apoyo, pero el mismo

sonido apareció nuevamente. Revisamos el aparato sin encontrar ninguna falla visible.

y mi compañero intentó restablecer contacto, mientras yo permanecía atento

al terreno. Fue entonces cuando escuché una rama romperse a

nuestra izquierda, seguida por unas pisadas fuertes que avanzaron detrás

de varios arbustos. Le indiqué a Torres de dónde provenía

el ruido, y ambos dirigimos la atención hacia ese sector.

Las pisadas se detuvieron y comenzaron nuevamente a nuestra espalda,

cada vez más cerca de la posición. Escuchamos algo pesado

desplazándose entre los árboles, deteniéndose durante algunos segundos y cambiando

de dirección. Mi compañero me ordenó mantenerme junto al equipo

y cubrir el frente, mientras él vigilaba nuestra retaguardia. Poco después,

un golpe sacudió el tronco de un árbol y varias

ramas cayeron al suelo. Torres encendió su linterna, alumbró hacia

el lugar y encontramos una figura humana detenida entre la vegetación.

Era un hombre alto, encorvado, con el brazo izquierdo colgando

junto al cuerpo. Permanecía quieto, aunque habíamos iluminado directamente su posición.

Torres le ordenó identificarse y mostrar las manos, pero el

desconocido solamente levantó la cabeza. En ese instante volvió a

escucharse la radio. Una voz masculina pronunció mi apellido y

reconocí inmediatamente al sargento Carranza, quien había sido mi superior

durante varios años. Tres semanas antes, su patrulla había sufrido

un ataque en una zona cercana. Los elementos que participaron

en la búsqueda recuperaron a los demás integrantes, pero jamás

encontraron a Carranza ni su equipo de comunicación. Yo había

hablado con él antes de su desaparición y conocía perfectamente

su voz. Torres me preguntó si estaba seguro de haberlo

reconocido y le confirmé que era Carranza. Mi compañero levantó

su arma y ordenó al desconocido acercarse despacio, manteniendo las

manos donde pudiéramos verlas. El hombre comenzó a caminar hacia nosotros,

arrastrando la pierna derecha y manteniendo el otro brazo inmóvil.

Conforme se acercaba, distinguimos su uniforme militar, desgarrado en varias

partes y cubierto de sangre seca. Llevaba el chaleco abierto

por un costado y avanzaba con la cabeza inclinada. Cuando

estuvo suficientemente cerca, levantó el rostro y pude reconocerlo. Era Carranza.

Aunque tenía la cara hinchada, varias heridas alrededor de la

boca y los ojos completamente enrojecidos. Torres volvió a ordenarle

que se detuviera, pero el sargento desaparecido siguió caminando. Le

apunté con el fusil y le pregunté si estaba herido,

sin obtener respuesta. Carranza abrió la boca y comenzó a

respirar con fuerza. Reconocimos el jadeo que habíamos escuchado por radio,

y ambos retrocedimos. Tenía la mandíbula desencajada y le salía

sangre por las encías. Di un paso hacia él al

verlo perder el equilibrio, pero Torres me detuvo con una orden.

En ese momento, escuchamos un crujido seco y observamos cómo

el brazo izquierdo de Carranza se doblaba hacia atrás. Su

mano golpeó el suelo y los dedos comenzaron a contraerse,

mientras otro sonido salía de su espalda. Carranza cayó de

rodillas y sus hombros comenzaron a ensancharse hasta romperle la

parte superior del uniforme. El cuello se deformó, los músculos

se contrajeron y su cabeza se inclinó bruscamente hacia adelante.

Abrió la boca hasta desgarrarse las comisuras, dejando salir un

grito que terminó convertido en un gruñido. Vi como la

mandíbula se alargaba y los dientes cambiaban de posición, mientras

sus brazos adquirían una forma diferente. Torres retrocedió sin bajar

el arma y yo permanecía apuntando al pecho del hombre

que había conocido durante años. Carranza apoyó ambas manos en

la tierra, levantó la cabeza y nos miró fijamente. Entonces

su espalda volvió a crujir y el uniforme terminó de abrirse,

mientras una capa de pelo negro comenzaba a cubrirle la piel.

carranza terminó de caer sobre las manos, mientras su espalda

seguía deformándose. Los huesos de las piernas crujieron, las rodillas

cambiaron de posición y los pies se alargaron hasta convertirse

en patas. El uniforme se abrió por los costados cuando

su cuerpo aumentó de tamaño, mientras la mandíbula crecía hacia

adelante y los dientes humanos se desprendían, dejando al descubierto

unos colmillos gruesos. Una capa de pelo negro terminó de

cubrirle la piel, Y frente a nosotros quedó un perro descomunal,

de hombros macizos y extremidades fuertes. Las garras sobresalían de

sus patas y se hundían en la tierra cada vez

que se movía. Tenía los ojos rojos, el hocico alargado

y varios pedazos del uniforme militar todavía sujetos al cuerpo.

Torres mantuvo la ametralladora apuntando hacia su pecho y le

ordenó permanecer quieto. pero la criatura levantó la cabeza y

soltó un gruñido que escuchamos claramente desde nuestra posición. Mi

compañero volvió a darle la orden de detenerse y yo

ajusté el fusil contra mi hombro, sin apartar la vista

de sus movimientos. El animal avanzó unos pasos, bajó la

cabeza y comenzó a correr directamente hacia nosotros. Torres abrió

fuego antes de que llegara a los primeros árboles. La

ráfaga impactó en el pecho de la bestia, obligándola a retroceder.

mientras la sangre comenzaba a salir entre el pelaje. Cayó

sobre una pata, recuperó el equilibrio y volvió a lanzarse

hacia adelante. Mi compañero continuó disparando y consiguió alcanzarla varias

veces en el hombro y el costado. Yo también abrí

fuego con el fusil y vi uno de mis proyectiles

impactar en su pata delantera. El animal tropezó, chocó contra

un tronco y se incorporó nuevamente, arrastrando la extremidad herida.

Torres agotó la munición que tenía preparada en su arma

e intentó apartarse para recargar, pero la criatura ya había

reducido la distancia. Se lanzó contra él con todo su peso,

lo golpeó en el pecho y lo arrojó sobre una piedra.

Escuché el impacto de su equipo contra el suelo y

vi que intentaba incorporarse mientras buscaba recuperar el control de

su arma. La bestia le sujetó un brazo con las

garras y lo derribó nuevamente. Torres alcanzó a golpearla con

la ametralladora, pero el animal abrió el hocico y le

mordió directamente su chaleco. Escuché romperse las correas y vi

cómo arrancaba una parte del portacargadores al sacudir la cabeza.

Mi compañero intentó sacar su pistola mientras empujaba el cuerpo

de la criatura con el brazo libre, pero ésta soltó

el equipo y volvió a morder, alcanzándolo en el cuello.

Torres gritó una sola vez. La sangre comenzó a cubrirle

el uniforme y sus piernas dejaron de moverse. El animal

mantuvo la mordida unos segundos antes de soltarlo junto a

la piedra. Disparé contra el costado de la bestia hasta

conseguir que se apartara de mi compañero. Uno de los

impactos le alcanzó nuevamente la pata delantera y la hizo

perder el equilibrio. Torres permanecía inmóvil, con el cuello destrozado

y el chaleco abierto. Intenté acercarme para auxiliarlo, pero la

criatura giró hacia mí y comenzó a avanzar. Tenía el

hocico cubierto de sangre y un pedazo del equipo de

Torres atorado entre los colmillos. Continué disparando mientras retrocedía, procurando

mantenerla delante de mí. Cada impacto le provocaba otra herida,

aunque seguía acercándose, apoyando con dificultad la extremidad que habíamos

alcanzado durante el enfrentamiento. Tropecé con una raíz y perdí

el equilibrio. Al intentar incorporarme, el fusil quedó atrapado entre

unas ramas y tuve que soltarlo cuando el animal saltó

hacia mi posición. Saqué la bayoneta que llevaba sujeta al

equipo y levanté el brazo derecho para defenderme. La criatura

abrió el hocico buscando alcanzarme la cara, pero conseguí hundirle

la hoja junto a la nariz. Sentí que penetraba y

escuché un chillido fuerte. Sacudió la cabeza hasta obligarme a

retirar el cuchillo. Después me golpeó en el pecho con

una pata y me lanzó de espaldas contra el suelo.

Mi cabeza chocó contra una piedra y durante unos segundos

perdí la orientación. Todavía sostenía la bayoneta. Cuando el animal

cayó encima de mí, su peso me aplastó contra la

tierra y las garras comenzaron a romperme el chaleco. Levanté

el antebrazo izquierdo para impedir que me mordiera el rostro,

pero cerró las mandíbulas sobre él y sentí romperse el hueso.

Grité mientras intentaba liberar la extremidad, hasta que logré clavarle

nuevamente el cuchillo, esta vez debajo de la mandíbula. La

bestia soltó mi brazo y retrocedió lo suficiente para permitirme girar.

Conseguí ponerme de rodillas, aunque la mano izquierda había perdido

fuerza y apenas podía mover los dedos. Antes de levantarme,

recibí otro golpe que me hizo caer sobre el pecho.

Las garras me alcanzaron la espalda y atravesaron el uniforme,

abriendo varias heridas desde el hombro hasta las costillas. Perdí

la bayoneta durante la caída y sentí la sangre correrme

por el costado. Intenté arrastrarme hacia el fusil que había

quedado junto a las ramas, pero la criatura me sujetó

una pierna con los dientes y tiró de ella. Mi

rodilla golpeó contra una piedra y el dolor me obligó

a detenerme. Comencé a patearla con la otra pierna hasta

conseguir que me soltara. Aproveché para arrastrarme hacia una parte

más baja del terreno, dejando el arma y el cuchillo

fuera de mi alcance. El animal avanzó detrás de mí,

dejando sangre sobre la tierra. Tenía varias heridas abiertas, una

pata prácticamente inutilizada, y respiraba con dificultad, pero todavía podía

sostener su peso. Se detuvo a pocos metros y levantó

la cabeza. Entonces escuché dos respiraciones cortas por la nariz,

seguidas de un gruñido. Reconocí aquella costumbre de Carranza, que

siempre respiraba de esa manera antes de reprender a alguno

de sus soldados. La criatura abrió el hocico y pronunció

mi apellido con dificultad. Escuché su voz entre las respiraciones

y recordé las transmisiones de la radio. El hombre que

habíamos visto transformarse todavía podía hablar. Intenté incorporarme, pero el

brazo izquierdo no respondía y la pierna herida apenas soportaba

mi peso. Tenía la espalda empapada de sangre y comenzaba

a perder fuerza. Revisé con la mano derecha el equipo

que todavía llevaba sobre el pecho y encontré una granada

de fragmentación. Conseguí sacarla mientras observaba al animal que había

comenzado a acercarse nuevamente. Detrás de mí quedaba una depresión

del terreno, con varias piedras que podían cubrir parte de

mi cuerpo. Era la única protección a la que podía llegar.

y sabía que una explosión tan cercana también podía matarme,

pero ya no tenía fuerzas para resistir otro ataque. Sujeté

la granada con la mano derecha y esperé mientras la

criatura avanzaba. Tenía la mandíbula abierta por la herida de

la bayoneta, y la sangre le escurría por el hocico.

Se detuvo frente a mí, apoyó las patas delanteras y

volvió a respirar dos veces por la nariz. Después abrió

la boca, dejando los colmillos completamente expuestos. Yo permanecí en

el suelo, con la espalda apoyada contra una piedra y

la mano cerrada alrededor de la granada. La bestia flexionó

las patas, levantó los hombros y se lanzó directamente hacia

mi rostro. La criatura abrió las mandíbulas y se lanzó

contra mi rostro. Activé la granada y conseguí introducirla en

su boca, justo antes de que los colmillos me alcanzaran

los dedos. Retiré la mano mientras el animal intentaba morderme.

y escuché el golpe del metal contra sus dientes. La

bestia sacudió la cabeza con violencia, tratando de expulsar lo

que tenía dentro, y aproveché ese movimiento para dejarme caer

hacia atrás. Rodé por la pendiente hasta quedar detrás de

unas piedras, donde alcancé a cubrirme la cabeza con el

brazo derecho. La explosión me golpeó contra el suelo, levantó

tierra a mi alrededor, y me dejó sin escuchar durante

varios segundos. Intenté incorporarme, Pero el dolor me obligó a

permanecer acostado. Tenía sangre en la boca, el antebrazo izquierdo

fracturado y una pierna que apenas podía mover. Cuando recuperé

parte de la audición, levanté la cabeza y encontré al

animal tendido a varios metros. La detonación le había destruido

la cabeza y parte del cuello, mientras el resto del

cuerpo conservaba aquel tamaño descomunal. Una de sus patas se

contrajo dos veces y después quedó inmóvil. Esperé hasta asegurarme

de que no volviera a levantarse. Luego me arrastré hacia

mi fusil y lo recogí. Me acerqué con precaución, manteniendo

el arma preparada hasta comprobar que la criatura estaba muerta.

Entre los restos del uniforme encontré una placa de identificación

sujeta a una cadena. La recogí y reconocí el nombre

del sargento Carranza junto con su número de matrícula. Guardé

la placa y regresé hasta donde había quedado Torres. Mi

compañero seguía tendido junto a la piedra contra la que

había caído, con el chaleco destrozado y la sangre cubriéndole

el cuello. Me arrodillé a su lado, comprobé que no

tenía pulso y permanecí unos momentos junto a él. Después

utilicé la radio para solicitar apoyo, informando nuestra ubicación, la

muerte del sargento y las heridas que había sufrido. El

operador preguntó qué nos había atacado y le expliqué que

habíamos enfrentado a un animal enorme, cuya transformación presenciamos antes

del combate. El grupo de apoyo llegó cuando yo comenzaba

a perder el conocimiento. Recuerdo a dos compañeros acercándose a Torres,

mientras otros me revisaban las heridas y preparaban mi evacuación.

Uno de ellos encontró el cuerpo del animal y llamó

inmediatamente a su superior. Alcancé a escuchar que preguntaba qué

clase de criatura podía alcanzar semejante tamaño. Después me trasladaron

a un hospital militar, donde permanecí internado varias semanas. Tenía

el antebrazo fracturado, varias costillas rotas, una lesión grave en

la rodilla y heridas profundas en la espalda. Necesité dos

operaciones y una recuperación prolongada, durante la cual declaré varias

veces ante personal encargado de investigar lo sucedido. Relaté la

transmisión de radio, la aparición de Carranza, su transformación y

el enfrentamiento que terminó con la muerte de Torres. También

entregué la placa que había encontrado entre los restos. Me

preguntaron repetidamente si estaba seguro de haber reconocido al desaparecido,

y confirmé su identidad, porque había servido bajo sus órdenes

durante años. Tiempo después, recibí el informe oficial, donde se

establecía que habíamos sufrido el ataque de un animal de

especie no determinada. El documento registraba la muerte de mi compañero,

pero omitía la transformación. Solicité conocer los resultados de los

análisis realizados al cuerpo y pregunté por la identificación de Carranza,

pero nunca recibí una explicación. Continué en el ejército durante

algún tiempo, aunque las lesiones limitaron mis actividades, y finalmente

tramité mi retío. Regresé a mi pueblo natal e intenté

recuperar una vida normal. Las cicatrices quedaron en mi espalda

y en el brazo izquierdo, junto con dolores que aumentaban

cuando hacía esfuerzo. Durante años evité contar lo ocurrido, principalmente

porque las pocas personas que conocían mi declaración terminaban preguntándome

si estaba seguro de mis recuerdos. Dejé de hablar del

asunto y seguí con mi vida, hasta que en noviembre

de 2025 encontré a un desconocido cerca de la plaza

del pueblo. Estaba frente a una tienda cuando lo vi

observándome desde la otra acera. Era un hombre alto, robusto,

con una cicatriz que le cruzaba la mandíbula izquierda. Atravesó

la calle, se detuvo frente a mí y miró las

marcas de mi antebrazo. Cuando levantó la cabeza, distinguí sus

ojos intensamente. rojos y varios dientes demasiado largos. Pronunció mi

apellido y le pregunté quién era. Se tocó la cicatriz

mientras me decía que uno de los suyos había desaparecido

en la sierra siete años atrás. Después mencionó que llevaba

mucho tiempo buscándome. y preguntó si todavía recordaba aquella noche.

Permanecí frente a él sin responder, hasta que se alejó

y subió a una camioneta, en donde lo esperaban otras

tres personas. Regresé a mi casa y traté de comunicarme

con un antiguo compañero del ejército, pero no respondió. Al anochecer,

recibí una llamada de un número desconocido. Escuché una respiración profunda,

seguida del mismo jadeo canino que había salido de nuestra

radio durante aquella operación. Después habló el hombre de la plaza,

mencionó mi dirección y me aseguró que vendrían a buscarme.

Aún sigo esperando a que vengan por mí, y sé

que pronto lo harán. Si te gustó este video, te

recomiendo ir a ver Biólogo examina el cuerpo de un Nahual.

Y también, esto sucede cuando militares encuentran Nahuales.

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